La sala VIP de vuelos europeos de KLM en Amsterdam/Schiphol no tiene una dotación de ‘catering’…

La sala VIP de vuelos europeos de KLM en Amsterdam/Schiphol no tiene una dotación de ‘catering’ ni abundante, ni variada, más bien muy mediocre, pero mantiene un lujo para los fumadores en los tiempos actuales: un recinto cerrado para que puedan ejercer su vicio. El embarque a Madrid fue el punto disonante de la buena aerolínea holandesa, caótico por la escasez de espacio de una terminal no actualizada y con la desidia y falta de eficacia de los dos agentes que lo atendían. En vuelo el estándar es bastante bueno. Hago notar que en el control de seguridad de ese aeropuerto ya no hacen extraer los ordenadores portátiles, ni los recipientes con líquidos del equipaje de mano, algo que es inútil y anacrónico. Podían modernizarse en España en esa línea.

Para volar a La Paz, que no se puede decir que sea la capital del mundo mejor comunicada, desde Lima, tuve que hacerlo vía Cuzco. Tras utilizar la decente sala VIP del aeropuerto de la zona nacional, embarqué en uno de los tres vuelos de Latam que había incompresiblemente casi a la misma hora a la antigua capital del imperio inca, consecuencia de lo cual el mío iba casi vacío y yo era el único en la primera fila, estando comercializada toda la cabina como clase económica. Muy a lo moderno, el “catering”, incluyendo el café, era de pago.

Como prueba de lo poco preparado que está el aeropuerto de Cuzco para los vuelos internacionales, y menos para los tránsitos de ese tipo, una vez que llegué seguí las estúpidas indicaciones para hacer conexión, que tenían el mismo fin que si uno tuviera como destino ese lugar: salir al exterior de la terminal, para volver a entrar y pasar un nuevo control de seguridad y otro de pasaportes, que se abre sólo poco tiempo antes del embarque de los escasísimos vuelos internacionales y menos mal, porque la lúgubre, incómoda y pequeña única sala de preembarque no invita a estar allí mucho tiempo. Sólo había un pequeño puesto con productos usuales de dudoso atractivo.

De Cuzco a la capital boliviana, el pequeño A319 iba también con poquísimo pasaje. Hacía tiempo que no utilizaba la terminal de La Paz y me la encontré totalmente renovada y ampliada, perdiendo el discreto encanto de su pequeño tamaño y de instalaciones que asemejaban las de los años sesenta. Pero dejó unas cuantas anécdotas. Por ejemplo, para acceder de la planta de desembarque a la de recogida de equipajes, la escalera mecánica estaba en mantenimiento y no había ninguna para patear, sólo un pequeño ascensor que no me imagino cuanto tardaría en llevar a los pasajeros de un vuelo repleto.

Acarreaba sólo equipaje de mano y tuve que esperar a que se dignara un funcionario a abrir la aduana, haciéndome rellenar un impreso que me dijeron a bordo de Latam que no existía, pero que, sin embargo nadie me requirió después. En el control de pasaportes también aguardé unos instantes a que lo abrieran. De ahí esa misma tarde me desplazaba, después de un par de reuniones y un almuerzo en la ciudad, a Santa Cruz de la Sierra, menos inhóspita por estar a altitud sensiblemente inferior. La sala VIP de La Paz era pequeña y saturada, por lo que decidí aguardar en las zonas comunes el embarque en el birreactor Bombardier CRJ de la agradable aerolínea local Amaszonas, que tengo que reconocer que intenta y logra hacer la vida fácil al pasajero.

Desde allí regresaba a la capital peruana en Latam, sin que fuera posible obtener la tarjeta de embarque anticipadamente, explicándome en el mostrador de facturación que se debía a una anacrónica norma burocrática de tramitación del departamento de impuestos internos. No me acordaba lo relativamente complicado que supone salir del país andino. Primero está el habitual control de seguridad, que puedo calificar de liviano; después uno antinarcóticos en el que no inspeccionaron mi equipaje, pese al no habitual motivo de mi viaje que di, que además era la verdad, es decir, que había ido a una cena. Después el de aduana, en donde por fin me pidieron el formulario correspondiente, entregando el impreso que rellené cuando llegué.

Ante mi sardónica sorpresa me dijeron que ese era el de entrada y que necesitaba rellenar el de salida, que era idéntico casi, excepto en el título. Así lo hice y, una vez más, nadie me lo pidió, con lo que presumo que los bolivianos tienen un ‘hobby’, que es asesinar arbolitos. Por fin llegó el control de pasaportes y me dirigí a una pequeña, mala y mal dotada sala VIP, que incluso tenía la máquina del café averiada y que abandoné sin consumir nada, ni casi sentarme. La gente de tierra de Latam en esa escala es de lo mejorcito que he visto en esa compañía y embarqué en la primera fila uno de otro A320 sólo con clase económica, en el que, como en el anterior segmento internacional, daban un emparedado o algo dulce y una bebida incluidos en el precio del billete.

En Lima me dirigí a la nueva de las dos salas VIP del aeropuerto de “Jorge Chávez”, que ahora sí que creo que puede ser merecedora de algún premio. Es amplia, con varios ambientes, no saturada y con bastante buena dotación de alimentos y bebidas, a años luz de lo que se ofrecía antiguamente. Y en un Boeing 787-8 de la filial chilena de Latam volé a Santiago, donde las cuatro veces que entré en un mes me he encontrado la terminal, inmigración y aduanas vacíos, a lo cual no sé en qué medida han contribuido los graves disturbios callejeros que ha sufrido ese país en los últimos meses.

Javier TAIBO

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