LATAM sigue sin estar entre mis favoritas, si bien gana premios a la mejor en la región

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LATAM sigue sin estar entre mis favoritas, si bien gana premios a la mejor en la región, lo cual da pie a pensar cómo es el resto. Volé con ellos en su clase ejecutiva entre Lima y Santiago, tras pasar por la mal dotada de “catering” sala VIP del aeropuerto de la capital peruana. 

En un enlace de tres horas y media en “Business” de A320, ni hay armario para colgar la chaqueta, la cena fue francamente deficiente, obligan a la estupidez de utilizar doble mascarilla por disposiciones del país de origen (algo que no he visto en ningún otro lugar y que no he escuchado a autoridades sanitarias hablar de sus bondades) y al pasaje parece como si le hubieran obligado a ir en esa clase de servicio. La llegada a Chile fue confortable, debido a las altas horas de la madrugada, con poco pasaje y con un gran relajamiento de sus controles sanitarios, que hasta hace poco eran muy complicados. El someterse a PCR era por sorteo y no me tocó.

Fui a Palma en un vuelo algo más tarde de las diez de la noche. No funcionaba el “fast track” y sólo tenían habilitada una línea de control de seguridad. No había ni un solo pasajero, pero sí esas separaciones serpenteantes que hacen multiplicar por veinte la distancia entre la entrada y el escáner, concebida para ordenar las grandes colas cuando hay muchos pasajeros. Por supuesto, muy español, los tres agentes privados de seguridad que estaban discutiendo temas personales a la entrada del acceso no lo iban a interrumpir para no hacer la vida fácil a los clientes. Entendí que en el último concurso de contrata de filtros de seguridad de Aena se ponía énfasis en la calidad de cara a los viajeros. Pues no es así.

Lo que sigue siendo muy bueno es el programa de viajeros frecuentes “Suma” de Air Europa en su categoría “Platino”, posiblemente el mejor de las aerolíneas europeas. Entre otras cosas, suelen permitir el cambio de vuelos en el mismo día sin coste, siempre y cuando haya plazas libres. Es por lo que en los vuelos de cortas y medias distancias en el Viejo Continente suelo comprar el billete a esa compañía con sede en Mallorca, donde pasé satisfactoriamente la ITV a un vehículo, me fui al aeropuerto, adelanté el vuelo al anterior, me dirigí a mi residencia de Madrid, me cambiaron la batería de otro automóvil y a las diez y media de la mañana estaba ya disponible para cualquier actividad.

Hay algo que no entiendo de las medidas de ahorro energético, que parece que no afectan a los aeropuertos públicos españoles. Están iluminados todo el día como si el sol estuviera dentro de los edificios y los estúpidos pasillos móviles están en funcionamiento permanente, no sólo cuando hay un pasajero utilizándolos, para el que sería muy sano caminar sin usar esos sistemas mecánicos. Y si tiene dificultades para andar hay un servicio específico para atenderle, el de PMR (Pasajero de Movilidad Reducida). Eso sí, protestamos de la factura de la luz en casa y de las tasas que hay que pagar por todo esto.

Es una delicia volar a Londres en uno de los dos vuelos que hay al día operados por A330 y A350, con la inmensa comodidad que ofrecen sus asientos convertibles en cama de la cabina de “Business” y más todavía con el nuevo “catering”. De segundo plato pedí un muy apetecible arroz de verduras. Viajé justo cuando se realizaban los funerales, velatorio y entierro de tía “Lilibeth” y a todo el mundo le dije que iba a ello. La sobrecargo del vuelo de ida, que me conocía de alguna otra ocasión, me dio un sentido pésame y tuve que contener mi gélida y conocida expresión facial.

Una vez más llegué a la inefable Terminal 3 de Heathrow, que ha acogido por desgracia a Iberia provisionalmente, mientras se solucionan los problemas de falta de personal en la T5, que es la más moderna y utiliza básicamente British Airways. Los menos de 50 km. que hay que recorrer a pie desde el desembarque de la posición de estacionamiento de grandes aviones hasta el control de pasaporte sirvieron para que el cereal más producido del mundo fuera digerido de mejor forma. La zona de espera estaba, para no variar, abarrotada de asiáticos, africanos, musulmanes y no sé qué más, hasta el punto que casi el único que tenía aires al estilo del primo Charles era yo.

Para el retorno, afortunadamente, ese edificio estaba bastante más descongestionado, permitiendo desgraciadamente disfrutar de la nada satisfactoria sala VIP de British denominada “Club”, porque la inútil de recepción de la de “First” me dijo que no tenía derecho a ello, cuando si podía, por tener la categoría “Emerald” en Iberia. El espacio aéreo de Londres habían dicho que se cerraba a la 11:00 para no hacer ruido en la despedida de tía Lilibeth y mi salida estaba programa para las 10:50. La tripulación de Iberia hizo realmente todo lo posible para que lo consiguiéramos y para mí era vital, pues tenía una conexión complicada en Madrid desde otra terminal. El soporte en tierra no ayudó mucho, pero al final nos autorizaron y despegamos a las 11:20. Nuevamente fue un vuelo muy bueno en A330.

Yendo de Palma a Madrid en un asiento de salida de emergencia en pasillo de Air Europa, estaba rodeado de alguien con aspecto de piloto de la compañía vestido de paisano y su familia. Los tripulantes deberían de abandonar esas nefastas costumbres de tratar a los colegas con mucha más deferencia que a los pasajeros de pago, como yo, que deberíamos ser los importantes, y más siendo de la categoría “Platino” de su programa de viajeros frecuentes, y no estarles mimando a ellos y ofreciéndoles de todo delante de nuestras narices.

Javier TAIBO


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