En enero he aprendido a valorar los billetes sin restricciones para cambios y que permiten rembolsos…

Ilustración generada con IA.
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El pésimo estado físico que padecí en mi último vuelo de 2025, aterrizando de América en Madrid el día de Nochebuena, impidió que volviera a subir a un avión hasta 24 días más tarde, para mí todo un récord negativo, desplazándome a Mallorca, para no variar. En enero he aprendido a valorar los billetes sin restricciones para cambios y que permiten reembolsos, porque he tenido que perder nueve segmentos ese mes, aunque por diferentes circunstancias. 

En esa primera ida a Palma, de un sábado a última hora para retornar el lunes por la noche, tuve que comprar, aunque francamente barato, otro para el domingo a primera hora, pues me había olvidado de un almuerzo en Madrid, rentabilizado más porque surgió una comida no prevista importante el lunes.

El jueves siguiente tenía que ir ida y vuelta a Sevilla, desplazándome desde allí en vehículo alquilado a Palos de la Frontera para asistir a los actos que conmemoraban los cien años del vuelo del “Plus Ultra”, un hidroavión Dornier “Wal” que realizó el primer periplo transoceánico de una aeronave sola, un hito real en la historia de la humanidad, que partió del mismo lugar que las carabelas de Cristóbal Colón. Al día siguiente, el plan era ir con tres extranjeros a que conocieran Mallorca. Lamentablemente, el 18 de enero se produjo el horrible accidente de tren de Adamuz, con las sabidas consecuencias que perdurarán mucho tiempo y cuyos 46 fallecidos se recordarán siempre.

Como no podía ser de otra manera, las celebraciones de Palos de la Frontera se suspendieron debido al luto nacional, cancelando los invitados extranjeros su venida a España. Los vuelos a Sevilla y a Palma estaban adquiridos a Iberia, que no puso el más mínimo problema para reembolsarlos. No puedo entender la pequeña campaña que alguien montó en redes sociales con falsas noticias de que había subido brutalmente los precios de sus vuelos entre Madrid y Sevilla y Málaga, algo radicalmente alejado de la verdad. El refrán que reza “piensa mal y acetarás” es, como todos, sabio.

La nota disonante fue de la empresa de alquiler de coches que había contratado para recogerlo en el aeropuerto de San Pablo. Los días anteriores intenté inútilmente anularlo a través de su “web” y de su “App”, pero daba siempre error. Asumí que los escasos 35 euros los daba por perdidos, pero el mismo 22 de enero recibí un sorprendente y enojante SMS un cargo en la tarjeta de crédito de 211 euros de ese proveedor de servicios, pese a no haberme presentado y tener libre un demandado vehículo por el desastre del accidente. Les llamé por teléfono y me dieron una serie de explicaciones y dijeron que harían el rembolso, algo que por el momento no ha ocurrido.

Al día siguiente de tener que regresar del cancelado viaje a Palma, acudí a una reunión a Toulouse, lugar que hacía siglos que no pisaba. La sorpresa es que, frente a lo que recordaba de hace años, hay poquísimos vuelos, operados por CRJ1000 de Iberia Regional Air Nostrum. Desde hace tiempo, la pequeña y regional terminal de antaño ha ido creciendo hasta alcanzar un considerable tamaño. La sala VIP está en el mismo lugar, pero en su planta superior se ha duplicado en tamaño. El “catering” sigue siendo deleznable y no es cómoda, pero es lo que hay.

Ese accidentado mes fue aciago en mis viajes, pero representaron meras anécdotas intrascendentes frente al desastre de los dos trenes. El 28 de enero retornaba a América y la jornada comenzó temprano, todavía de noche, cuando con un vendaval de viento y fuerte lluvia tuve que cargar en la provincia de Madrid a tres perros con diferentes patologías para que los cuidaran en mi ausencia. Cuando lo conseguí, rodé hacia la capital y en el camino hacia el pueblo cercano, me sorprendió una copiosa nevada que rápidamente cuajó en el suelo. Afortunadamente, paré para tomar un café con churros, pues allí me di cuenta de que me había dejado la cartera en casa y tuve que regresar. Cuando salí de la churrería, mi coche ya estaba con una buena capa de nieve.

Emprendí con mucho cuidado el camino a Madrid (si me hubiera dado cuenta en la capital de lo de la cartera, hubiera perdido el vuelo), donde llegué, tras dejar los canes, más tarde de lo previsto y tenía que hacer la maleta y tomé la acertada decisión de llevar sólo equipaje de mano. Tardé 12 minutos desde que me bajé del vehículo en Barajas hasta que llegué a la sala VIP de la terminal T4S. Al final, entre retrasos de embarque, tráfico aéreo y desengelamiento de superficies del A350-900 de Iberia, salimos con dos horas de retraso y perdí la breve reunión que tenía por la noche en Santiago.

El 29 de enero viajé en un A321 de Latam a Montevideo a primera hora de la mañana, para asistir a todos los actos del centenario de la llegada a Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires, para lo cual el Ejército del Aire y del Espacio desplazó en 2 A400M a la Patrulla acrobática “Aspa” de helicópteros H120 “Colibri” en una costanera de la capital uruguaya repleta de público, que se celebró el 1 de febrero. El día anterior tenía que volar ida y vuelta a Asunción a almorzar, pero muy pocas horas antes Paranair canceló el vuelo de ida por avería y reprogramó el retorno para 8 horas después. Opté por cancelar. Después de todos estos avatares, el moverme a la capital argentina en la primera clase del “ferry” de Buquebus sonó como una invitación al relax.

Por Javier Taibo.


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