Me subí a un avión dos meses y medio después de la última vez

Me subí a un avión dos meses y medio después de la última vez, el año pasado. La razón es la pandemia, pues prácticamente todos los países de Sudamérica a los que necesito ir requieren cuarentena y, obviamente, no voy a cruzar el Atlántico para aislarme en un hotel los días que permanezca y hablar sólo por teléfono. Que me conste, los únicos que no imponen esa restricción son Colombia y Ecuador, pero es cierto que es tedioso estar rastreando las normativas cambiantes de cada nación. Por otro lado, las regulaciones del Gobierno balear hicieron que estuvieran cerrados los bares y restaurantes, con lo cual, viajar, pagando una cara (de precio, que no de coste) PCR, para tener que estar en mi alojamiento o paseando por la calle con mascarilla, no compensa,

Una de las cosas que generaban mucha duda por su incongruencia, aunque parece que efectivamente es así, es que para ir a Mallorca se exige una PCR con resultado negativo realizada hasta 72 horas antes del viaje, que yo estoy pagando a 90 euros, pese a que me consta que su coste real no supera los 20, o someterme a una prueba de antígenos a la llegada al aeropuerto, que es gratuita y cuyo trámite dicen que es muy fluido. Me pregunto entonces quién se va a someter a la PCR pagando una buena cantidad de dinero y teniendo que esperar 24 horas para tener los resultados, cuando allí se hace gratis y en 15 minutos. Es absurdo, pero me han convencido que así es.

Mi reestreno no pudo ser más indignante. En primer lugar, por mucho que parece que apenas hay pasajeros, el control de seguridad para pasar a la llamada zona aire de la terminal T4 de Madrid/Barajas estaba saturado. Cuando llegué al “Fast Track”, por el que las compañías aéreas que lo desean pagan una buena cantidad de dinero para que sus clientes de clases ejecutivas o que tienen los niveles máximos de pasajeros frecuentes eviten las colas del control normal, observé que había una fila extensa de ese último que se derivaba al exclusivo, que sólo tenía dos filtros abiertos y que, pasada la comprobación de las tarjetas de embarque, se entremezclaban los dos flujos.

Consideré que era tal timo para las compañías aéreas y, por tanto, para los pasajeros, que pedí hablar con el supervisor, al que le manifesté mi malestar. Me respondió que uno de los dos filtros era para “business” (absolutamente insuficiente, por cierto) y le demostré que eso no era cierto, poniendo como testigo a los clientes que tenía delante. Claramente agobiado y pasando de problemas, casi ni me contestó y lo único que pretendía es que yo me fuera. Lo que no entiendo es que las compañías aéreas no se impongan ante Aena, cuando pagan por ese servicio exclusivo.

Volaba con Air Europa, de la que soy “Platino” de su programa de viajeros frecuentes “Suma”, uno de cuyos privilegios es el derecho a pasar a clase ejecutiva, por supuesto si hay plazas libres, lo que se realiza en la puerta de embarque, una vez cerrado el vuelo. Como en el lector de QR de mi tarjeta de embarque no saltó la alerta de “seating issue”, como ocurre la inmensa mayoría de las veces, pregunté si no había lugares libres en “Business”. El agente –sólo había uno para un 737-inexperto, miró la pantalla y me dijo que no, claramente sin saber por qué se lo preguntaba. Se lo expliqué y me indicó si quedaba alguna plaza me lo diría a  bordo.

Como nadie me dijo nada le pregunté a uno de los tripulantes de cabina de pasajeros que parecía como si tuviera tiña (seguro que no, pero lo parecía), con la piel que cubre el cráneo con pequeños mechones de pelo entre grandes calvas, lo cual daba una rara imagen. Me contestó que la misma situación se la había planteado otro pasajero y que averiguaría. Posteriormente, entiendo que después de consultar al sobrecargo, me informó que había dos asientos libres, pero que a bordo no podían hacer nada y que si quería pusiera una reclamación.

Era el primer indicio de una tripulación tremendamente incompetente. Estábamos a mitad de rodaje hacia la cabecera de pista y le contesté que si el sobrecargo me podía dar entonces una explicación de porqué habíamos empezado a rodar sin la cabina asegurada, con una quincena de pasajeros de pie sin estar en sus asientos con el cinturón abrochado o también me sugería que pusiera una reclamación. Nadie más, ni el sobrecargo, por supuesto, se dirigió a mí en todo el vuelo. Ni tampoco vino nadie a explicar que estaba sentado en salida de emergencia y las acciones que podría que tener que asumir.

A la llegada, a diferencia de todos los vuelos que hice en los últimos meses, una buena parte del pasaje se levantó y apelotonó en el pasillo, haciendo caso omiso de la única y monótona voz que se dio tras el aterrizaje de permanecer sentados hasta que se levantara la fila anterior para desembarcar, estando así entre 5 y 10 minutos. Cuando salí estaba despidiéndonos el inútil sobrecargo con su sicario calvorota y le pregunté que cómo había permitido ese caos, en plena tercera ola de COVID-19. La respuesta fue alucinante: «no puedo controlar lo que hace el pasaje». Mi respuesta también: «¿Cómo controla lo que tienen que hacer los pasajeros en una emergencia?». Me figuro que es la Air Europa de “paso de todo, que no sé qué ocurrirá conmigo cuando la compre Iberia”. El control de prueba de PCR en la terminal fue bastante fluido.

Javier TAIBO

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