El requerimiento de someterse a una prueba PCR como máximo 72 horas antes de la salida ha caído en picado

El requerimiento de someterse a una prueba PCR como máximo 72 horas antes de la salida ha caído en picado, hasta el punto que supongo en que todos los concesionarios que hay por el mundo para ofrecer esos servicios tienen un plan de negocio alternativo. La mayor muestra de ello es la reducción de exigencias para entrar en Chile, que fue desde el inicio de la pandemia para mí el país más complicado para entrar, además que ha estado muchos meses con sus fronteras cerradas. De tener que validar -proceso que podía durar semanas- las vacunas, una PCR antes de salir y otra a la llegada, un seguro que cubra al menos 30.000 dólares de asistencia sanitaria por COVID-19 y un formulario, ahora sólo pide estos dos últimos y el PCR a la llegada es aleatorio.

Escribo estas líneas el 2 de mayo en Santa Cruz de la Sierra, ciudad boliviana fundada por canarios y país que ya es el único que pide una PCR realizada antes de la llegada de los que voy a visitar. De aquí me traslado a Perú, Chile, Uruguay y Argentina (en donde pasaré por los aeropuertos de Ezeiza y Aeroparque de la capital y Salta), desde donde regresaré a Bolivia para retornar a España, periplo de diez días en el que hago los saltos intercontinentales en 787 de Air Europa y utilizaré Boliviana de Aviación, LATAM y Aerolíneas Argentinas.

Mi desembarco en la región ha sido más sencillo que lo que pronosticaba, pues me pidieron el resultado de la PCR, el certificado de vacunación y el de aduanas, pero no la declaración jurada y pasé los controles sanitario, de inmigración y maletas (que me entregaron al poco de llegar a la cinta) muy rápidamente. En el último mes y medio había hecho ya dos desplazamientos intercontinentales. En el primero sufrí la cueva del aeropuerto de Lima donde LATAM maltrata a sus mejores clientes, en la que no dejan entrar con el carrito el equipaje y yo llevaba cinco bultos pesados. Parecí un maletero de estación española de tren de los años cincuenta.

A bordo del 787 que me llevó a Santiago de la aerolínea chilena disfruté de su nuevo video de seguridad, el mejor que he visto nunca, muy ameno y estupendamente bien hecho, en el que no sólo instruye sobre las medidas al respecto, sino que es un magnífico instrumento de promoción de destinos y de los pueblos a los que vuela. Le llegada fue a la nueva terminal de esa capital, ya plenamente en funcionamiento. El control del Servicio Agrícola y Ganadero y el de aduanas se hace a través de escáneres antes de la entrega del equipaje. Lamentablemente, pese a estar etiquetado como prioritario, el mío salió de los últimos.

Todavía no estaban habilitadas las nuevas salas VIP de salidas y había sólo una pequeña, mala y ridícula de una empresa independiente, en la cual incluso obligan a recoger los restos de lo consumido. De hecho, las dos siguientes veces que he estado allí preferí utilizar una cafetería. Más patética es la colombiana Avianca, que es tan cutre que ni en Barajas ni en Santiago de Chile paga para sus clientes de clase ejecutiva el “fast track” de control de seguridad, ni sala VIP. El vuelo de ida a Bogotá fue en A330 con asientos del año de la polca y un sistema de entretenimiento a bordo viejo y, en mi caso, que no funcionaba.

Afortunadamente, la clase noble iba relativamente vacía, con lo cual viajé algo mejor y comí un “catering” al estilo de compañía charter de los años ochenta. Deduzco por la obesidad que la mayoría de sus tripulantes de cabina de pasajeros femeninos se deben alimentar de otras fuentes. Lo más decente es un bocadillo caliente de jamón serrano y queso que dan antes de la llegada a Bogotá, en cuyo aeropuerto la sala VIP de Avianca no la han tocado desde hace muchos años. Es más simpático un habitáculo informal que hay para los mejores titulares de American Express en la zona de embarque.

De allí fui a Chile en un A320 de la misma compañía con una moderna butaca de clase ejecutiva y pantalla de entretenimiento individual, que proporciona una experiencia bastante positiva. Pero no hay cortina de separación con la clase turista, el aseo delantero lo utiliza cualquiera y la tripulación auxiliar entrega al principio una caja que contiene agua, unas galletas de mala fama, un sobre de ‘chuches’ y un rollo salado de no sé qué y ofrecen una bebida y se olvidan del pasaje el resto de un largo vuelo de cinco horas. De igual forma se da en el regreso. El desembarque lo hacen por motivos del COVID-19 por filas, pero de forma absurda primero los del lado derecho y luego los del izquierdo.

Con la bajada de equipaje de los maleteros se arma un lío impresionante, mezclándose después todo el mundo en una jardinera abarrotada para ir a la terminal, que recorrió tal distancia que parecía que dábamos vueltas en el mismo sitio. El Bogotá-Madrid fue en los cómodos asientos de un 787, pero en el mío no funcionaba el sonido del sistema de entretenimiento. Habilitaron la única butaca libre para que viera películas. Todo ello después de un embarque espantoso con personal desagradable, que me pidió dos veces el pasaporte en un espacio de medio metro y un lapso de 30 segundos. De cena deleité una hamburguesa con patatas que hacía mucho que estuvieron en la cocina industrial y el desayuno en una compañía en Afganistán seguro que es mejor.

Javier TAIBO

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