El comandante se dirigió a mí insolentemente, sin que yo hubiera cruzado con él ni media palabra, para decirme todo digno que él viajaba con billete (queriendo insinuar que no pretendía volar como “extra crew” o polizón). Contesté sin mirarle que seguía sin ser un pasajero de pago, ya que llevaba billete de servicio. Lo mejor es que la profesional agente me preguntó si yo tenía plaza en ese vuelo o en el siguiente, aclarándole que en el que estaba embarcando y, con toda delicadeza, pasó a atenderme a mí y, después de resolver eficientemente lo que quería, me pidió disculpas por lo ocurrido. Se merece una felicitación.
Por una vez decidí ser responsable y consecuente y, para un nuevo desplazamiento con Iberia a Santiago de Chile, larga línea a la que llegaba muy cansado, decidí cenar en el magnífico restaurante de la sala VIP de Iberia en la T4S de Barajas y no hacerlo también en el avión, como suele ser mi costumbre, proponiéndome descansar lo que pudiera y así fue, condimentado por una buena dosis de trabajo a bordo. El “catering” de la sala es de la misma empresa que el de las rutas de la compañía española que salen de Madrid y es el mejor que conozco en mis experiencias por todo lo largo y ancho de este mundo, Do&Co, que en repostería todavía se supera más.
Esto me permitió llegar al país sudamericano como una flor, por supuesto en mi caso marchita, pero flor, al fin y al cabo. Después viajé a Lima a un almuerzo, enlace en el que aproveché para trabajar casi todo el tiempo, cenando en el avión. El problema lo tuve al día siguiente, cuando estaba previsto que viajara a Buenos Aires, también en un avión de la familia Airbus A320 de Latam. Por un lado, inconscientemente programé la hora de recogida en el hotel para ir al aeropuerto un poco ajustadamente y, por el otro, el infernal tráfico de la capital peruana complicó mucho la situación, especialmente denso aquella tarde.
Un problema adicional es que tenía que facturar equipaje en bodega y era consciente de que el gestor aeroportuario obliga a cerrar la facturación con bastante anticipación y esto lleva a que la aerolínea de matriz chilena permita la entrega de maletas hasta una hora y cuarto antes de la salida. A medida que avanzábamos hacia la ya no tan nueva terminal del aeropuerto “Jorge Chávez” me convencí de que era imposible que llegara en ese plazo determinado (sin maletas no hubiera tenido grandes dificultades). Mi categoría “Platino” del programa de viajeros frecuentes “Latam Pass” facilitaba que en su “App” pudiera cambiar el vuelo en el mismo día con una pequeña penalización de unos 40 euros, con la suerte de que había otro unas tres horas y media más tarde.
Gestioné todo a través de mi teléfono móvil, no sin algún sobresalto por baja cobertura en la red, y, tras pagar la operación, pasé al modo relax, informándole a mi apreciado conductor de Lima que ya nos podíamos serenar. En el vuelo original no me dejaba seleccionar asiento, como síntoma de que estaba lleno, y en la misma jornada me asignaron por decreto uno de la fila uno en ventanilla, que no me gusta nada en los aviones pequeños, salvo que el de pasillo vaya vacío, pero era lo que había. En el nuevo también había sólo dos filas de clase ejecutiva y elegí uno de la segunda, que, de momento, mostraba que estaba vacía la butaca de al lado.
Después de facturar, me fui a la esplendorosa y con buen “catering” sala VIP de Latam, donde también decidí cenar opíparamente y tratar de ponerme un poco al día de cosas de trabajo. En la sala de embarque era buen síntoma que en la fila del grupo uno sólo estaba yo y a bordo, con una muy agradable tripulación ecuatoriana de la filial del grupo sudamericano en ese país, pude comprobar que tenía los tres asientos para mí solo, aprendiendo a plegar los reposabrazos y la mesita para convertirlos en cama, aunque pequeña para mi 1,9 m., aprovechando además la ración doble de mantas y escuálidas almohadas de ese trío. Nada más despegar lo preparé para descansar y así lo hice la mayor parte del vuelo, con lo cual la pérdida del anterior casi me benefició.
En el aeropuerto de Ezeiza nos estacionaron en la última de las últimas puertas con pasarela telescópica, lo cual supuso un pequeño maratón para llegar a inmigración, donde no había ni un solo pasajero, y ahí comprobé que mi velocidad en la gran caminata era notable, pues cuando salí del control de pasaportes no había llegado ningún otro viajero. Ese gran recorrido permitió que cuando alcancé la cinta de equipajes, saliera prioritariamente el mío.
Para el retorno a Madrid utilicé la sala VIP de American Express, mucho más cercana a la puerta de embarque que la de American Airlines que emplea Iberia, y allí me sometí a una nueva sesión de gastronomía aeroportuaria, muy bien preparada y servida, para no comer en el avión, en un buen vuelo de vuelta a casa.
JAVIER TAIBO


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