El transporte aéreo tras la pandemia

En el momento de escribir este editorial el mundo ve con esperanza el control de la pandemia del COVID-19 y empieza a idear cómo será el futuro inmediato para volver a una progresiva normalidad, que nunca será como la de antes, minimizando los riesgos de eventuales posibles recaídas. A principios del otoño pasado nadie podía imaginar que la aviación comercial mundial se iba a quedar en tierra durante demasiadas semanas por algo tan espeluznante como la falta de salubridad en China ingiriendo animales salvajes.

Todavía no sabemos cómo retornarán las aguas al cauce, pero sí que este será diferente. Es imposible que las compañías aéreas y los aeropuertos puedan sobrevivir sin ayudas, en muchos casos sustanciales, y sólo intuimos en parte cómo podrán ser: Beneficios fiscales, postergando o eximiendo de tasas aeroportuarias, créditos muy blandos a largo plazo, toma de participación estatal importante en aerolíneas consideradas estratégicas, ayudas a la reducción no demasiado traumática de personal, inyecciones de dinero a fondo perdido…

Pero la realidad es que no habrá una rápida recuperación de la recesión económica mundial provocada por la pandemia sin la existencia de un transporte aéreo fluido de pasajeros y mercancías, teniendo en cuenta que la carga aérea no se ha visto demasiado perjudicada por la crisis y ha ayudado a superarla. Es una gran paradoja: la aviación comercial es la que ha propagado y expandido el COVID-19 a una velocidad de vértigo por el planeta y es la que ayudará a que sus efectos, una vez controlada la pandemia, se palien.

Lo que está claro es que nada, especialmente en los primeros meses a partir del momento que se empiece a superar la crisis, será igual. Habrá gobiernos que intentarán reducir la ocupación de las aeronaves a la mitad para aumentar la distancia entre los pasajeros y prevenir contagios, pero esto o se hace a través de tarifas el doble de caras o de subvenciones, porque si no será otra ruina para los operadores. Quizás los viajeros se verán obligados en las primeras semanas a llevar mascarillas y en los controles de seguridad habrá que establecer filtros de medición rápida de la temperatura corporal.

El servicio a bordo inicialmente será inexistente, lo cual mermará más los ingresos de las compañías que cobran por ello, o se entregarán cajas conteniendo agua y algún alimento durante el proceso de embarque. Habrá que resolver el problema de decenas de miles de millones de euros de importe de billetes a devolver o que se canjearon por bonos para su posterior utilización. Y se reducirán los viajes de negocios por haber descubierto que se pueden hacer desde casa o la oficina, sin necesidad de desplazarse.

Pero no podemos dejar de constatar el respiro que estas semanas le estamos dando al medio ambiente y a la naturaleza y la rápida y positiva reacción de esta a que nos hayamos visto obligados a quedarnos en casa. Una conclusión que tenemos que sacar todos es el inmenso cuidado que debemos tener para la conservación de este planeta en todos los ámbitos, si queremos seguir disfrutando de este mundo. Lo tendremos que hacer de otra manera.

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