La sala VIP del módulo D del aeropuerto de Palma, en donde suelen operar los vuelos a la Península Ibérica…

Ilustración generada con IA.
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La sala VIP del módulo D del aeropuerto de Palma, en donde suelen operar los vuelos a la Península Ibérica, sigue cerrada por obras, después de casi un año. Esperemos que merezca la pena, porque de momento es disuasorio ir a la lejana que ofrece Aena, que está próxima al A y que supone una gran caminata, además de parecer una cafetería con “buffet” para turistas mala. Nuevamente, lo VIP es estar fuera de las salas VIP, a las que ignoro quién no puede acceder.

Es justo lo contrario de lo que ocurre en la pequeña y funcional del módulo B, donde operan los vuelos regionales, en la que es muchísimo más restrictiva la entrada y siempre está vacía y en la cual, para compensar, podría abrir más la mano. La remodelación de la infraestructura mallorquina, que se está haciendo demasiado larga, empieza a dar sus frutos y en un extremo de la zona de salidas está habilitada una nueva zona de controles de seguridad exclusivos para los vuelos interinsulares que dan acceso directo a ese módulo B y que en las llegadas, si no hay equipaje facturado, permiten alcanzar el exterior del edificio de forma más expedita.

Un atasco en Barajas y un vuelo casi perdido

Creo que habré perdido en mi vida menos de una decena de vuelos, lo cual es un hito considerando lo que viajo. Y en septiembre no sucedió, por lo gafado que estuve en agosto, ese mes se presentó mucho más afortunado. Hice acto de presencia en un acto ceremonial en una urbanización al Norte de Madrid, programando para ir de allí al aeropuerto raudamente una hora y cuarto antes de mi despegue previsto a las 21:45 a Mallorca. Lo que no podía esperar es un atasco de tráfico monumental en el camino que lleva a la zona de llegadas de la T2 de Barajas, que necesitaba para acceder al estacionamiento P2. Ese relativamente estrecho vial se ve, sin que la policía municipal intervenga, bloqueado con la carga y descarga de pasajeros y sus equipajes, porque lo único que hay para detener el vehículo cercano es el caro “Parking Express”, que todo el mundo trata de evitar.

Los minutos corrían implacables y la “App” de Aena no mostraba ningún retraso, pero tampoco que se hubiera iniciado el embarque del Air Europa y a las 21:10, con el vehículo sin poder moverlo, llamé a su “call center” para preguntar si había comenzado. Un inútil de agente me puso en espera para decirme poco después que el vuelo ya estaba cerrado. Le dije que era imposible, cuando se puede abordar hasta 15 minutos antes. Dio una respuesta dubitativa diciendo que entonces intentara llegar. Es como si hubiera hablado de Marruecos con el Gobierno español. Con una cierta habilidad y la permisividad de otros conductores, conseguí acceder al estacionamiento.

A las 21:25 estaba en la terminal yendo rápidamente al “fast track” de seguridad, al ver que en pantallas seguía apareciendo como “embarcando”. Estaba cerrado y tuve que volver sobre mis pasos, encontrándome en la misma pantalla informativa que había desaparecido mi vuelo. Fui al mostrador de ventas, donde tuve que esperar dos minutos a que atendieran a un piloto de la misma aerolínea. Relaté la situación y, tras mirar la pantalla, me dijo que faltaban por embarcar otros cinco pasajeros.

Le comuniqué que iría corriendo, tras pedirle por favor que llamara a la puerta de embarque (el avión estaba en remoto) y sin saber si lo haría. Pasé el control de seguridad como un lince herido y seguí corriendo. Bajando por la escalera mecánica observé que había tres agentes de “handling” de Groundforce en mi puerta y una jardinera en la plataforma, mientras una de ellas me indicaba a distancia que me acercara tranquilo. Casi le beso los pies. Subí al autobús sin que el resto del pasaje me pitara. El sobrecargo era conocido de hace más de veinte años.

Un móvil olvidado en Tenerife-Norte

En mi senda clara hacia el ridículo, a los tres minutos de pasar el control de seguridad en el aeropuerto Tenerife-Norte, a donde todavía no han llegado los escáneres de nueva generación, que no precisan sacar del equipaje de mano líquidos ni ordenadores portátiles, me di cuenta de que no llevaba el teléfono móvil, que había empleado por última vez para el escaneo del QR de mi tarjeta de embarque y poder acceder a esa zona. Regresé y pregunté a los agentes si lo habían encontrado y me dijeron que no. Fue providencial que me recomendaran que preguntara a los guardias civiles. No lo tenían, pero tras preguntarme en qué cinta habían pasado los enseres, a un empleado que llevaba una pila de bandejas para depositar los objetos en un carrito y revisarlos en la pantalla, le dijo que esperara y el propio guardia civil empezó a levantarlas una por una… y hacia la mitad apareció, con su gris oscuro totalmente mimetizado entre sus paredes.

Un olvido a bordo del Airbus A330-200 de Iberia

Y otro capítulo más fue en un vuelo a Montevideo con Iberia, ya a bordo del Airbus A330-200 y con un 70 por ciento del pasaje en el avión. Me acordé de que había dejado una bolsa de compras en la sala VIP. Pedí permiso para ir y, afortunadamente, el correr con cierta asiduidad me permitió volver allí y regresar cuando todavía estaban en la pasarela telescópica una docena de pasajeros. Lo que no sé es qué habrán pensado los usuarios de la atiborrada sala viendo a una malformada y vieja gacela desplazarse. No estaba en donde la había dejado, en un extremo del recinto, pero, preguntando a los empleados, lo tenía una en el carro de recogida de vajilla sucia, bien resguardada. (Javier Taibo)


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