Eso sí, tres horas antes de aterrizar hice una cena-desayuno combinando cosas que había para ambos servicios, con la complicidad de una magnífica tripulación. Las consecuencias del incendio llevaron a que en agosto fuera tres veces a Baleares, aunque estuve allí solo unas 60 horas en total, incluyendo un desplazamiento a Menorca, de ahí a Mallorca y después a Ibiza en 30 horas.
Mucho más acelerado fue un viaje a cuatro países de América —Uruguay, Argentina, Paraguay y Chile— por motivos inexcusables de trabajo. Totalicé seis días desde que partí de Madrid hasta que aterricé de vuelta en Barajas, despegando de cinco aeropuertos para realizar siete vuelos, con tres aerolíneas y cuatro modelos de aviones diferentes.
Lamentablemente, dos de ellos fueron con Latam Airlines, compañía sobre la que cada día tengo un concepto más negativo. Tuve varios cambios de planes, que me obligaron a perder un billete de Montevideo a Asunción de Paranair, aerolínea a la que temo que le quedan dos telediarios y de cuya capital han desaparecido los accionistas de Air Nostrum.
Desconozco si mi billete permitía cambios, porque no he conseguido ver las condiciones del contrato de transporte. No parece probable que vuelva a volar con su único y viejo birreactor regional Bombardier CRJ100, ni que vaya a recuperar mi dinero.
En cambio, viajé tres veces con Aerolíneas Argentinas: Montevideo-Buenos Aires/Aeroparque Jorge Newbery-Asunción-Aeroparque, disfrutando de su patético catering en la clase ejecutiva de sus aviones de fuselaje estrecho. En el primer segmento existe el beneficio de un acceso exclusivo al control de seguridad, pero ni en ese ni en los otros dos la compañía da acceso a alguna sala VIP.
Eso sí, en todos se goza del butacón de clase business: tres por fila en los Embraer E190 y cuatro en los Boeing 737, una configuración que no me consta que tenga ninguna otra compañía de Sudamérica.
La llegada al aeropuerto metropolitano de la capital argentina fue inicialmente dramática. Me encontré en el control de pasaportes una fila en serpiente de unas 400 personas. Y yo, además, detesto las colas. Cuando había avanzado unas 50 posiciones y ya estaba cantando el adiós a la vida, no sé si por pena o por la impresión que no era, se me acercó en un recodo un funcionario y preguntó si llegaba a Argentina para algún acto oficial.
Sorprendido, le dije que sí y pidió que le acompañara al control de diplomáticos y tripulaciones, en el que solo había cinco personas delante. Lo único que creo que me diferenciaba del resto de pasajeros es que yo era el único que llevaba chaqueta y el metro y medio de altura, pero casi abandono mi cara de nada para darle un abrazo.
Para ir a la capital paraguaya, inmigración del Aeroparque Jorge Newbery estaba también muy congestionada. En otro recodo, ahora una funcionaria me preguntó si tenía pasaporte. Le dije que sí y me pidió que le acompañara a los quioscos automatizados, en los que siempre hay mucha menos gente.
Ahí me enteré de que los españoles podemos utilizar esa vía, después de dos años de estar instalados. Le pregunté por qué no informaban de ello y la respuesta fue poco protocolaria: para que estuvieran más despejados de gente. También quise saber si a la llegada se podían emplear y me dijo que sí, siempre que no hubiera pasajeros argentinos.
Para retornar de Asunción ese día empleé mi habitual sala VIP, en la que ahora derivan a todos los pasajeros que no son clientes de un banco a la planta de abajo, más cutre y sin ventanas. Para desplazarme a Santiago de Chile viajé en un Airbus A320 de Latam, cuya web para cambios es deleznable y cuyo call center daría mejor imagen si lo cerraran.
El avión no tenía cortina de separación de clases y los pasajeros de turista accedían al aseo delantero sin limitaciones, esperando molestamente en el pasillo a que se liberara. Al día siguiente volaba también con Latam a Montevideo, pero solo para conectar con el vuelo de Iberia que me devolvería a Madrid.
Pese a llevar únicamente equipaje de mano, el aeropuerto de Carrasco no está preparado para los pasajeros en tránsito. Tuve que pasar inmigración y aduana, para luego someterme a los controles de seguridad y de pasaportes de salida, algo completamente absurdo.
A la llegada a Barajas me ocurrió una cosa insólita. Nos situaron en una posición con pasarela telescópica que se cruzaba con la de salida de otro vuelo, que en ese momento estaba embarcando. La puerta para cruzarla estaba cerrada y permanecimos allí veinte minutos.
Hubo pasajeros —especialmente una británica residente en Ginebra que estaba al límite para llegar a su vuelo— gritando y aporreando la puerta de acero para que los empleados de South, la filial de IAG que realiza el handling para su hermana Iberia, nos abrieran. Ellos no tenían la culpa: la responsabilidad correspondía a Aena. (Javier Taibo)

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