He reiniciado los periplos a Iberoamérica yendo a varios países en el mismo viaje

He reiniciado los periplos a Iberoamérica yendo a varios países en el mismo viaje y tengo que reconocer que no es fácil en tiempos de COVID-19 y genera incertidumbres, que no todo el mundo se atrevería a tratar de sortear, bajo la idea que si tenía algún problema insalvable para volar (que no para entrar, pues la tabla es lo que considera la aerolínea como bueno o no para embarcar), que cortaba el periplo y regresaba a Madrid. Y eso en tiempos en que los requisitos son cambiantes y hay que observarlos asiduamente. Con una diferencia de poco más de dos semanas regresé al subcontinente, desplazándome a Perú y continuando a Uruguay, Argentina y Chile.

Ir a Lima era más fácil que tres semanas antes, pues a los europeos con certificado de vacuna (que se incluye en el formulario correspondiente) nos han quitado el requisito de aportar un PCR en origen. Tras un vuelo delicioso en A330-200 de Iberia, desembarqué el primero y llegué como tal a los controles sanitario, de pasaportes y de aduana, pues mi maleta salió la primera. Y el insoportable tráfico de Lima esa tarde estaba relativamente fluido, por lo cual llegué al mejor hotel de esa ciudad, el Westin, donde me siento como en casa, con tiempo para una cena importante.

Un par de días más tarde hacía un incómodo vuelo nocturno (queda mucho para recuperar las frecuencias de antes de la pandemia) a Montevideo en LATAM, que va a recibir el premio a los mayores caraduras del sector, pues intenté utilizar un bono de unos mil dólares que me quedaba de la cancelación de un enlace de marzo de 2020 por COVID-19 y me lo rechazó. Tras 45 minutos de espera para hablar con ellos, me dijeron primero que ya lo había utilizado (sólo 250 de los 1.250 dólares) y al negarlo, respondió la agente que no lo había revalidado (primera noticia) y que procedían a hacerlo, diciendo que tardarían unos diez días (nunca me ha llegado), por lo que compré un billete en su “Premium Economy”, muy mediocre y agotadora para llegar a las 05:00.

El formulario uruguayo para entrar al país tiene un problema, reconocido por ellos por teléfono desde Madrid y a mi llegada a su capital, y es que hay que subir en Internet el permiso especial para viajar del Ministerio del Interior, que requerían antes de que se abrieran sus fronteras y que ya no es necesario y, por tanto, no poseía. Como no dejaba avanzar para completarlo, se me ocurrió subir cualquier documento y, sorprendentemente me lo aceptó, emitiendo el necesario código de barras. Previamente, en el aeropuerto de Madrid, me había hecho un nuevo y caro PCR rápido, que permite tener los resultados en media hora y me serviría para entrar en Uruguay.

Salí el primero y llegué como tal a la zona de control de pasaportes del precioso y funcional aeropuerto de Carrasco, donde controlaron que ese QR era válido e hice inmigración en uno de sus quioscos automatizados, que valida los datos de los pasaportes de la UE. Otra vez salió mi maleta rápidamente y traspasé la aduana sin gente. A primera hora de la mañana me sometí a una PCR más para desplazarme a Argentina y Chile, cuyo resultado recibí 9 horas después con un certificado que podía haber hecho un niño de cuatro años. Llamé al laboratorio para que, cuando menos, me enviaran una carta que reflejara la hora y metodología empleada, pues no me daba mucha tranquilidad.

Como todavía hay pocos vuelos, mi opción fue ir en “ferry” a Buenos Aires. La agente de control de pasaportes del puerto de Montevideo no entendía que el mío no tuviera el sello de entrada, por mucho que le dije tres veces que entré a través de un quiosco automatizado que no sella el documento. Cada vez que se lo repetía volvía a mirar todas las hojas. El barco era muy cómodo y la llegada horrible entre el desembarque, inmigración y entrega tardía de la maldita maleta. Al día siguiente tocaba volar desde el Aeroparque “Jorge Newbery” metropolitano, que es confortable.

Han ampliado y modernizado el control de pasaportes y el 737-800 de Aerolíneas Argentinas tenía butacones de clase ejecutiva domo Dios manda, aunque con un desayuno propio de un charter afgano, pero con una agradable tripulación. Mi gran reto era entrar en Chile, que exige una validación previa de las vacunas, que tarda entre dos y tres semanas; PCR máximo 72 horas antes y a la llegada otra más, tras lo cual y comprobar que todo está correcto hay que ir al hotel y permanecer aislado en la habitación esperando los resultados. Ahí hay que lograr telemáticamente el pase de movilidad, que permite acceder a espacios cerrados, como el interior de los restaurantes. En mi caso, no lograba que emitiera ese pase, que al final fue por un error de correlación de datos.

Y el retorno a Madrid, curiosamente también en A330-200, que cubre ahora el vuelo más largo de Iberia, tras sufrir la ineptitud y espantosa calidad de su agente de “handling”, Acciona, no poner a mi disposición un “fast track” de seguridad, ni sala VIP, gocé de uno de los mejores vuelos de mi vida, obra y gracia de una tripulación toda excepcional, empezando por el sobrecargo, que se acordaba de un vuelo en el que me atendió hace cuatro años, la ruta y mis gustos a bordo, adaptando el servicio a ellos. Yo quiero volar siempre con esa tripulación.

Javier TAIBO

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