Padecí en un vuelo de Roma/Fiumicino a Madrid un ligero retraso de cinco horas por razones técnicas y operativas.

Padecí en un vuelo de Roma/Fiumicino a Madrid un ligero retraso de cinco horas por razones técnicas y operativas. El Boeing 737-800 de Air Europa que debía cubrir la ruta fue remplazado por un moderno y grande 787-9 recién estrenado, que llegó con un pequeño problema técnico redundante, que se agravó porque, una vez solucionado, tuvieron que encontrar alguien que tuviera habilitación en esa versión para firmar el arreglo en el aeropuerto italiano. El agente de ‘handling’ es Alitalia, cuyos tres empleados presentes no sólo no facilitaban ninguna información, si no que uno femenino empezó a dar malas contestaciones a los pasajeros que, molestos (cómo no), le inquirían información sobre el vuelo con bastante normalidad.

Llamó para que acudieran agentes a los Carabineri para restablecer el orden, que existía, cuando el único que se mostraba histérico era ella. Por cierto, que uno de los policías muy regordete, barbudo y con un uniforme que impone bastante poco, daba más lástima que otra cosa. Ella misma hizo pasar a la zona de preembarque a un cardenal negro y dos sacerdotes blancos, pero en el momento del esperado abordaje otro agente decidió enmendarle la plana y que yo, titular ‘Platino’ del programa de viajeros frecuentes de la aerolínea, embarcara antes que ellos y que los pasajeros con limitaciones físicas y con asistencia que ya estaban preparados.

En el avión el único pasajero en la cabina de clase ejecutiva era yo. Probé los nuevos asientos, mucho mejores que los anteriores, en una configuración de cuatro butacas por fila, pero que yo hubiera instalado algo mucho más espectacular. Mis 1,9 m. estirados no caben cuando se ponen en posición horizontal. Será que el promedio de altura de sus clientes es menor que el de sus competidoras y compradoras. Hice la reclamación a través de su ‘web’ para ser compensado económicamente por la gran demora y con gran agilidad respondieron reconociendo el importe que me correspondía y ofreciéndome un 50 por ciento más de importe si admitía que fuera en billetes de la propia compañía. Fue muy satisfactorio.

Me desplacé Palma a Londres conectando en Madrid, el primer segmento en la repulsiva Iberia Express, que una vez más demostró lo nada que me gusta, aunque daban en clase ejecutiva un bocadillito agradable. Iberia fue más que magnífica para asegurar el tránsito a la T4S de Barajas para seguir en un A340-600 de la matriz, que cubre la ruta una vez al día y es una delicia en el contexto de los mediocres vuelos internos en el Viejo Continente. Para retornar utilice un E170 de British entre el London City Airport, el pequeño aeropuerto del centro de la capital británica, y Mallorca, que no iba ni al 20 por ciento de ocupación.

LCY es una maravilla de ingeniería para conseguir una terminal muy activa en un espacio reducido, en la que no faltan tiendas y puntos de restauración y realmente es comodísimo cuando uno sale o va al centro de Londres, lo cual no era mi caso, pues estaba en Ascot, pero se trataba del único enlace directo y el más económico. Como despegaba a las 15:50 y tenía hambre, compré en la terminal un ‘sandwich’ que hacía honor a la pésima fama gastronómica inglesa, desconociendo que British en esa instalación da una comida a bordo incluida en el precio, que no estuvo nada mal.

A la llegada en Palma estrené el control documentación biométrico automatizado recientemente estrenado, que es más lento que el que existe en Madrid, pero representa un gran avance. El llamado ‘Fast Lane’ de seguridad de salida que hay allí es un timo para las aerolíneas y los clientes que lo pagan. Sólo sirve para evitar una cola en el filtro que lee los códigos de las tarjetas de embarque, porque luego los empleados tienen instrucciones de que no haya una cinta de escaneo de equipajes de mano exclusiva, sino que mezclan a todos los pasajeros, con lo cual cuando no hay congestión, como ocurre en la temporada baja, no aporta nada más que frustración y enfado.

Sufrí una cola monstruosa para pasar el control de pasaportes cuando llegué a Sao Paulo/Guarulhos, con colas desorganizadas, caóticas e inmensas y nada de personal para remediarlo. Me retuvieron una hora. Todo lo contrario ocurrió en el aeropuerto de Santiago de Chile, donde en el mismo periplo por América estacionaron mi avión dos veces en los espigones recién estrenados de la nueva terminal, obra que cuando esté terminada posiblemente será muy funcional, pero que ahora exige un maratón hasta llegar al control de pasaportes ubicado en la vieja. En ambos casos no me encontré a ningún pasajero ni empleado y cuando llegué a los mostradores de inmigración (y después de aduana) fui el primero.

No sé en qué medida afectaron los desórdenes en las calles de ese país a tal retracción del tráfico, pero fue impresionante. Volé de allí a Buenos Aires a una reunión y desde allí a Montevideo y regreso con Aerolíneas Argentinas y su filial Austral en uno de los cuatro segmentos, todos en una cómoda butaca de clase ejecutiva a la que no estamos acostumbrados en Europa. El uniforme de trabajo a bordo de las tripulantes de cabina de pasajeros parece el de un asistente sanitario de un hospicio de niños tuberculosos de la iglesia católica en Albania. No sé si lo habrán diseñado para intentar repeler las relaciones románticas entre empleados de esas compañías.

Javier Taibo

 

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