Sigo avanzando aceleradamente en mi experiencia de hacer el ridículo en el transporte aéreo

Sigo avanzando aceleradamente en mi experiencia de hacer el ridículo en el transporte aéreo. Me fui a Palma, como todas las semanas últimamente, dejando un vehículo en el estacionamiento P4 de la terminal T4 de Madrid/Barajas. Cuando regresé como casi siempre en un vuelo de Iberia Express que aterriza en la capital de España sobre las 07:30 de la mañana, me percaté que no llevaba las llaves. Alquilé el coche más barato que encontré a través de mi teléfono móvil, pero como la empresa, también situada en el P4 abría a las 08:00, fui a donde estaba aparcado el mío, por si me las había dejado puestas; pregunté en el mostrador de caja y fui a objetos perdidos de la terminal.

Finalmente me subí con el auto arrendado a 75 km. de distancia, donde tenía otro juego de llaves, regresé al aeropuerto, devolví el vehículo alquilado y recuperé el mío. La semana siguiente encontré las malditas llaves, no se cómo, en el asiento trasero del coche que había dejado en el estacionamiento del aeropuerto de Palma de Mallorca. Todos los vuelos que he hecho en las últimas cuatro semanas han sido en Iberia Express, que sigue ofreciendo hacia los clientes “prime” un nivel excepcional, salvando algún vuelo; Air Nostrum, que siempre fue buena; y Air Europa, que la sigo teniendo castigada por ser zarrapastrosa y que solamente la utilicé para ir y volver a Tenerife-Norte.

La ida, en la clase ejecutiva de un Boeing 787-8, fue obviamente comodísima, a parte que el “catering” es muy aceptable, fuera de la incomodidad que salía de la T4S de Barajas, periplo en el que hay que medir muy bien los tiempos para no meter la pata. El retorno, en la misma clase, fue en Boeing 737-800 y también fue muy decente. Este segmento representó para mí la última vez que volé con Air Europa desde y hacia las terminales T4, ya que el 1 de julio de reabrieron las viejas T2 y T3, las únicas que permanecían clausuradas como consecuencia de la pandemia y, contra lo que esperaba en pleno proceso de venta a Iberia, la compañía con sede en Mallorca retorno allí.

De hecho, al día siguiente de reabrirla estuve en la T2. El aparcamiento de pisos tenía un par de plantas cerradas, la prohibición de acceso a acompañantes era a partir del vestíbulo en donde los pasajeros podían optar entre ir hacia ese edificio o dirigirse directamente a la T3, gran pasadizo que permanece cerrado. Pero se veía aseada, aunque aquí si se nota que le falta mucho para recuperar los niveles de tráfico de antes de la pandemia, que estará mucho en función de la evolución de Air Europa. Pero esto hace tres meses parecía imposible y hoy es una realidad.

Ciertamente la actividad en los aeropuertos se ha recuperado notablemente, aunque todavía está bastante por debajo de los niveles de tráfico de 2019. En Palma el 1 de julio también se reinauguró una segunda sala VIP en la reabierta terminal D y poco a poco la gran diferencia con los tiempos del COVID-19 es que no pueden entrar en los edificios los acompañantes, por lo que siguen cerrados casi todos los negocios de restauración de las zonas de llegadas, ya que no tienen clientela. Incluso un día viajando a Ibiza había una cola para acceder al “fast track” de control de seguridad enorme, que jamás había visto antes de la pandemia, pese a que tenían tres escáneres habilitados.

Las salas VIP, aunque ofrecen menos plazas por la distancia que se exige, empiezan a estar llenas, los aparcamientos de vehículos también y el interior de las terminales ha recuperado bastante la alegría que había antes de este casi año y medio de ruina para el sector de los viajes, pese a los controles de documentación sanitarios, que para alguien experto han pasado a ser leves y ágiles y, normalmente, bien organizados. Parece de tiempos lejanos cuando viajaba y apenas había media docena de vuelos en grandes infraestructuras, que se mostraban desoladas. La cuestión es que no parece que hayamos aprendido mucho de lo que ha sucedido.

De hecho, en los controles sanitarios en los aeropuertos se ve al personal que los atiende ya muy, quizás demasiado, relajado y sin demasiada carga de trabajo, pese al aumento del tráfico, lejos de las actitudes inquisitorias, por otro lado lógicas, de hace muy poco meses. Todo va volviendo a la normalidad, para unos muy lentamente y para otros de forma lamentablemente acelerada. No sabemos cuánto nos queda para dejar de utilizar la mascarilla en terminales y aeronaves, pero la mayoría ya nos hemos acostumbrado, incluso en los vuelos largos,

El certificado de vacunación, aunque sea sólo de la primera dosis, empieza a ser útil para facilitar los desplazamientos en los vuelos comerciales. De hecho, yo ya hace bastante tiempo que no tengo necesidad de hacerme una cara prueba de antígenos o una PCR y los laboratorios que han ganado fortunas con esto comienzan a reducir sus precios altos, que los usuarios pagaban porque eran absolutamente necesarios, aunque les queda todavía negocio para rato, pues muchos países los seguirán requiriendo.

Javier TAIBO

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