No sé si estoy, viejo, con demasiadas cosas en la cabeza, retrasado mental, o combinación de todas ellas cosas.

No sé si estoy, viejo, con demasiadas cosas en la cabeza, retrasado mental, o combinación de todas ellas cosas. Me fui de Mallorca dejando el coche en el aeropuerto, ya que regresaba a los cinco días. Cuando estaba embarcado en el avión de vuelta hacia Baleares recordé que las llaves de ese vehículo las había dejado en una cartera que había dejado, a su vez, en el estacionamiento madrileño, sin posibilidad de reaccionar. Por circunstancias que no vienen a cuento, tenía que volver a la capital de España por la noche en la jornada siguiente, pero necesitaba retirar el coche del aparcamiento de Son Sant Joan. No me quedaba otra que ir y volver al día siguiente a Madrid, para retornar a Barajas a última hora.

Cuando me dirigía a la cena ya en la capital balear, alguien, mucho más avezado que yo, preguntó dónde tenía las llaves de mi casa palmesana: las había dejado dentro del automóvil en el aeropuerto de Palma. No me quedó otra que dormir en un hotel –algo que hacía decenios que no utilizaba en esa isla- levantándome a las cinco de la mañana para subir a un Ryanair –mucho han cambiado las cosas en esa aerolínea, con un enlace bastante decente y una experimentada y buenísima sobrecargo, que perfectamente podía ser una de una compañías clásica-, coger las llaves del coche en Madrid, regresar, comer, hacer varias cosas y volar de nuevo hacia mi residencia principal, adelantando por mi autoenfado a una línea anterior a la programada.

Sería injusto si no reconociera que Air Europa ha vuelto la mirada hacia los pasajeros de negocios y los que vuelan mucho y se nota. Ser “Platino” de su programa de viajeros frecuentes realmente fideliza, pues proporciona ventajas palpables. A sus tripulaciones se les ve, en general, bastante mejor preparadas, los polizones (enchufados de los comandantes eufemísticamente calificados como “extra crew”) se notan mucho menos que antes, el servicio en cortas y medias distancias está en el mejor nivel y el ‘catering’ en clase ejecutiva en los vuelos europeos sorprende por su presentación, frescura y calidad, con presencia cada vez menor de productos animales, sin que se echen de menos, algo que cada vez se generaliza más en el mundo, afortunadamente, como pude comprobar yendo a París y a Milán.

El retorno del aeropuerto Malpensa de la ciudad italiana fue con Easyjet, desde la destartalada vieja terminal, que dan ganas de no volver a utilizar, además de la ira que me produjo Avis por cargarme más de mil euros por un coche de la categoría más baja, por un supuesto daño en el cristal delantero, no cubierto por el seguro y del que no tengo ni la más mínima constancia. El empleado, en una vieja furgoneta, me dijo que no me podía facilitar la factura y que la enviaban por correo electrónico, sin tener el más mínimo aspecto de levantarse. A los nueve minutos recibo esa factura, lo cual tengo que pensar que es un fraude de la franquicia que se dedica a recoger los vehículos. Estoy litigando y en un 80 por ciento lo he recuperado a través de un seguro. Nunca más, Avis.

El poder político nos quiere imponer que a Madrid/Barajas le llamemos “Adolfo Suárez” y, desde hace poco, “Josep Tarradellas” a Barcelona/El Prat. Que los bauticen así, no me parece ni bien, ni mal. Pero detesto la aberración que hacen: si se busca en la “App” o en la “web” de Aena para tener información de vuelos, retrasos, estacionamientos, etc., en el orden alfabético para encontrar el aeropuerto que se busca, no encontrará al de la capital de España ni en la M (como corresponde a la primer alerta de la ciudad a la que sirve y si se practica en otras instalaciones), ni en la B del catalán, sino, respectivamente, en la A y en la J. Parece pensado por retrasados mentales y más cuando no conozco a una sola persona que los llame por esos apodos politizados, aunque de personalidades que respeto. Me figuro el extremo de un extranjero intentando entender la lógica de esto.

A Roma viajé en Alitalia, que no es tan mala como cabría presuponer por su precaria situación financiera y desmanes de gestión. Lo que es decadente es su sala VIP, muy alejada de donde normalmente salen los vuelos a Madrid, mal dotada, con pésimo servicio e incómoda. Una delicia es el control de pasaportes en Barajas, gracias al sistema de reconocimiento biométrico, que ha eliminado las colas, cuando menos de los ciudadanos de la Unión Europea. Y en la llegada han ampliado el horario, ya que hasta hace poco no se habilitaban esos aparatos hasta las 8 de la mañana y aterricé de América a las 5 de la madrugada y estaban operativos.

La que sigue siendo la mejor aerolínea transatlántica es Iberia, cuyas tripulaciones, con algunas excepciones, que hacen lo que pueden, pero no llegan al nivel, son muy buenas y el diseño del servicio excelente. Eso sí, la española y todas las aerolíneas siguen matando arbolitos y tirando el dinero entregando desde hace años un impreso de aduana para entrar en Argentina que no requieren las autoridades de ese país. Lo he dicho unas cuantas veces y siempre lo rechazo, pero lo siguen repartiendo.

JAVIER TAIBO

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