Finalizó el segundo año con pandemia

Finalizó el segundo año con pandemia. Si en 2020 realicé la mitad de vuelos, y un porcentaje algo inferior de horas de vuelo, en 2021 registré un 75 por ciento más que el año anterior, pero esto supuso todavía un 14 por ciento menos que en 2019; mientras que en horas subí más del 70 por ciento, pero esto representó un 20 menos que en el año previo a la masacre del COVID-19. Éste impone usos y costumbres distintos y diferentes, como ya sabemos, algunos de ellos preocupantes. Por ejemplo, todas las veces que he llegado a la terminal T4 de Madrid en un vuelo doméstico he dicho a viva voz de donde procedía y los agentes del control sanitario nunca lo han puesto en duda. Pero en la T2 es justamente al contrario y no se fían, obligando todas las veces a que muestre la tarjeta de embarque. Es digno de un análisis psicológico.

Chile sigue exigiendo a los extranjeros no residentes para entrar el tener un resultado negativo de una PCR realizada un máximo de 72 horas antes de viajar, estar vacunado cuando menos con dos dosis (que deben de validar mediante un proceso por Internet que puede tardar entre diez y veinte días), someterse a otra PCR en el aeropuerto de Santiago a la llegada y confinarse en la habitación del hotel hasta recibir los resultados en un plazo máximo de 12 horas, además de rellenar un formulario y demostrar la existencia de un seguro que cubra 40.000 dólares de gastos sanitarios. No es fácil viajar así, pero lo cierto es que lo tienen muy bien organizado, con múltiples mostradores para verificar la documentación y también muchos para las PCR. Y desembarcando el primero, como hice dos veces en tres semanas, no había colas, pese a que tienen que someterse a ello todos los pasajeros. Me figuro que tuve suerte.

No es fácil viajar así y yo debo de ser de los pocos que ha realizado tres periplos intercontinentales en un mes y medio, dos de ellos recorriendo cuatro países, uno durante siete días y el otro en cinco. Esto significa que muchos de los documentos y pruebas que hay que aportar se tramitan después de haber salido de España y no es posible obtener las pertinentes autorizaciones para poder embarcar y esto genera incertidumbres que creo que pocas personas son capaces de asumir. Esto contribuye a cimentar la leyenda de viajero empedernido al que no le preocupan las barreras.

Nunca he sido muy amigo de las aerolíneas “low cost”, pues requiero mejores servicios y, con mis requisitos, como, por ejemplo, volar en la primera fila, al final la diferencia de tarifa no es tan significativa. Pero las utilizo en el caso de que esta sea muy grande y, sobre todo, por horario. Tenía que desplazarme de Santiago de Chile a Buenos Aires un sábado por la tarde para llegar a una cena, y la única opción –consecuencia de la lenta recuperación del tráfico– era JetSmart, que no se la recomiendo a nadie. Es de lo peor que he visto.

Inicialmente tenía programado el despegue a las 19:00 y al mediodía recibí un correo electrónico reprogramando el horario a las 21:30, que implicaba el aterrizaje a las 00:30 del día siguiente y perdía mi cena, que era lo único que tenía en la capital argentina, pues a las 07:15 iba a Montevideo en “ferry”, la única opción válida que permitía hacer un par de cosas en Uruguay y despegar hacia Madrid a las 14:05. Comprobé nuevamente que no había más posibilidades válidas para ir a Buenos Aires; ni alguna que me permitiera ir esa tarde o al día siguiente temprano a Montevideo; ni Iberia tenía plazas en clase ejecutiva para regresar al día siguiente desde Santiago directamente a España.

La gente me trata como no merezco y las dos personas que quería ver en Buenos Aires se acomodaron para recogerme en el aeroparque “Jorge Newbery” simplemente para llevarme al hotel mientras hablábamos un poco, pues ya no había posibilidades para cenar y tenía para dormir sólo cuatro horas y media. Los impresentables de JetSmart sumaron un retraso adicional de 45 minutos y todo ello sin pedir disculpas, ni mucho menos dar alguna explicación por la demora programada y no programada, además de mantener bloqueado el aseo delantero sólo para la tripulación, práctica que ya no emplea casi ninguna aerolínea. El servicio a bordo era, por supuesto inexistente.

A la llegada, como portaba sólo equipaje de mano, alcancé los controles el primero y los superé en un santiamén. A posteriori he intentado reclamar una compensación, a la cual su “web” reconoce que tengo derecho por exceder las tres horas de demora. Les he escrito y me contestaron que eso sólo lo puedo realizar llamando por teléfono (cuando predican que todos los trámites se hagan a través de Internet) a su centralita, con la que es imposible hablar. Es decir, un sistema montado para engañar al pasajero. Sea feliz: evite JetSmart, sin duda la peor aerolínea Latinoamérica, nacida para engañar.

Afortunadamente, el vuelo de Montevideo a Madrid de Iberia muy bien y con una magnífica tripulación, pese a los malos agentes de “handling” que le caracterizan en Iberoamérica; y para compensar aterrizamos con una hora de adelanto. Por el contrario, se nota que Air Europa está viviendo una crisis y reduce gastos, incluyendo los dedicados a sus mejores clientes, con un drástico recorte del “catering”. Llegando a Ibiza sufrí algo que no me había ocurrido nunca: Estar en la jardinera (autobús) de GroundForce (del mismo grupo empresarial que la aerolínea, Globalia) a pie de avión detenidos bastante rato por avería en una de las puertas de acceso.

Javier TAIBO

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