Volviendo de Barcelona en un A330 de  Air Europa, sufrí otro lamentable espectáculo que nunca antes padecí de tales dimensiones

Volviendo de Barcelona en un A330 de  Air Europa, sufrí otro lamentable espectáculo que nunca antes padecí de tales dimensiones. Había no menos de veinte tripulantes de diversas aerolíneas que querían que el comandante les llevara a Madrid y formaron una desordenada y alucinante cola en el pasillo de clase ejecutiva para pasar a saludar y pedirle el trato de favor al comandante. Era como la fila de un cine, pero de polizones en un avión. Le hice notar mi malestar por la imagen que se estaba dando a un tripulante de cabina de pasajeros.

Parando el movimiento de la cola salió de la cabina de pilotaje el comandante para presentarse y decirme que eso era un procedimiento de las regulaciones aeronáuticas de personal de compañía que iba a ir en el avión. Me quedé tan ancho diciéndole que eso no correspondía a ninguna regulación, que se leyera lo que dice EASA (European Aviation Safety Agency) sobre los “extra crew”, que analizara si eran eso o polizones, que la patética muestra que estaban dando lo podía haber hecho en la pasarela telescópica en lugar de un bochornoso espectáculo en la cabina de “business” que dudaba que a Juan José Hidalgo le agradara que se incrementara el “payload” del avión en cerca de 2 ton. por ese motivo, ni por la iimpresión que se estaba dando y que se podía haber ahorrado la molestia. No sé si le sonará a raro que tuvimos retraso en la salida.

El aeropuerto de Jerez es tan pequeño y amigable, que esta última característica parece que se extiende a los taxistas. Fui a una boda y el que me llevó al hotel le utilicé varias veces en los dos días y medio que estuve. Cuando regresaba, en la segunda línea del control de seguridad estaba la famosa, que nadie sabe por qué, Carmen Lomana, que fue a la misma celebración. Parecía un jinete de granja avícola (montó un pollo) porque le exigían abrir su equipaje de mano para que mostrara objetos que a todos nos hacen mostrar y que a ella le parecía indignante y se negaba, me figuro que para que no se descubrieran los secretos que llevaba. Quizás le harían pasar vergüenza.

Es curioso que en esa instalación no haya una sala VIP, cuando las tarifas por volar allí son bastante elevadas. Como no había otra cosa que hacer, observé que la susodicha se sentaba en un lugar a unos veinte metros de la puerta de embarque, en la que me situé el primero de la parte de prioridad poco antes de empezar el proceso, y detrás de mí se dispusieron como una decena de pasajeros. Cuando se inició, tuvo la caradura de colarse delante de una buena parte de ellos y situarse la quinta. Nos dirigimos al avión a pie, pero nos pararon a cercana distancia de la aeronave para que abordara antes una viajera impedida y ahí la Lomana se colocó la tercera, justo después de mí y la persona que me acompañaba y con claras intenciones de que cuando fuéramos al avión ser la primera. No lo consiguió.

En el de Santiago de Compostela me siguen maravillando los estacionamientos de muchos pisos que a todo el mundo le sorprende que tengan tanta demanda. Pero quién lo ha visto y quién lo ve. Fue el primer aeropuerto del que despegué en mi vida, en un Boeing 727-200 de Iberia, y estaba erigido en terrenos que habían sido del abuelo de mi primera novia y ahora es una terminal modernísima, funcional y con una muy bien dotada y estética sala VIP de AENA.

Realmente si criticamos los aeropuertos españoles deberíamos de visitar lo que hay en otros lugares de Europa y nos daremos cuenta que lo nuestro comparativamente es maravilloso. Volví a utilizar la sala VIP del aeropuerto romano de Fiumicino en la terminal donde opera Iberia. El hombre realmente es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra: demasiada gente, mal y anacrónicamente amueblada y con unos alimentos que parecen de un vuelo charter de una compañía ucraniana entre Trípoli y Nuakchott.

Las botellas de litro y medio de refrescos que están en un presunto refrigerador las podrían dejar fuera, pues el caluroso ambiente no iba a aumentar la temperatura interior de ese electrodoméstico, como si estuviera desenchufado. Menos mal que tampoco hay hielo como para disfrutar de un leve placer mientras se paladea un pan con textura del día anterior y una pasta fría que es un insulto a Italia. Lo bueno es que el personal que lo atiende no es profesional, pero tampoco simpático.

En este esplendoroso contexto brillaba un cliente de la sala, vestido con bermudas arrugadas y camiseta poco pulcra, que en una bolsa de plástico metía salami, pan, pasta, un termo (teniendo en cuenta la temperatura de las bebidas, no sé para qué) que rellenaba con Coca Cola y todo lo que podría afanar. Quiero pensar que era un viajero de una compañía “low cost” de largo alcance en la que el servicio de comidas es de pago y el acceso a la sala se lo obsequió la aseguradora de su chabola en Albania, pero, pese a eso, me parecía un acto de masoquismo indescifrable. Yo, mientras tanto, decidí abandonar el recinto y patear las tiendas de la destartalada terminal, que lucían más para VIP que aquella infausta sala.

Javier TAIBO

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