Volé entre Lima e Iquitos en la presunta “Premium Economy” de LATAM

Volé entre Lima e Iquitos en la presunta “Premium Economy” de LATAM. La facturación se hace en la cueva que tienen en la terminal del aeropuerto “Jorge Chávez”; no existe control prioritario de seguridad; ni sala VIP (aunque por mis medios utilicé una privada, que es más cutre que un Seat 600 con “spoilers” y, además, por COVID es autoservicio, con el pequeño detalle que la máquina de café está orientada hacia los empleados y hay que ser un poco contorsionista); ni servicio a bordo de algún tipo (ni agua, ni palabras cariñosas)… Es decir, que tiene mucho de “Economy” y casi nada de “Premium”: lo único el asiento central libre. La propaganda que hace a bordo la aerolínea sobre esa nueva clase debía precisar que en lo único que consiste es que nadie se va a sentar en el medio… o sí. Muy LATAM.

Más divertida es la sala VIP del aeropuerto de Iquitos, atendida por el mismo que vende chicles en la pequeña tienda multiproductos deleznables de la terminal, al que hay que ir a avisar para poder acceder. Da repelús incluso pedirle un refresco y los “snacks” prefabricados daban más pena que asco. Toda una experiencia de humildad no VIP. Allí descubrí que los mayores de sesenta años tenemos prioridad de embarque, igual que los padres con bebés. Como volaba en el timo de “Premium Economy”, tenía ese privilegio por todos los lados, con lo cual embarqué el primero. Despegamos de puro milagro, pues Iquitos estaba siendo alcanzado por una de esas tormentas que paralizan el tráfico y, de hecho, estuvimos detenidos como 5 min. en la cabecera de pista.

Frente a lo que practica la inmensa mayoría de la gente, siempre presto atención a la demostración de las medidas de seguridad de los tripulantes de cabina de pasajeros antes de emprender el vuelo. Observé hace decenios que lo hacía el difunto presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, que se desplazaba a Mallorca de descanso en línea regular (no le han seguido muchos en esa costumbre) y metabolicé que no hacerlo era una falta de respeto hacia esos profesionales. Si se presta, cuando terminan suelo dar las gracias. En un Palma-Madrid de Air Europa, ya en el aire, la sobrecargo me dijo que era la primera vez en doce años que se lo agradecían. Le sugerí que cambiara de pasaje.

Chile es el país más complicado de viajar que conozco contra el COVID. Requieren validar previamente los certificados de vacunas; un certificado de seguro que cubra 40.000 dólares de gastos sanitarios allí, PCR negativa con un máximo de 72 horas de antelación, rellenar el formulario C19, someterse a otro PCR a la llegada (eso sí, gratuito) y permanecer en la habitación del hotel hasta tener otro resultado negativo, que habilitará el pase de movilidad que previamente se habrá tramitado por Internet.

Me empezó a dar la neura, porque quise hacerme 4 h. antes de mi salida la PCR en su cara fórmula rápida, con lo cual no pude tramitar el C19 hasta tener el documento acreditativo y si se caía Internet o me quedaba sin batería, no cumpliría los requisitos que exigen para embarcar. Finalmente, todo salió bien, pero me encontré a la llegada una formidable cola para acceder a los mostradores de verificación de documentos sanitarios y otra para hacerme la PCR. Pese a eso, sólo tardé 45 minutos en la terminal, pues cuando llegué a la zona de recogida equipajes todas las maletas de mi vuelo ya habían salido. Una hora justo después del aterrizaje entraba en el hotel.

Abandoné Santiago hacia Buenos Aires el día que se inauguraba oficialmente la nueva y monumental terminal del aeropuerto chileno, que nunca me imaginé hace cuarenta años que iba a alcanzar esta dimensión. Cuando fui por primera vez era un barracón con dos puestos de control de pasaportes y dos salas de embarque. Hubiera parecido ciencia-ficción. Utilicé una sala VIP en uno de los nuevos espigones, que era como un “snack bar” para jóvenes en una barriada popular de Madrid y en la que uno tenía que servirse bebidas y alimentos y llevar luego los restos a un “trolley”, aspectos que me excitan mucho. Es decir, que me ponen de los nervios.

Del Aeroparque “Jorge Newbery” de la capital argentina fui al día siguiente a Montevideo en el único vuelo que había en ese domingo, cuando antaño existía un puente aéreo entre ambas ciudades. Sin “fast track” de seguridad, ni sala VIP, ni servicio a bordo (el vuelo es de media hora), por lo menos en el Embraer 190 pude disfrutar del gran butacón de su “Premium Economy”, dispuesta confortablemente en filas de tres asientos. En Uruguay es una delicia su rápida comprobación con un código QR que cumplía con todos los requisitos de entrada y que sus quioscos automatizados verifican los pasaportes españoles, con lo cual, al margen de que salí el primero a la preciosa terminal, en un momento estaba en la cinta de entrega de equipajes, por donde soltaron mi maleta al poco de llegar.

En su día fui muy crítico, no porque bautizaran el aeropuerto de Madrid/Barajas con el merecido nombre de Adolfo Suárez, sino que Aena intentara imponer a pasajeros y compañías aéreas la utilización de esa denominación, hasta el punto que en su “App” para buscar esa instalación hay que encontrarla en la “A” y no en la “M”, lo cual es una aberración y más todavía cuando muchos años después no conozco a nadie, ni conozco a nadie que conozca a alguien que llame al aeropuerto como “Adolfo Suárez”. Ni uno, con lo cual fui premonitorio cuando hicieron esa estupidez. Creo que ha llegado el momento que Aena asuma que aerolíneas y pasajeros lo sigan llamando Barajas o aeropuerto de Madrid y se dejen de estupideces de “marketing” político.

Javier TAIBO

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