Llegué a Santiago con una gran cola de pasajeros para pasar el control sanitario

Llegué a Santiago con una gran cola de pasajeros para pasar el control sanitario, contradictoriamente sin guardar la más mínima distancia de seguridad, y tras revisar mis documentos y aceptarlos pasé al de inmigración y recogí de la cinta la maleta, accediendo a la aduana, todos esos lugares vacíos, pues el cuello de botella estaba en el sanitario. Las autoridades chilenas son muy coercitivas con la entrada de productos de origen animal y vegetal y conminan a que se declaren para evitar severas multas. Yo precisé en el impreso correspondiente que llevaba un queso, algo que al funcionario de turno pareció importarle un rábano, a diferencia de otros tiempos.

En el hotel me pidieron el salvoconducto que eximía de cuarentena y me trataron mucho mejor, incluso, que nunca, haciéndome sentir como en casa en todos los aspectos. En Chile me tuve que someter a otra PCR para ir a Perú, cuyas autoridades pedían, además, rellenar un documento por Internet y llevar protector facial –que conminan, por sus disposiciones, a ponerlo en el embarque y utilizarlo durante todo el vuelo, salvo para ingerir alimentos y bebidas-, además de mascarilla quirúrgica y no de tela.

En el aeropuerto de Santiago no había ninguna sala VIP abierta, ni “fast track” de seguridad. El desayuno a bordo del Boeing 787-9 de LATAM fue como en los viejos tiempos, no como en Iberia, que seguía ejerciendo que todo es excepcional, dejando un aseo delantero reservado para tripulantes y manteniendo por tanto sólo uno para los pasajeros de “Business” y “Económica Premium”, que al final del vuelo parecía una cuadra y no tenía ni toallas de papel, a diferencia de LATAM. Por razones que se me escapan, pese a que los aeropuertos peruanos, especialmente el de la capital, están al 30 por ciento del tráfico, nada más aterrizar estuvimos detenidos unos diez minutos esperando a que nuestro estacionamiento quedara libre.

Cuando llegué al control sanitario de la terminal no había otros pasajeros y obligaron a que me quitara el protector facial para que el sensor detectara la temperatura corporal. En el de pasaportes pregunté si era necesario que me lo volviera a poner y el funcionario me dijo que no, que sólo se requería “al parecer” a bordo, el único país del mundo que he visto que demanda esto. Mi maleta no salió con prioridad, como es preceptivo al viajar en “Premium Business”, pero la aduana estaba vacía y me subí a un vehículo para ir al hotel, donde en la habitación me esperaba un regalo y una emocionante tarjeta del personal después de tanto tiempo. Me sentí mejor que en mi casa.

Para regresar a Madrid había un rápido control de temperatura para ingresar a la terminal y, como casi siempre, los profesionales de tierra de la escala de Lima de Iberia hicieron las cosas muy fáciles. Allí si estaba la sala VIP abierta, aunque para pedir comidas y bebidas se necesitaba rellenar un impreso y hacer una cola para entregarlas, que evité porque va contra mis creencias. En el embarque pude apreciar una vez más la gravedad del momento que nos ha tocado vivir, pues agentes dejaban abajo a pasajeros que viajaban sólo por turismo, algo que la normativa (no sé si peruana o española) impedía y ellos desconocían.

No quiero dejar de mencionar que hacer una PCR tiene un coste muy alto, que encarece el valor del viaje, si bien es cierto que, con lo baratos que están los billetes de avión y el gasto total de un viaje intercontinental de ocho días, esa cifra queda muy diluida, hasta el punto que lo podríamos considerar como despreciable. Así están las cosas. El “catering” del vuelo de regreso a Madrid lo pudo calificar de muy decente y mucho mejor que el de la ida, cuando antes del COVID-19 esto venía a ser al contrario. También hizo mucho que la sobrecargo se esforzó más en explicar las opciones, dejando posibilidades abiertas para el deleite del cliente. Tanto a la ida como a la vuelta no había venta a bordo.

La llegada a Madrid fue de vértigo, pues el control de pasaportes, en el que, no entiendo por qué, ahora nos mezclan a los pasajeros de la Unión Europea con los que no lo son, había una cola kilométrica, pese a que la tramitación es similar a antes de la pandemia. Curiosamente, a efectos del control sanitario, España no exigía una PCR a los pasajeros procedentes de Perú, al contrario de lo que sucede con otros países iberoamericanos, con lo cual con presentar el código QR emitido tras haber rellenado el formulario correspondiente por Internet y el paso por el mostrador fue muy fluido.

Y en este momento tan complicado que nos ha tocado vivir, Air Europa da la nota de caradura que parece que ha asimilado de los que son todavía sus dueños. Después de empalagar a los potenciales clientes con publicidad de que están permitidos cambios por el COVID-19, resulta que es una mentira deleznable, que digna que les hayan rescatado. He perdido dos billetes a Mallorca por el progresivo cierre de la isla, primero pidiendo una PCR y luego cerrando bares y restaurantes y en su centro de atención telefónica se han negado a cambiar las fechas porque no hay ninguna circunstancia que me impida viajar, salvo una PCR que cuesta tiempo y tres veces el importe del billete y que iría para no poder salir de mi alojamiento. Preferiría que quebrara a que se la quede Iberia.

Javier TAIBO

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