Tuve un retorno de Tenerife-Norte inmensamente complicado

Tuve un retorno de Tenerife-Norte inmensamente complicado. Tomando un café antes del control de seguridad en la zona de llegadas, pude apreciar lo que mueven los carnavales, pues nunca vi una cola para abordar un taxi que entraba dentro de la terminal, hasta justo la salida de la zona de recogida de equipajes. Después de pasar el control de seguridad, una densa niebla empezó a abrazar el aeropuerto, también conocido como Los Rodeos, justo cuando a mi avión le faltaba media hora para aterrizar. Decidí tomarlo con calma, hacer una compra de queso local y disfrutar de la ampliada, hacia una entreplanta, sala VIP del aeropuerto. Mi experiencia empezó a presagiar que iba a haber problemas con las operaciones y así fue. 

Conectado a la “App” de Aena, a la hora del aterrizaje prevista mi vuelo despareció, para presentarse poco después como desviado, obviamente a Tenerife-Sur, o “Reina Sofía”. Lo más práctico me pareció retornar a la zona de facturación, antes que la vorágine de unos tres centenares de pasajeros tuviera la misma idea. En las pantallas del aeropuerto aparecían ya unos cuantos vuelos como retrasados o cancelados, pero el mío había desaparecido. Ahí comenzó un largo periodo de tiempo en el que la gente de Groundforce, también perteneciente, como Air Europa, a Globalia, y que le presta servicios de asistencia en tierra, me comunicaba lo poco que sabían. 

El avión tardó bastante en aterrizar en el Sur, al parecer por la congestión que supuso el desvío de vuelos del Norte. Y había un problema imponderable: al estar contratados por los carnavales, no encontraban autobuses para llevarnos al “Reina Sofía”. El mar de dudas crecía entre, si el avión despegaría del Sur vacío para intentar aterrizar en Los Rodeos -suponiendo que la niebla despejara- y, si no, seguir a Madrid. A mí me era indiferente el dónde, cómo y cuándo, pero tenía que estar indefectiblemente en Madrid a primera hora de la mañana, pues debía iniciar un tratamiento preoperatorio. 

Es por eso que evalué dos alternativas: comprar un billete de Tenerife-Sur a Madrid con Iberia Express, que estaba previsto que despegara de madrugada, sin solucionar cómo me desplazaría por carretera a ese aeropuerto, si bien lo normal es que fuera en taxi; y hacer lo mismo en un vuelo de Binter desde Los Rodeos a la capital de España, que, aparentemente, en la aproximación se desviaría igualmente al Sur, pero que era más fácil encontrar autobuses para poco más de 100 pasajeros que para más de 300.

Compré los dos con tarifa plena rembolsable, de cara a maniobrar según se produjeran los acontecimientos. Tanto Binter como Iberia, a los que les expliqué mi situación, se portaron comprensivamente y muy bien. Como alternativa era mejor la primera opción, pues incluía el que me llevaran al Sur y que me despreocupara del desplazamiento a ese turístico aeropuerto. Después de una considerable espera, en la que yo fui de los pocos pasajeros que se habían replegado hacia la zona de facturación, con lo cual no se si dentro ofrecieron el preceptivo refrigerio, pero a mí no, aunque no importaba demasiado, notificaron que habían encontrado autobuses y que me darían preferencia para ir en el primero, como “platino” del programa de viajeros frecuentes de Air Europa.

Anulé el billete de Binter y mantuve el de Iberia, ante cualquier nueva eventualidad. Embarqué en un cómodo autobús a pie de terminal, pero una obesa pasajera sudamericana lamentablemente se sentó a mi lado ocupando algo de mi espacio. Cuando ya estábamos circulando por la autopista, me llamó por teléfono la agente de ventas de Binter, pese a haber cancelado mi billete, para comunicarme que su vuelo operaría en hora desde Tenerife-Norte. Agradecí mucho y valoro más todavía ese detalle, reflejo de una profesionalidad y espíritu de atención al cliente encomiables, aunque ya no me podía apear.

En el trayecto comprobé a través de la “App” de Air Europa que habían reemitido mi tarjeta de embarque, apareciendo el nuevo aeropuerto de salida y un cambio de asiento a uno indeseable. Evitando un atasco, llegamos al “Reina Sofía”, al que hacía muchos años que no visitaba. Ha crecido mucho, pero a lo largo, con lo cual las distancias dentro de la terminal son considerables. Me dirigí al mostrador de facturación, no porque llevara equipaje en bodega (que los pasajeros tuvieron que retirar en Los Rodeos), sino para aclarar lo de mi plaza. La agente del “handling” contratado, ya que allí Groundforce perdió el concurso hace tiempo, dijo que se mantenía el de la tarjeta de embarque original. Al parecer, cuando los vuelos se desvían al Sur siempre desaparecen los asignados y otorga el sistema otros, pero que primaba lo primero.

No aprecié la parte más moderna de la terminal, pues nuestra puerta era en la antigua, que poco ha cambiado, y el 787 estaba estacionado en remoto. Tampoco entendí porqué si el avión y su tripulación llevaban mucho tiempo esperándonos, porque tardaron tanto para iniciar el embarque, que, además, fue lentísimo, porque tenían que chequearnos uno a uno por el problema de la reasignación de asientos. Yo embarqué el primero y también hubo que esperar bastante a la jardinera (autobús) para llevarnos al avión, entiendo que por incompetencia del concesionario de “handling”, donde aguanté muchísimo tiempo hasta que estaban todos a bordo, con una tripulación que no era una maravilla. Finalmente despegamos, dieron el mismo “catering” en ‘Business’ que a la ida y aterrizamos en Madrid con cinco horas y medio de retraso, Pero pude iniciar mi preoperatorio.


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