Mentiría si dijera que esperaba volver a volar en tiempos de confinamiento de la gente en mi Comunidad Autónoma

Mentiría si dijera que esperaba volver a volar en tiempos de confinamiento de la gente en mi Comunidad Autónoma –y prácticamente en toda España-, pero la segunda fase de la pandemia así lo quiso. Y nuevamente encontré controles policiales para justificar los viajes y las terminales vacías: filtro de seguridad sin pasajeros –especialmente el “Fast Track”–, sala VIP (tengo que reconocer que las que he utilizado en estos tiempos están muy bien preparadas a efectos sanitarios y de dotación de elementos de comida y bebida y con un personal que las atiende muy profesional y atento) casi vacía; tiendas cerradas o sin clientes; zonas de restauración con casi todas sus mesas limpias…

Viajé el primer día de las nuevas medidas en Madrid y la consecuencia es, tras los diferentes anuncios contradictorios entre las diversas y propias administraciones, que de la previsión de viajeros de 130 del día anterior, antes de anunciarse las severas restricciones, finalmente volamos 50 y yo solo en clase ejecutiva, frente a los 2 que se preveían. Da una clara idea de lo demoledor de la situación para la aviación comercial, que se ve imposibilitada de planificar nada, algo esencial para cualquier tipo de empresa.

Retorné tres días más tarde, llevando en la cabina dos gatitos jóvenes para que fueran adoptados en la capital. Me pilló la preparación en un momento estresante en que la bolsa que encontré para trasladarlos hacía que cuando introducía uno, el otro se salía, hasta que al final decidí cambiar a una jaula pequeña, pero no lo suficiente como para llevarla a bordo en el suelo debajo de las piernas. Pero a todo el mundo le gustaban los animales, hasta el punto de permitirme situarla en el suelo del asiento central de clase ejecutiva, mientras que un comandante que viajaba como pasajero al lado me enseñaba fotos de su minino adoptado y los tripulantes de cabina de pasajeros estaban más volcados a atender a los animales que a mí. Incluso una empleada de la sala VIP quería adoptar a uno de ellos.

En mi siguiente vuelo transporté también una pequeña podenca de la que había muerto su dueño y la adoptó su hermana. En este caso pesaba con su jaula un par de kilos más que lo que se admite para llevarla en cabina, por lo cual había comprado su traslado en la bodega del avión. Una pena, porque la agente de facturación me dijo que la podía haber llevado bajo las piernas, pero el contenedor tenía un tamaño ligeramente grande. Aunque era muy nerviosa, la tranquilicé, pasé su control de seguridad sin problemas con ella entre mis brazos y cuando la recogí en la zona de equipajes –por cierto, muy rápido, una prueba más del poco trabajo que hay- estaba tranquila y curiosa, pese tratarse de la primera vez que volaba. Al salir de la terminal estaba su nueva dueña para hacerse cargo de ella.

El regreso, nuevamente en pleno nuevo estado de alarma decretado por el Gobierno de la nación, fue sorprendente, pues no había el más mínimo control del motivo del viaje de los pasajeros. El 31 de octubre, con ese mismo estado implantado para seis meses y con la Comunidad de Madrid cerrada para impedir que entraran o salieran personas durante el puente del último fin de semana de octubre y primero de noviembre, mi vuelo a las 19:15 del sábado era el último que salía hacia un aeropuerto europeo, algo a todas luces impactante.

Eso sí, había seis o siete enlaces después hacia varios destinos en América, como síntoma que se van reactivando los vuelos de largo alcance, aunque, pero siguen siendo críticos y complicados por las diferentes exigencias en los países del otro lado del Atlántico sobre necesidad de disponer de una prueba de PCR con resultado negativo o de sufrir una cuarentena durante una buena cantidad de días, que limita los viajeros prácticamente a los ciudadanos de los países de destino o los residentes en ellos, capando los desplazamientos por motivos de trabajo o de turismo.

Contrasta el embarque que tuvimos que realizar a través de jardinera, pues la aeronave estaba en un estacionamiento remoto, en la cual los no demasiados pasajeros íbamos relativamente hacinados, algo que choca con las eficientes medidas que el transporte aéreo ha implantado de cara la seguridad de los viajeros y los trabajadores. No parece muy lógico que, con los pocos vuelos que hay, que no se habiliten pasarelas telescópicas de acceso a los aviones en todos ellos, incluso remolcándolos a esos puntos cuando, por cualquier razón, las aeronaves están aparcadas en otros sitios.

No es anormal que en el control de seguridad me toque un chequeo aleatorio de detección de trazas de elementos que pueden emplearse para la fabricación de explosivos, pero sí padecí por primera vez que, tras obtener la agente muestras de mi cinturón y de mi cartera de mano para pasarlas por el equipo de análisis correspondiente, que diera positivo… y una segunda vez también y hubo que esperar a una tercera para que el resultado fuera negativo. Me veía pasando ya varios años en Guantánamo. En el desembarque los clientes hacen casi siempre caso de las indicaciones de no levantarse hasta que los de la fila anterior está ya evacuando. Pero siempre hay algún estúpido que viene de turista y se sitúa en la entrada del “galley” delantero. Mi mirada fija desde mi asiento la respondió con otra desafiante, que no pudo mantener, y a los pocos segundos la sobrecargo le conminó a que se sentara.

Javier TAIBO

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