Hice los trámites de inmigración un par de veces más en Buenos Aires/Ezeiza y el nivel de congestión, con largas colas, es insoportable.

Hice los trámites de inmigración un par de veces más en Buenos Aires/Ezeiza y el nivel de congestión, con largas colas, es insoportable. En Santiago de Chile utilicé en dos ocasiones el primer espigón abierto de la nueva terminal. Creo que se han equivocado, pues nace ya la ampliación congestionada y opino que no se han medido bien las filas de embarque, teniendo en cuenta la no muy grande anchura del edificio. Los españoles criticamos mucho nuestros servicios, pero, si observamos lo que existe fuera, están entre los mejores del mundo.

Un caso notable es lo que usualmente se tarda en situar las pasarelas telescópicas de acceso a las aeronaves (que nosotros y pocos extranjeros llamamos “finger”) y permitir el desembarque. Fuera, especialmente en Iberoamérica, se demora en maniobrarlas, colocarlas correctamente y en abrir las puertas de los aviones (además de la habitual parrafada entre el agente de tierra y la sobrecargo, saludándose y transmitiendo información que ya debían saber por vías telemáticas, mientras los clientes esperan pacientemente, algo que en España no sucede) para poder salir. Pienso que la razón es que aquí hay personal específico de una contrata que maneja esos sistemas, cuando en la mayor parte del extranjero es personal del operador de “handling”, no especializado y afecto a múltiples tareas.

Sigue siendo sensacional el aeropuerto de Montevideo. Pequeño, adecuado a sus necesidades, moderno, estético, muy bien cuidado y con una preciosa sala VIP. Siempre es una delicia pasar por sus instalaciones. El saturado París/Orly Ouest abrió una ampliación que permite dar un respiro al escaso espacio existente para la gran masa de viajeros. Para regresar de Roma accedí a la sala VIP (Vaya Idiotez Pagar por esto) de Aviapartners que emplea Iberia. Mala, llena de humanidad, con refrescos en botellas de 1,5 l. para ahorrar, alimentos cutres y malos, en un país con nombre de marca en todo el mundo por su cocina, como una forma de comer buena y económica. Poco recomendable es.

Si quiere compaginar una infraestructura aeroportuaria con el deporte, haga un vuelo intercontinental a Río de Janeiro. En pocas terminales del mundo se camina tanto al desembarcar para llegar al control de pasaportes, sin nada con lo que entretenerse, que en el ya no tan nuevo espigón de Galeao, salvo hacer una micción, símbolo de un Brasil que en ocasiones es una promesa de futuro económico, que siempre se queda en eso. Después hay oportunidad de enfadarse más cuando el vehículo que le tiene que recoger es de categoría inferior a la contratada, recibiendo sólo disculpas de personal incompetente, que no tiene ni recursos, ni medios para resolver nada. Pero todavía sufrirá un tráfico apabullante para llegar a su hotel.

En el retorno, Iberia ofrece la posibilidad de utilizar las salas VIP de Gol (“low cost” un poco reconvertida) –que dicen los agentes de facturación que prefieren los clientes porque es más nueva y amplia– o la de American Airlines, que se encuentra antes y en la que un amable y simpático empleado de recepción recomienda que te quedes en ella. Bien dotada de ‘catering’ pero no muy confortable, le hice caso. Al ir a embarcar pasé por delante de la que ofrece Gol y entré para verla. Moderna, bien amueblada, descongestionada y mucho mejor. El de American me engañó. Las caminatas son las mismas que a la llegada, aunque amenizadas por las paradas.

Voy con cierta frecuencia a Barcelona y no se ven ni de asomo los lacitos amarillos que nos reproducen hasta en la sopa en los medios de comunicación, salvo que la uniformidad de los empleados de Vueling y el logotipo de MacDonald’s desanudado se asemeja. Hacía mucho que no iba de la Ciudad Condal a la capital de España en Iberia, hasta el punto que desconocía que la sala VIP que utiliza en la zona del Puente Aéreo  ya no la explota en propio, sino que es una concesión que usan varias compañías. No está mal.

Como es sabido ahora se mezclan en esa ruta los vuelos de Iberia (unificados los de Puente Aéreo y de reserva, aunque se comercializan de forma diferente) y de Vueling, en la que vuelo por la misma razón que en Iberia Express: cuando no me queda otro remedio. Lo más barato y más cómodo son los dos o tres enlaces diarios de Air Europa, que opera con Airbus A330 para alimentar sus vuelos intercontinentales en Madrid. El problema son las escasas frecuencias, lo que se tarda en embarcar y desembarcar un avión tan grande y que en la llegada a Barcelona lo aparcan en una de las últimas pasarelas y en Barajas normalmente en remoto, ya que la aeronave suele cubrir después una línea intercontinental.

En el último Barcelona-Madrid de Air Europa, sentado en la primera fila de Business, tuve que llamar la atención de la juerga que se oía en la cabina de pilotaje, con reproducción de música a gran volumen y con empleados de la compañía que iban como pasajeros con aspecto funesto (uno era del estilo del consejero delegado del grupo, Javier Hidalgo, pero vestido con un 5 por ciento del presupuesto del jefe y con la ropa marcadamente usada y audencia de champú). Pedí que por lo menos cerraran la puerta de “cockpit”. No sé si por represalia o porque la tripulación era francamente mala, no me ofrecieron nada en vuelo y lo tuve que reclamar.

Javier Taibo

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