Por fin me fui a América, once meses después de que lo hiciera la anterior vez

Por fin me fui a América, once meses después de que lo hiciera la anterior vez. Siempre dije que volvería cuando hubiera dos países que no me forzaran a cumplir una cuarentena y que me interesaran para viajar, aunque solamente fuera para temas sociales, y así fue. Perú ya estaba abierto y entré en Chile el primer día que no requerían el aislamiento a los españoles, aunque pocas jornadas después lo volvieran a implantar. La verdad es que fue para escribir un libro, difícilmente condensable en una página.

Chile me exigía una PCR negativa hecha dentro de las 72 horas antes de viajar, un certificado de seguro que cubriera cuando menos 30.000 dólares de gastos médicos de hospitalización y repatriación por COVID y rellenar un formulario a través de Internet. Pese a cumplir con todo, al enseñar mi pasaporte a través del metacrilato del mostrador de la agente de facturación de Iberia de clase ejecutiva y decirle que iba a Santiago de Chile, me contestó sin preámbulos que no podía viajar. Me figuro que una parte de los pasajeros, menos viajados que yo, sin el colmillo tan retorcido y con personalidad aligerada hubieran visto en esto una traba insalvable y, de hecho, tres plazas de ventanilla que aparecían como ocupadas en el mapa de asientos fueron al final libres, aunque ignoro el motivo real.

Le pregunté insistentemente porqué, diciéndome al final que las autoridades del país americano sólo permitían viajar a ciudadanos chilenos y a extranjeros residentes. Le dije contundentemente que no era así y que examinara los requisitos, que, salvo algún despiste, sabía de memoria y había ya contrastado previamente con las autoridades andinas. Sin mostrar el más mínimo gesto de rectificación ni de enmienda, empezó a pedirme papeles, hasta el punto que al cabo de un ratito le pregunté sus motivos para informarme que no podía embarcar. Me respondió dos veces que no me había dicho eso y ante mi insistencia se limitó a darme la razón diciendo que “era para hacer esto más rápido”, ante mi estupor.

Evidentemente, si le hubiera hecho caso, me hubiera ido a mi casa y tema terminado velozmente. Inmediatamente después se plantó con otro obstáculo, supuestamente de forma otra vez insalvable: me dijo que no podía viajar porque mi certificado del seguro no era válido. Nuevamente le exigí varias veces que me aclarara la razón, hasta que se dignó a decirme que porque no cumplía el requisito de cubrir 30.000 dólares. Le conminé a que leyera nuevamente el certificado y ante su negativa le exigí sin paliativos a que se percatara que cubría hasta 1 millón de euros. Quizás la incompetente no sabía leer.

Lejos de rectificar, ni mucho menos pedir disculpas, al poco soltó que yo no tenía reserva para ese vuelo. Mi grado de petrificación no impidió que buscara la tarjeta de embarque que tenía emitida en mi móvil, generando dudas de si me había equivocado al comprar el billete… pero no. Se lo enseñé y ni me contestó, hasta el punto que a los dos minutos le tuve que preguntar si había encontrado mi reserva, limitándose a decir que sí, nuevamente sin disculparse, ni mostrar el más mínimo propósito de enmienda. Parecía como si fuera un programa de cámara oculta.

Al poco, como si detectivescamente hubiera descubierto una infracción, con cara de Torrente me espetó que mi destino final no era Santiago, inquiriéndome que le confesara cuál era. Bastante molesto le dije que mi destino final era la muerte y en este viaje Madrid. Sin saber cómo replicarme musitó que en realidad yo iba a Lima (que es de donde regresaba a España). Mi contundente reacción hizo que se callara y al instante me diera la tarjeta de embarque (que ya tenía en mi móvil) con la etiqueta de equipaje. Ese trabajador no puede estar atendiendo a ningún tipo de pasajero.

Cuando llegué al embarque, me volvieron a pedir todos los documentos, pues no les constaba que nadie los hubiese controlado. Previamente, el control de Policía –la Comunidad Autónoma de Madrid estaba confinada- fue leve y simpático, al igual que el de pasaportes, y pasé por la sala VIP de Iberia de la terminal principal (la de la T4S está cerrada), muy bien atendida por el nuevo concesionario de “catering”, no así a bordo, que apenas probé ni la entrada, ni el segundo plato, elegido con una pregunta de la sobrecargo de si quería carne, pescado o verduras: por lo menos se podían molestar en presentar el menú para visualizarlo en Internet y tener algo más de información.

En el avión, además de encontrar en mi “rack” equipaje de mano de la tripulación, una TCP se cambió del uniforme de calle al de a bordo en el pasillo de la cabina de “Business” delante de mis ojos. Mi regreso a América fue para olvidarlo. Otra recomendación que le hago a Iberia es que invierta en el mantenimiento de interiores de sus aviones, incluyendo el de sus modernísimos Airbus A350-900. El espejo del baño estaba roto de arriba en zigzag y la espantosa cinta adhesiva que impedía que se desplomara dejaba en evidencia que no era una rotura ni de ese día, ni del anterior, ni de la semana pasada. La imagen no es sólo hacer una bonita publicidad en televisión.

Javier TAIBO

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