Por lo menos una ida y vuelta en el día a Córdoba se produjo con normalidad, pero no así mi desplazamiento a Lima desde el Aeroparque “Jorge Newbery” metropolitano de la capital argentina, que por una tormenta con aparato eléctrico hizo que el A320 de Latam saliera una hora tarde.
Simultáneamente, Iberia comunicó por correo electrónico que el vuelo del día siguiente de Perú a Madrid, casi por la noche, cambiaba su horario a cuatro horas después. Afortunadamente, lo pude cambiar al del mediodía y no perder en España cosas apetecibles, pasando mi cena en Lima a desayuno y el almuerzo de ese día a cena el anterior. Más ágil no puedo ser.
Del Santiago-Lima tardaré tiempo en olvidarme, pues todavía tengo rastros de uñas clavadas en mi brazo por un turbulento despegue de la bella pasajera que tenía en el asiento continuo con manifiesto miedo a volar y que, en lugar de cambiarse al lado de una compañera de trabajo, confió en que sería más llevadero hablar con un experimentado pasajero al que, nunca mejor dicho, agarrarse.
Para regresar a Madrid, disfruté de la maravillosa y muy bien dotada de “catering” sala VIP “Signature” de Latam, algo depreciada porque un empleado manipulaba alimentos de los mostradores con la mano y no puede evitar mencionarlo a una supervisora, que se prodigó en disculpas.
A los pocos días fui a Tenerife y regresé en el mismo día en Air Europa, sumando más de 5 horas de vuelo, algo francamente cansador, sobre todo al regreso, cuando lo de una hora más en la Península se nota en el ánimo y en la mente.
Con las cansinas campañas de las llamadas políticas de género, me sorprende que no hayan atacado a esa aerolínea, porque los pasajeros, cuando tienen que seleccionar su localidad de residencia, leen San Cruz de Tenerife, en lugar de Santa.
También en la compañía mallorquina tuve la grata sorpresa de que mi vuelo se cancelara a Palma de Mallorca y me metieran en otro que, retrasado un poco, se programó para 20 minutos antes y en la práctica despegó a la hora prevista de mi billete original. Y digo grata porque lo que creo que ocurrió es que unieron el pasaje de dos aviones en un Boeing 787, que en Business es inmensamente más cómodo que en el 737 que estaba programado.
Si en los tres últimos meses había ido muy poco a la capital balear, entre el 14 y el 25 de febrero lo hice cuatro veces, sufriendo las interminables e incómodas obras de remodelación de la terminal del aeropuerto de Son Sant Joan, que espero que sean para muy bien, pero dudo que estén terminadas antes del inicio virtual de la temporada alta, que suele coincidir con la Semana Santa.
El último de los desplazamientos fue especialmente caro, como si de julio o agosto se tratara, lo cual está dinamizado por ir los vuelos a reventar. En el último de los saltos tuvieron que forzar una plaza, haciendo uso de mi privilegio de la categoría “Infinita Prime” del programa de viajeros frecuentes Iberia “Club”.
Iberia Express y Air Europa han de ser más rigurosas y controladoras con el tratamiento de los polizones, los mal llamados “extra crew”, que sus comandantes autorizan a viajar sin billete porque tienen una licencia de vuelo y que ya es como el ejército de Pancho Villa, pareciendo en ocasiones que tienen más importancia que los pasajeros de pago, y que no embarcan con la discreción que, ante esa irregularidad, sería exigible y en ocasiones incumpliendo las normas de seguridad del transporte aéreo, devolviéndonos a situaciones propias del siglo pasado que no deberían repetirse. Un día va a producirse un disgusto y “pagará el pato” la aerolínea que les da de comer.
Y regresé a América, otra vez a Santiago de Chile, haciéndome engordar Iberia. Su “catering” en Madrid, Do&Co, dota tanto a sus salas VIP como a los vuelos que parten de la capital y está tan bueno que para mí es inevitable ponerme como una foca, primero en la terminal y luego a bordo, donde estuve mimado por una tripulación especialmente buena, que hizo que las trece horas de vuelo se pasaran, nunca mejor dicho, volando. Un punto diferenciador es que el comandante, con el Airbus A350-900 todavía en el estacionamiento, salió de su cabina a saludar uno por uno a todos los pasajeros de Clase Business y a mí en concreto, personalizadamente, con mi apellido.
Este sencillo acto produce una percepción de magnífica calidad y calidez para la compañía, por lo que a ese profesional, que me confirmó el sobrecargo que lo suele hacer siempre, es para que le feliciten y así se lo he pedido a Iberia.
Este viaje quedó deslucido al final, pero no por culpa del transportista, porque en el control de pasaportes en el aeropuerto “Arturo Merino Benítez” había una cola de unos 400 pasajeros, que fue relativamente fluida y amenicé trabajando con mi teléfono móvil. Después de inmigración, un divertido perro labrador de detección de alimentos y vegetales se emocionó con una de mis piernas, pero no porque detectara sustancias que no está permitido introducirlas en el país andino, sino porque olía a muchos perros. Su guía sonrió indicándome que prosiguiera.


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