Se van levantando los requerimientos derivados del COVID-19 en el transporte aéreo.

Se van levantando los requerimientos derivados del COVID-19 en el transporte aéreo. Por ejemplo, Baleares no exige ya rellenar un formulario con datos del pasajero, que generaba un código QR para presentar en el control sanitario, y ahora sólo se pide el certificado de vacunación. En Canarias ya ocurría así desde hace tiempo, con lo cual prácticamente en este complicado país se ha estandarizado lo que se demanda. También cada vez abren más los negocios aeroportuarios de restauración y tiendas, con lo cual la vida dentro de esas instalaciones se aproxima a la normalidad, con un flujo notable de viajeros. Se mantiene la prohibición de estar dentro de esas infraestructuras para los acompañantes, aunque uno avispado tiene vías para entrar y que nadie le controle.

Eso sí, los puntos de restauración de las áreas de llegadas siguen padeciendo esa restricción, que prácticamente no tiene sentido, cuando en las ciudades hay casi vida normal en el interior de los locales comerciales. En Madrid/Barajas, las T1, T2 y T3 rezuman menos alegría que la que se vive en las T4 y T4S, a lo que no es ajeno que la recuperación de Air Europa está siendo mucho más lenta que la de Iberia. Pese a sus problemas, que ponen en duda que se materialice la compra de la primera por la segunda e incluso futuro inmediato, volé a Tenerife con esa compañía y su calidad de servicio en Business permanece inalterada.

Fui a Tenerife pocos días después de que entrara en erupción el volcán de la isla de El Hierro y me decepcioné en la aproximación de no ver la columna de humo y cenizas. Fue, por otro lado, un placer volar entre Tenerife y Las Palmas en Binter, que justifica el que varias veces haya obtenido el máximo galardón a la mejor aerolínea regional europea, otorgado por la ERA (European Regions Airline Association). Daba gusto ver los aviones de ida y de vuelta llenos de clientes. En Gran Canaria disfruté de una nueva sala VIP, más grande que la anterior y con una gran terraza con vistas a la plataforma de estacionamiento de aeronaves.

Poco a poco se abren de nuevo los países sudamericanos a los visitantes extranjeros, sin requerir que hagan cuarentena. Viajé a Perú y me encontré con la sorpresa que Iberia permite cargar los documentos que piden las autoridades del destino (pasaporte, formulario oficial y certificado de PCR negativo en este caso) en su página “web”, que los valida y evita que el pasajero tenga que pasar por el mostrador de facturación para mostrarlos y que tampoco los pidan en la puerta de embarque. Realmente es una gran comodidad y facilidad que ofrece la aerolínea española, que aplaudo efusivamente.

Me vacunaron tempranamente y sigo manteniendo unos protocolos de cuidado de cara al COVID-19 bastante estrictos, pero me planteo si realmente se justifica que los pasajeros de las clases ejecutivas intercontinentales tengan que llevar durante el vuelo la mascarilla sanitaria, cuando las propias aerolíneas defienden la seguridad frente a la pandemia a bordo, gracias a la renovación continua del aire, la utilización de filtros HEPA (High Efficiency Particulate Arresting) y a esterilización de las cabinas, sumado a la protección que ofrecen las carcasas de las butacas de “Business”. Seguramente tardará en eliminarse para no hacer una discriminación, por otro lado lógica, con los clientes de turista.

Tuve la oportunidad de reestrenar la sala VIP de Iberia de la terminal T4S, adaptada a las servidumbres de la pandemia, pero muy agradable, en todo caso. El vuelo, en Airbus A350-900 básicamente bien y la llegada a Lima muy bien, pues desembarqué el primero, llegué al control sanitario el primero y lo superé rápidamente, no había nadie más que yo en el control de pasaportes y, como sólo llevaba equipaje de mano, pasé como un rayo por la aduana, todo para tener que esperar 5 minutos al conductor del vehículo que me tenía que trasladar al hotel, que apareció con bastante pachorra por fin, con un café en la mano. La verdad es que el enfado se quitó cuando me percaté que el avión llegó antes de la hora y que salí a la zona tierra incluso antes de la hora teórica de aterrizaje.

Pero del “Jorge Chávez” al hotel tardé más que nunca, una hora y cuarenta minutos. La anticuada red vial de la capital peruana y manifestaciones en contra del nuevo Gobierno fueron los artífices de esa lamentable tardanza. Cuando retorné, el conductor me permitió descubrir un nuevo túnel que agiliza el acceso aeropuerto, lo que llaman la “línea amarilla”, que alegra un poco la vida. La sala VIP del aeropuerto de Lima, bastante más grande desde que se remodeló, la vi triste, con poca gente y mal ambientada y para pedir algo de “catering” hay que rellenar un impreso de solicitud.

Un síntoma de la recuperación del transporte aéreo es lo llenos que están los seis módulos de estacionamiento de vehículos de la terminal T4, que casi todo el tiempo están saturados, más incluso de que empezara la pandemia. La que no se recupera es la portuguesa TAP, más de un mes después de mi reclamación por retraso debido a una avería en un vuelo de Valencia a Lisboa, a donde finalmente llegué, vía Madrid, con 9 h. de retraso. La indemnización a la que tengo derecho parece que se la quieren pasar por el arco de triunfo. Afortunadamente he reclamado, al no recibir respuesta, a través de la autoridad aeronáutica española, que gratamente he visto que ha tomado cartas en el asunto. Vamos a ver en qué queda.

Javier TAIBO

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