Junio 2014

Llegué a Lima sólo para una cena, retornando tras terminar ésta a otra capital iberoamericana. En esas condiciones viajé de la forma que más me gusta y casi nunca consigo: nada en las manos. No deben estar acostumbrados en el aeropuerto “Jorge Chávez” de la capital peruana a pasajeros como yo, pues en la aduana se agarraron un gran mosqueo por que pretendiera entrar en el país con la ropa puesta, el reloj y lo que portaba en los bolsillos del pantalón vaquero. Me parece que incluso pensaron que no había recogido a propósito alguna maleta, pero como salía yo sólo y no estaba ninguna cinta en funcionamiento, se cortocircuitaron y musitaron que pasara, tragándose su extrañeza.

Sigo alucinado con las cosas de Lan. Tenía un vuelo de Lima a Santiago en A320, cuya clase máxima es la “Premium Economy” (equivalente a una ejecutiva de vuelos de cortas y medias distancias en Europa), pero había unos veinte minutos antes un 767 con ‘Premium Business’ (de vuelos intercontinentales, con butaca cama). Quise cambiar pagando la diferencia, para descansar un poco en ese desplazamiento nocturno. Imposible, según su personal, porque faltaban 45 minutos para la salida. Me figuro que el trabajo no les compensaba el que los accionistas de la empresa ganaran 600 euros.

Una semana más tarde tuve que regresar a Lima en otro A320 del grupo de matriz chilena. Ahí la tripulación auxiliar parecía nueva, ya que ni sabía que tenía que repartir las tarjetas de inmigración y confundía éstas con las de aduana. El que se les enmendará la plana lo tomaban como un ataque de los clientes y ofrecieron un pésimo servicio. Reitero que en Lan cuando todo funciona correctamente es una excelente aerolínea, pero sufrirá de éxito, porque se creen perfectos y cada vez hay más gente que protesta de sus fallos.

Volé nuevamente con Singapore, que, junto con Emirates, para mi es la mejor del mundo. En esta ocasión no pude acceder anticipadamente al asiento de First Class que me gusta y pregunté en el mostrador de facturación si estaba libre, con respuesta negativa. Haciendo honor a que pertenezco a su PPS Club de excelente cliente, cuando embarcaba se me acercó el mismo agente para comunicarme que habían hablado con el pasajero que ocupaba el 2F y le habían pedido que se cambiara. Una vez más me alucinan positivamente. Por supuesto, toda la tripulación estaba informada, ya que, pese a cambiar manuscritamente el asiento en la tarjeta de embarque, me llamaron permanente por mi apellido. En la terminal de São Paulo encontré inopinadamente a un gran amigo francés que viajaba a París.

El retorno falló, como siempre, por sus servicios en tierra en Guarulhos, que no son dignos del estándar de Singapore. No entiendo porqué no lo remedian. Cuando aterricé procedente de otro lugar de Sudamérica recibí un mensaje advirtiendo de un retraso de dos horas, lo cual impedía que conectara en Barcelona a Madrid en el vuelo que tenía previsto. Como compensación me ofrecieron una cena gratis en una cafetería al acceso de cualquier pasajero y acompañante, de las que es posiblemente utilizaba cuando iba a la universidad. Preferí ir a la atestada sala VIP de United que usa allí la asiática.

Guarulhos debe ser el pañuelo del mundo, ya que también me encontré a una buena amiga brasileña que iba también a Madrid, pero en Iberia. Ella salía del aseo de damas y yo llegaba a mi puerta de embarque y casi nos damos de bruces. En este caso no pudieron o quisieron cambiarme el asiento y viajé en uno de las parejas centrales. No fue grave, ya que el panel de separación abatible, hábilmente desplegado por una tripulante de cabina de pasajeros que percibía mis gustos, impidió que viera durante casi todo el vuelo a la cliente de al lado.

Al final estuvimos listos con una hora y media de retraso con respecto al horario previsto, pero la congestión de tráfico aéreo en São Paulo hizo que saliéramos con dos y cuarto de demora, poniendo en severo riesgo mi conexión al siguiente vuelo de Air Europa para la capital de España, al que una agencia de viajes me había cambiado. Singapore en el aire, tan excepcional como siempre y recuperamos minutos. En El Prat salí zumbando del avión, convencí a los guardias de seguridad del control de tránsito mediante correos electrónicos que conectaba allí, para que acceder por ese punto, sufrí un rápido control de pasaportes y en una pantalla vi que estaba en final el embarque de mi supuesto enlace, yendo a la puerta materialmente corriendo.

Efectivamente, llegué el último y el agente de Globalia me dijo que yo estaba en el siguiente vuelo (con las prisas no percibí en la pantalla que ese vuelo era el anterior, el que originalmente estaba previsto si el Singapore no hubiera tenido retraso), que estaba unos veinte minutos demorado, con lo cual embarqué en él tras un nuevo cambio y todo quedó en nada. Un record por mi parte de agilidad aeroportuaria. En vuelos domésticos y de mediano alcance mantengo que es más cómoda por asientos Air Europa que la competencia. Justo lo contrario de lo que ocurre en largas distancias, en las que no recomendaría la compañía de Pepe Hidalgo más que a un enemigo.

JAVIER TAIBO

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