Falleció a los 88 años una de las personalidades de la aviación civil española…

Ilustración generada con IA.
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Falleció a los 88 años una de las personalidades de la aviación civil española, el palmesano Fernando Piña, que fue subsecretario y director general de Aviación Civil, presidente de AENA, diputado en el Parlamento balear y consejero de uno de los gobiernos de esa comunidad autónoma, así como con responsabilidad de seguridad en vuelo en sus queridas islas. Era un gran amigo. Me lo presentó en la Primera Clase de un Boeing 727-256 de Iberia el que era presidente y mayor accionista de la que fue la segunda compañía aérea charter europea, la española Spantax, Rodolfo Bay, otra personalidad histórica incontestable de nuestro transporte aéreo.

Yo entonces era un jovencito que miraba alto, seguramente por mi 1,9 m., y tuve mucha relación con Fernando Piña, que en aras de su inteligencia, ética y objetividad me apoyó a lo largo de los años en todos los asuntos que le planteaba. Claro que nunca se me hubiera ocurrido plantearle algo no planteable. He tenido el privilegio, cuando ya sólo le unía a la administración pública la Seguridad Social, de seguir contando con su amistad, compartiendo numerosas veces mesa y mantel, hasta poco antes de que quisiera abandonarnos. Siempre le tendré en mi recuerdo como una de las más brillantes personalidades con las que la vida me dio la fortuna de cruzarme.

Sufrí una de esas experiencias que me produce estupor cuando a Latam le dan premios por sus presuntas bondades. Viajaba entre Lima y Santiago de Chile en un Boeing 787-9 y su nueva “Premium Business” por la mañana. Tenía que llegar al destino sobre las 14:30, a tiempo de asistir al matrimonio de una amiga e hija de amigos, cuatro horas después. Sobraba tiempo. Facturé mi equipaje, pasé el control de seguridad y el de pasaportes y fui a la magnífica y bien dotada sala “Signature” de la aerolínea, atendida por personal muy servicial y amable, reservada a los pasajeros de esa clase y los de sus dos categorías mayores de su poco brillante programa de pasajeros frecuentes “Latam Pass”.

A la hora pertinente me dirigí a la lejana y triste sala de embarque y más o menos con el horario programado entramos en el avión. Con todo el mundo a bordo, la tripulación anunció que nos retrasábamos una hora, por un problema técnico del que no facilitaron información. A los 45 minutos fui a uno de los aseo y oí a un auxiliar de vuelo que preguntaba si tendrían que desembarcarnos. Lo único que percibí es que no había agua a bordo, pero ignoro si esa era la avería que nos retenía. Efectivamente, al cabo de un rato comunicaron que por motivos de mantenimiento teníamos que bajar de la aeronave y que se reprogramaba la salida para dos horas y media más tarde de lo inicialmente previsto.

Regresé a la sala VIP tras otra buena caminata, en cuyo mostrador de recepción pedí que me tuvieran al tanto, como ocurrió. Al mediodía, una grácil agente de atención a pasajeros especiales me informó que se cancelaba y que me dirigiera a la puerta de embarque para recibir información y coordinar lo que pasaría conmigo. Allí, después de un buen rato de espera, nos indicaron que habían decidido enviar un 787-8 de Latam Chile con el pasaje de vuelta y para llevarnos, y que se calculaba que despegaríamos con unas once horas de demora con respecto al vuelo original, indicando que acudiría personal de inmigración para que hiciéramos de vuelta nuestra entrada en Perú y nos dieran las tarjetas de embarque en la oficina de la zona de facturación.

Ese fue el segundo gran despropósito. Pregunté a los agentes para qué tenía que salir, si el equipaje pasaba directamente al otro vuelo y la tarjeta de embarque se cargaría en la “App” automáticamente. En mi caso, la supervisora me dijo que tenía lógica lo que decía y que esperara al final para que me dieran allí una tarjeta de embarque y regresar una vez más a la sala VIP, como así ocurrió. Lo que nunca entenderé es por qué a la mayor parte de los pasajeros les hicieron salir y volver a entrar. Lo asumí con deportividad, porque tenía muchas cosas pendientes de trabajo y realmente cundió, mientras me ponía como una foca con el magnífico “catering” de la “Signature”.

Lo que era irremediable es que no asistiera al matrimonio. El hecho de que la “Business” del 787-9 fuera llena y que el -8 tuviera unas 8 plazas menos, no me afectó y me reasignaron a un asiento plenamente aceptable. Lo sorprendente es que casi todo el pasaje estuvo siempre bastante tranquilo, salvo un par de personas que manifestaron su enfado. Ya a bordo, una guapa tripulante de cabina de pasajeros me saludó por mi nombre, preguntando con una abierta sonrisa cómo estaba. Mi respuesta le quitó la sonrisa en 5 segundos y me dijo alucinantemente que era la primera noticia de las circunstancias, otro aspecto sorprendente de Latam. Despegamos con unas 13 h. de retraso y rechacé comer a bordo, donde seguí trabajando.

En Chile formulé una reclamación a la aerolínea pidiendo una compensación, que, pese a ser pasajero de “Premium Business” y titular de la categoría “Platino” de Latam Pass, la rechazaron dos veces. Le envié un correo electrónico al responsable de clientes, que ni siquiera se ha molestado en contestar. Siempre he dicho que Latam, cuando todo funciona bien, no es mala aerolínea, pero cuando hay problemas es un desastre, con un manual rígido que normalmente no es aplicable, generando frustración entre sus clientes y, en mi caso, gran enfado. En ningún momento durante el vuelo se dio una voz pidiendo disculpas por lo ocurrido. Y yo limitaré mis vuelos con Latam a lo que sea imprescindible, con lo cual la no compensación les va a salir cara. Qué diferencia con nuestra querida Europa, donde está reglamentado.

JAVIER TAIBO


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