Vueling fue un proyecto de Carlos Muñoz y Lázaro Ros, especialmente del primero, de cara a hacer una gran bola de aparente valor, engatusando a fondos de inversiones e incluso a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, sacando a bolsa una buena parte de su capital para llenar los bolsillos de los socios y poco después salir a relucir la realidad. Los otros accionistas cesaron a los dos fundadores por su gestión y finalmente la salvó IAG, el dueño de Iberia, que se la quedó y la fusionó con su marca Clickair.
Volotea y su preconcurso
Volotea pretendía, bien que mal, lo mismo y tenía la misma base, pero mostrando una cierta soberbia con respecto a España y sus ciudadanos. Pero aquí claramente no cumplió lo que se exigía para salir a bolsa, truncando sus planes. Puede Carlos Muñoz echar la culpa a la pandemia, de la que salieron casi todas con menos ayudas; o al precio del petróleo, pero su situación ya era mala antes de esos dos tremendos eventos. Y ahora se ha acogido a un preconcurso de acreedores para blindar su reestructuración con la banca y manteniendo una brutal deuda de 200 millones de euros del rescate que le concedió la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales), de los 356,2 millones que debe en total.
Se protege así frente a ejecuciones de sus acreedores, con los que se está financiando, para continuar las operaciones. Su precaria situación le obliga a reducir personal, rutas y flota (de 40 a entre 30 y 35 aviones de la familia A320), intentando además sacrificios por parte de la banca acreedora y el Instituto de Crédito Oficial (ICO), que dio avales a créditos en la pandemia. Dio a conocer unas pérdidas de 94,2 millones de euros, con unos ingresos de 817,9 millones de euros y un EBITDA de 2,4 millones. Y lo peor es que su patrimonio neto se ha deteriorado todavía más, a 570 millones de euros negativos. Mientras, busca una nueva ampliación de capital de 25 millones de euros para evitar entrar en causa de disolución.
Plus Ultra y el rescate de la SEPI
Y de Plus Ultra, poco podemos decir que no hayamos escrito antes, una compañía irrelevante salvo por sus escándalos y que no ha podido estar peor gestionada. Y ahora muchos se explican los raros capítulos de su convulsiva historia. Falta saber por qué le regaló 53 millones de euros la SEPI, de los que no ha devuelto nada, así como de qué manera uno de sus fundadores, Julio Martínez Sola, simplemente un empleado bien pagado sin una fortuna que le respalde, pasó de la noche a la mañana, a ser el accionista mayoritario, en sustitución de los socios vinculados a la Venezuela bolivariana, que, sin duda mucho más avezados que él, salieron por patas previendo lo que se venía.
Tampoco tiene explicación que, después de saltar el caso llamado con el nombre de esa aerolínea, sus vinculaciones con el inefable y parece que amoral e ilegal José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente del Gobierno socialista, Martínez Sola haya dimitido como presidente de Plus Ultra, siendo el accionista mayoritario, suponiendo que siga así, y con una compañía que se desmorona, incumpliendo sus promesas de incremento de flota, ocurriendo justamente lo contrario. Tienen que darse explicaciones del porqué se le dieron esos 53 millones, algo claramente injustificado, y a las pruebas nos remitimos. Como antes de la pandemia, es escasamente trascendente, excepto por los escándalos que le rodean.


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