Mi página: Febrero 2011

Estoy en mi hotel habitual en Santiago de Chile, a donde regresé tras retrasarse unas 22 horas el vuelo de Iberia en el que pretendía regresar a Madrid y en el que ya estaba embarcado, por un problema técnico. Retorné al alojamiento cuatro horas después de cuando tenía que haber despegado, a las dos de la tarde y nadie me dio de comer. Tengo el teléfono móvil roto desde que salí de España hacia Lima y todos los inconvenientes y gastos que estoy padeciendo nadie ha mostrado interés en reembolsármelos. Me gustaría escribir en este momento un libro que se llame el transporte aéreo y su progenitora dedicada a cobrar por hacer prácticas que permiten tener hijos si no se toman preocupaciones.

Y todo después de soportar al gracioso del comandante diciendo por megafonía que le iba a salir mal contar los problemas que había en inglés y que el avión es muy listo y que les decía que teníamos una avería.

Me obsequiaron con un cupón para cenar por cuenta de Iberia en el mismo restaurante de la piscina que utilizo con asiduidad, pero una horda de centenares de pasajeros hacía cola para que les dieran lo que había negociado la aerolínea, sin distinción de clase, raza o condición, por lo que decidí hacerlo por mi cuenta… Otra más en el activo de mi amargo enojo, agravado porque estoy a miles de kilómetros de mi país y con un resfriado que me tienta a ir a un hospital para que me hagan una transfusión de moco. Y, por supuesto, la conexión a Internet que utilizo, prácticamente mi mayor nexo en estos días con el mundo, es de pago… mío.

En Lima me robaron por primera vez en la vida un frasquito de efluvios aromáticos, afortunadamente bastante consumido, porque, según la estúpida de la agente de seguridad de turno, los 10 ml. que restaban ponían en peligro la seguridad, pese a haber pateado lleno el mundo sin problemas. El jefe de escala de cierta compañía aérea me dijo que todos los empleados del gestor privatizado de la instalación están cortados con el mismo patrón de estupidez. Los destrozos que les he producido para compensar, por vía inmaculadamente lícita, les deben suponer como mil veces el valor de lo que tiraron al cubo de la basura, que se diferencia de esos funcionarios en el cubo, que laceran la imagen del Perú, país con sus hábitos, costumbres y modales.

Lo que sí es bueno –o normal y antes era malo– es que ya el transportista recauda la tasa aeroportuaria y no hay que abonarla en las ventanillas que hay habilitadas al efecto antes del presunto control de seguridad. Después, con el enfado que circulaba por mis venas, soporté a un agente de control de pasajeros que aprendía siguiendo las indicaciones de su instructora. El pelagatos, con mi pasaporte, la tarjeta de embarque y el impreso de inmigración en la mano hizo durante cinco minutos dubitativas y ridículas preguntas, como de qué nacionalidad era, cuándo había llegado al país y a donde volaba.

Algún día me detendrán, porque a la tercera le pregunté si no sabía leer o sencillamente no tenía ni idea de a qué jugaba. Temblorosamente, al cabo de un rato me devolvió la documentación y me deseó buen viaje, a lo que le repliqué que era difícil si no me entregaba también la tarjeta de embarque. En la Premium Economy, que es la noble de los Airbus A319 de LAN Perú y sensiblemente mejor que cualquier clase ejecutiva de vuelos intraeuropeos, había doce butacas totalmente ocupadas y el sobrecargo dio, uno a uno, una bienvenida personal a sólo tres de los clientes.
Le pregunté porqué hacía eso con el 25 por ciento de sus pasajeros y me dijo que recibían una lista de Santiago con los que tenían que actuar de tal manera, sin tener él ni la más remota idea de qué criterios usaban, aunque no era por la categoría de la tarjeta de viajero frecuente del grupo chileno, de la que por cierto soy del nivel Zafiro, es decir, alto. De hecho, si tengo algún hijo –más bien ya nieto– le voy a llamar así, o Eutanasio; y si es niña, Adulteria. Le manifesté mi opinión sobre que quedaba espantoso de cara a los otros nueve viajeros y me reconoció que opinaba lo mismo y que así lo iba a hacer constar en su parte de vuelo.

Reconozco que demostró ser un excelente profesional, intentando recuperar mi percepción positiva sobre la calidad del servicio de esa aerolínea. Incluso al no engullir el bombón arequipeño que acompañaba al café, insistió –y consiguió, pese a que yo ya soy muy dulce– en que lo probara, que era buenísimo y que el había comprado una caja hacia poco en esa ciudad meridional y que eran carísimos (citó incluso el precio). La verdad es que sí estaba bueno, sí.

A quien tengo que felicitar sin paliativos es a la gente de Atención al Cliente de Iberia, Iberia Plus Platino y al personal de su Sala VIP de la Terminal T4S de Madrid/Barajas, que permitió que solventara, con matrícula “cum laude”, una incidencia que tenía con siete colegas en el aeropuerto, sin tener obligación ni necesidad de ello. Pocas aerolíneas tienen esa capacidad de reacción personalizada ante sus buenos clientes como la española y es justo reconocerlo.

JAVIER TAIBO

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