Cada día que pasa el transporte aéreo recupera un poco su ritmo

Cada día que pasa el transporte aéreo recupera un poco su ritmo, aunque le queda muchísimo para alcanzar la normalidad de 2019, que pienso que ni siquiera sería bueno que retornara totalmente. Pero están los hechos: las terminales hay menos gente, opera una cantidad reducida de vuelos, que van más vacíos, los desembarques son más ordenados y los desembarques son alucinantemente asépticos, respetando los pasajeros meticulosamente, salvo algún imbécil que los tripulantes de cabina no dudan de poner contundentemente en su sitio, y nunca mejor dicho, el permanecer sentados hasta que la fila anterior está ya en movimiento por el pasillo.

Nos hemos acostumbrado, como en tantos sitios, a estar en los aeropuertos y en los aviones con mascarilla y una buena parte de la masa a respetar todas las normas y por ello en el transporte aéreo no se detectan contagios, manteniéndose la sana costumbre de que en el embarque los tripulantes suministran una toallita de gel hidroalcohólico, que se conmina a su uso para recogerla antes de despegar, y la renovación con frecuencia del aire en las cabinas en vuelo. Yo, que soy muy escrupuloso con el cumplimiento de los protocolos frente a la pandemia, me subo muy tranquilo a bordo.

Las salas VIP han cambiado, pues hay menos gente y sus prácticas de utilización son bastante estrictas y en España me refiero a los concesionarios de AENA, pues Iberia todavía abrirá una de las suyas en Barajas a mediados de este mes de octubre. El aforo permitido se ha reducido a cerca de la mitad y un empleado se encarga de acomodar a cada pasajero y de explicarle el nuevo funcionamiento. Luego cada sala tiene sus aplicaciones diferentes, como ocurre en este país con las autonomías, en donde en una se hace una cosa y en otra algo diferente, situación que no llego a asimilar. En todos los sitios debería ser igual.

En Palma, por ejemplo, el pasajero visualiza lo que hay de servicio de “catering” y lo que elige se lo llevan a la mesa. En Madrid es conveniente ver la oferta a través de un código QR, pues los productos se sitúan a unos 3 m. del mostrador en donde los sirven y de ahí cada uno se lo traslada a donde está sentado. En Barajas hay momentos en los que la sala se llena y dan preferencia para entrar a los clientes de las clases ejecutivas de aerolíneas que tienen acuerdos de acceso. Dejan como usuarios de segunda clase, y no lo acepto muy bien, a los titulares de las tarjetas “Priority Pass” o de otros pactos comerciales con bancos, entidades de seguros, etc., que se ven menospreciados porque un agente va a preguntando a cada uno su caso y segrega a los que le han indicado que son más prioritarios.

A mi, por ser “FlyingBlue Platinum for Life” me consideran prioritario, mientras que Iberia no da acceso a sus clientes “prime” a esa sala de AENA, a la espera de la apertura de la propia. La verdad es que todo el personal que atiende es extremadamente profesional, meticuloso y amable, al margen de las normas que rigen. Lo que sigue siendo una birria es la “App” de AENA para información de vuelos, que antes era fiable y ahora suele tener ciertas ‘colgadas’ que conducen a que dé más tranquilidad estar observando continuamente las pantallas informativas del aeropuerto.

En mis hábitos, antes embarcaba siempre de los primeros y ahora he optado por hacerlo el último, ya que no me aporta nada estar sentado en el avión esperando a que estén todos los pasajeros a bordo. La gran cantidad de las veces viajo en “Business”, pues así tengo garantizado que desembarco rápidamente y tengo el asiento central libre, aunque si voy en la salida de emergencia de turista la gente no suele gastar dinero para pagar por el de al lado y ahora hay más rigidez que limita que los viajeros cambien de lugar a bordo.

En los receptáculos de los asientos ya no hay revistas de compañías aéreas o publicidad para evitar contagios, pero se mantienen las instrucciones de seguridad impresas, lo cual no tiene ningún sentido. Quizás ha llegado el momento, teniendo en cuenta que son objeto de desidia para los pasajeros, de poner un código QR en el respaldo de la butaca anterior que abra su contenido, asumiendo que hay personas que no dispondrán del correspondiente lector, pero que, probablemente, tampoco leerían el folleto correspondiente. No sé si es cómico o triste, pero en las voces a bordo explicando las instrucciones de seguridad, se aclara que, en caso de despresurización los viajeros para ponerse la máscara de oxígeno deben quitarse la sanitaria.

Y no es admisible por parte de AENA lo que me encontré en el “Fast Track” de control de seguridad en Madrid/Barajas uno de los días: Desviaban pasajeros de los filtros normales, porque estaban saturados, al de pasajeros prioritarios, por el que las compañías aéreas pagan una pequeña fortunita para la comodidad de sus clientes más relevantes. Es un motivo de enfado para nosotros, pero una estafa para las aerolíneas. Quizás se deberían ir planteando la reapertura de la terminal T2 y descongestionar así a determinadas horas la T4. No en vano el operador aeroportuario se jacta que será el primero en repartir dividendos en esta nueva era tan complicada.

Javier TAIBO

Relacionados