El mes anterior fue mi última página pre COVID

El mes anterior fue mi última página pre COVID, la anterior durante COVID y ahora toca la primera después de levantar el estado de alerta. Me he subido tres veces en Air Europa (dos domésticos y un internacional de salida de España) y el de retorno en Iberia y dos en Iberia Express, todos en “Business”. La conclusión sin paliativos es que la compañía que antes de la crisis iba a ser engullida por la filial de IAG y ahora no se sabe si va a suceder y en qué condiciones, ofrece mucho mejor calidad que la presunta compradora, tanto en el diseño de su servicio, como en la predisposición de su personal. Air Europa creo que se ha dado cuenta de su dramática situación y se puso las pilas.

En Iberia, prácticamente viajar en Business en los aviones pequeños es una ridiculez, ya que al principio no había “fast track” de seguridad, ni sala VIP (hasta el día de hoy y parece que tardará en abrirlas); ni embarque prioritario, pues es sin distinciones de atrás hacia adelante; ni aseo delantero a disposición, ya que lo reservaron para las tripulaciones (con el contrasentido de no embarcar cuando quieres, pero tener que recorrer la cabina dos veces cada vez que se necesita ir al aseo, si bien este disparate lo enmendaron rápidamente); y sin “catering”, como mucho una bebida y un sobre de frutos secos.

Lo del “catering” tampoco tiene mucho sentido, ya que se justifica para reducir al mínimo la manipulación de elementos, cuando con uno normal sería lo mismo, pues la TCP entrega ahora la “Coca-cola Zero” y las avellanas tocándolas con las manos, con lo cual me obliga a utilizar gel hidroalcohólico, lo mismo que si sirviera una comida, mientras aerolíneas como Ar Europa y su hermana British dan el mismo “catering” de siempre y una caja con amplio contenido, respectivamente. Tengo que pensar que la razón real es ahorrar.

El zenit de la tontería de todos esos procedimientos, es que regresando de un aeropuerto europeo, la agente de ‘handling’ para embarcar el último, por ir en clase ejecutiva, me exigió que le entregara el DNI para verlo y no que se lo enseñara y manipular ella mi teléfono móvil para la lectura del código QR, en lugar que lo hiciera yo. Después de eso, todo lo que han montado para mi supuesta buena salud salta por los aires. En el salto interna ofreció una didáctica voz sobre lo perfecta que era Iberia contra el COVID-19, describiendo el filtro HEPA y la circulación de aire en la cabina, muy positiva de cara al pasajero que lo desconoce, pero lo hizo con un volumen de megafonía tan alto que si duraba un minuto más creo que hubiera saltado demandando a gritos que se callara.

Más alucinante es la toallita con gel hidroalcohólico que entregan en el embarque (en un vuelo de Iberia Express se olvidaron, pero luego pretendían que depositara los restos en una bolsa), que en el caso de Iberia va acompañada de un recipiente que envuelve a una bolsita, ambos de plástico, para introducir lo toallita tras utilizarla, en una compañía que se jacta de esfuerzos por la ecología. No lo entiendo: tengo que abrir el recipiente para la bolsita e introducir ahí el envoltorio y los restos de la toallita. Es decir, que he tenido que manipular todo, de tal forma que si estoy contagiado contaminaré todo, con lo cual sobra la bolsita de plástico y su envoltorio, que, por cierto, nadie pasa a recoger. En Air Europa un TCP antes del despegue recorre toda la cabina con una gran bolsa de plástico, en la cual los pasajeros son invitados a depositar esos restos.

Ir en Business por el mero hecho de tener sólo el asiento central vacío, cuando en turista la ocupación con casi total probabilidad también permitirá que libre, ni merece la pena. Iberia y sus tripulaciones dan la impresión como si todos fueran vuelos de repatriación, haciendo un favor a sus pasajeros. Air Europa, trata de hacer las cosas con normalidad en un momento tan anormal. Su personal está predispuesto a tratar bien al pasajero, el diseño del servicio a bordo es aceptable y no me cabe la menor duda que esta aerolínea y el “catering” que contrata lo hacen aplicando todas las medidas higiénicas necesarias. El salto internacional fue prodigioso, al sustituir el 737-800 programado por un 787-9. En la ejecutiva sólo iban, además, un sacerdote (me considero católico, pero da una mala imagen a esa iglesia, aunque le hayan hecho un ‘upgrade’) y un tripulante que iba por la cara.

Dos días después de reabrir tardíamente el “fast track” de Barajas, menos mal que me habían informado, porque me encontré un fila inmensa gestionada por la Policía de los pasajeros que no tienen acceso al control de seguridad prioritario. Esto provocó que unos cuantos llegaran al embarque en el último momento, corriendo y jadeando, con la mascarilla quitada, lo cual tira por los suelos las medidas de distanciamiento y demoras que provocaba el control de seguridad. Algunos perdieron el vuelo. Otra cosa graciosa es la llegada a un aeropuerto español, en donde pregunta un agente de dónde viene el viajero para indicarte la senda de vuelos internacionales o domésticos (en los que nadie controla nada), pero nadie comprueba si dice la verdad.

Por culpa de los paneles informativos de AENA y de su “App”, que antes de la crisis funcionaba muy bien, perdí un vuelo de Iberia Express. Estaba en la sala VIP de AENA, que la tienen muy bien preparada para la vida moderna. Señalaba todo el tiempo una indicación de ir a la puerta y a los dos minutos que el vuelo estaba cerrado. Fui con la persona que me acompañaba (y que llevaba maleta facturada) raudo al embarque y efectivamente, perdí el avión, algo que creo que sólo me ha ocurrido dos o tres veces en mi vida. El equipaje no lo desembarcaron y viajamos en el siguiente sin mayores incidencias. No fue grave, ni mucho menos.

Javier TAIBO

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