Mejoran las perspectivas

Parece que nos encaminamos en una senda de buenas noticias, que contrastan positivamente frente a los pésimos augurios de los últimos años. El tráfico en los aeropuertos comienza a crecer, Iberia recupera rutas que abandonó en plena crisis, hay proyectos de nuevas aerolíneas –si bien es cierto que no acaban de consolidarse– y el consumo se recupera, como un síntoma claro de un esperado inicio de un nuevo contexto más halagüeño. Queda mucho por hacer, demasiado trabajo y en otras condiciones de aplicación y bastante tiempo para que volvamos a momentos de bonanza, pero hay que ser optimistas.

Lo preocupante es que se hayan desperdiciado, y se sigan desperdiciando, estos años de crisis sin organizar, planificar y preparar para el futuro el sector del transporte aéreo en España. Por ejemplo, la privatización de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) ha ido y venido en los planes de los gobiernos socialista y popular, parece que sin más criterio que hacer caja o concluir que era un mal momento para ello, más que por los beneficios o perjuicios derivados de la vertebración de la aviación comercial, que claramente tiene una proyección positiva para la economía de cualquier país.

Comprenderíamos que se privatizara, o no, en función de optimizar la gestión y los resultados, con una perspectiva de crecimiento de tráfico que contribuyera de forma netamente positiva a la economía nacional, pero no por el mero hecho de enajenar activos a cambio de dinero, mientras, además, se mantienen infraestructuras que nunca servirán para nada excesivamente útil, pero cuestan a las arcas públicas, aunque sea a las de AENA, millonarias cifras. Los aeropuertos no pueden ser objeto del juego político electoral o de las divergencias o afinidades entre las comunidades autónomas y entes locales y el Estado.

Un aeropuerto en Canarias no es lo mismo que otro en Galicia y dar entrada a la iniciativa privada y a las entidades de poder económico y social locales y regionales sin duda será positivo. Tampoco tiene mucha lógica que se favorezca a compañías extranjeras de bajos costes, cuando en España las hay y muy potentes y eficientes. Parece que, en este caso, se piensa que lo extranjero viste más, y no es así.

España necesita un libro blanco del transporte y del turismo, en donde se analice y se diseñe el futuro y los apoyos que se darán a estas herramientas vitales para la economía nacional, beneficiando a las iniciativas que contribuyan a cimentar la posición de este país en el mundo. La crisis destruyó una buena parte del entramado de aerolíneas españolas y dañó a las que quedaban y ahora se debe apoyarlas para que este sector resurja con fuerza. Una de las conclusiones de estos dramáticos años es que el charter, que desde los años sesenta fue vital, ha pasado a ser casi marginal y que el transporte regular en un marco liberado es el presente y el futuro.

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