Fue alucinante el control biométrico de pasaportes…

Fue alucinante el control biométrico de pasaportes automatizado al que me sometí llegando de otro Continente en Amsterdam. Me escaneó la cara y el pasaporte dos veces, registrando en ambas un fallo, hasta el punto que tuve que comparecer ante dos agentes policiales femeninas simpatiquísimas, que me aclararon que yo era un caso extraño: en la foto (que no sé cómo consigue discriminarlo con su tamaño y resolución) tengo los ojos marroncillos y eran claros en el realizado por la máquina de la parte superior de mi cuerpo, peculiaridad que tengo en los meses de verano, cuando hay más luz y temperatura. Me aclararon que el sistema detecta la discrepancia.

Para realizar una verificación adicional me preguntaron en inglés la fecha de nacimiento y respondí que el 4 de agosto de 1975, en lugar de 1957, aunque rectifiqué rápido tras la metedura de pata. Se empezaron a reír y dijeron que tenía los parámetros para detenerme, pero que me dejarían entrar a Holanda mirando hacia otro lado. Y riéndose dirigieron sus ojos hacia otro lugar. Les dije que no me creía que fueran policías. De Schiphol a Madrid, un tripulante de cabina de pasajeros me recibió sin leer ningún papel ni PDA, sabiendo que debía llegar cansado de mi enlace intercontinental, lo cual quiere decir que había estudiado los datos que KLM le proporciona de sus pasajeros. Es increíble lo simpáticos, amables y profesionales que son los empleados de esa aerolínea.

Una de las más tristes noticias que he recibido como pasajero fue la cancelación de la ruta de Singapore entre Barcelona y São Paulo, como consecuencia de la crisis económica que vive Brasil y la derivada reducción de la demanda de billetes de avión. De hecho, en julio se produjo la última vez que disfruté del servicio en su maravillosa First Class. Viajé con ella bastantes veces, hasta el punto que me atendío una azafata que me conocía de otra ocasión y que definió que yo era un experto en el uso de palillos en lugar de cuchillo y tenedor en la comida. No creo que se lo diga a todos, porque en mis desplazamientos soy el único que los pide. Son una maravilla, con el extremo superior forrado en plata.

Pasillo por medio, un novato en esas lides (sin lugar a dudas un “upgrade”) invitó a un camarada a estar con él en su butacón, pues realmente caben dos personas. Pacientemente, mi conocida tripulante esperó el momento adecuado para sugerir que regresara a su plaza. Todo con delicadeza y armonía. Lo voy a echar de menos, porque para mí es el mejor estilo y servicio a bordo del mundo. Ojalá vuelvan a mirar a España para lanzarse a Latinoamérica, pues en São Paulo tenía su único destino.

Para volver de Barcelona a Madrid utilicé uno de los dos vuelos diarios que Air Europa ofrece diariamente en esa ruta, ambos con Airbus A330, de cara a hacer aporte de pasajeros a las líneas intercontinentales. Tengo que reconocer que la tripulación era muy buena, a lo que no acompañaba el pasaje en su clase Business. No iba nada lleno y resaltaban dos mujeres con aspecto de meretrices, una de ellas con su teléfono con sonido de llamada que decidió no responder varias veces, me figuro que porque no le convenía atender a clientes; y otros con bermudas, algo que detesto y sólo tolero en una playa. No era el caso.

AENA anunció a bombo y platillo la remodelación e inauguración de todas sus salas VIP en Madrid/Barajas. Tuve la mala suerte que un vuelo de Air Europa a Palma embarcaba en la zona C de la T2 y ahí descubrí que la existente en ese área ha desaparecido, la ubicada en la D estaba cerrada de nuevo para una remodelación más y en la B, donde una empleada de información del ente aeroportuario me indicó que había otra, estaba una vez pasada el control de pasaportes, con lo cual di un inútil paseo la jornada de mi cumpleaños. Se compensó en el regreso de Mallorca, cuando no encontraba la tarjeta que me permite el acceso a las salas VIP y la agente de recepción quería que pasara, considerando que era conocido y que no iba a privarme del disfrute. Finalmente la localicé.

Llevé a Zúrich a un pastor alemán para que empezara una nueva vida, pues en España tuvo mala suerte. Iberia se portó fabulosamente y es realmente la compañía de la que me fío para llevar a un animal vivo en bodega. Todo funcionó perfectamente. Contra lo que suele ocurrir en los aeropuertos españoles, en el suizo me lo entregaron justo antes que empezaran a salir las maletas de los otros viajeros. Salió de su jaula muy contento y me estaban esperando dos damas de una asociación gubernamental hel­vé­ti­ca de protección de perros.

Lo encontré nervioso y la explicación la tuve cuando en medio de la terminal del principal aeródromo de la limpia suiza hizo unas necesidades sólidas de calibre de rinoceronte. Fue ardua la tarea de dejarlo todo impoluto. Ahí descubrí que para internarlo lo importante es pagar un arancel, como si fuera una cosa, sin tener que demostrar yo qué hacía con el perro, pues en su pasaporte y papeles no se me mencionaba. Cincuenta euros por internar al animalito y nuevamente con la amabilidad de Iberia para apoyar a un cliente accedí hasta la salida del vuelo de vuelta a la sala VIP.

Octubre 2016
JAVIER TAIBO

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