Dos aeropuertos separados por 60 km. de autopista y casi tres veces de precio…

Dos aeropuertos separados por 60 km. de autopista y casi tres veces de precio. Tenía que ir de Madrid a La Coruña, ida y vuelta en el día, ruta cubierta por Iberia y por Air Europa y necesitaba alquilar un coche. La diferencia entre desplazarme a ese lugar o a Santiago de Compostela, servida por Iberia Express y Ryanair, era de 120 euros y el mismo vehículo en este último aeródromo y con la misma empresa era 30 euros menos. Se pueden imaginar a dónde fui. En el regreso descubrí que por fin en el aeropuerto de Labacolla de la capital de Galicia se ha habilitado una moderna sala VIP, bastante bien puesta y dotada de ‘catering’, que hace la espera muy agradable.

Iberia Express cambió el avión programado, de un A321, en el que tenía reservado un asiento de pasillo en la segunda salida de emergencia, a un A320, que hábil y eficientemente resolvieron cambiándome en el embarque a una plaza similar. Como no estaba seguro si el agente me había dicho si era la 14C u otra, en la puerta de la aeronave le pedí a la sobrecargo que lo verificara y lo ratificó, indicándome que tenía los dos asientos contiguos libres. Cuando llegué a mi butaca había un señor sentado en el 14A, a lo cual no di ninguna importancia.

Lo cómico es que, cuando estaba ya embarcado todo el mundo, la jefe de cabina se acercó con dos periódicos en la mano y discretamente de los entregó a ese compañero de viaje, que respondió agradeciéndolo. Pensé que era algún piloto o allegado, aunque me extrañó que me hubiera dicho poco antes que tenía los tres asientos para mí. Lo cómico es cuando dio la espalda ese individuo me miró y, en tierno arranque de sinceridad, me dijo con cara descompuesta y como sintiéndose culpable de algo: “No tengo ni idea porque me ha dado esto. Ni siquiera tenía que ir aquí, porque me he equivocado. Mi asiento es el 14F”.

Ya en vuelo, cuando comenzó el servicio, la sobrecargo se aproximó nuevamente puso una contenida cara de desconcierto mirando al viajero del 14A y a mi y finalmente me preguntó si deseaba tomar algo. En realidad, se había equivocado y todo iba dirigido a mi como titular de la tarjeta de viajero frecuente “Iberia Plus Infinita”, existiendo la indicación de acercarse a saludar y a ofrecerse, algo que casi siempre hacen en los vuelos de la matriz y de Air Nostrum, pero que fue la primera vez que me ocurría (y la última) en Iberia Express. Por eso me sorprendió más todavía.

Sufrí la huelga del servicio de taxi contra los VTC en el aeropuerto de Barcelona, que desgraciadamente ganaron los primeros, a diferencia de en Madrid, donde los victoriosos fueron los segundos, más modernos, baratos y con mejor servicio. Al no haber ese tipo de transporte y suponer que el segundo estaba saturado, utilicé el cómodo servicio de autobuses conocido como “Aerobús”, que une el aeropuerto con la Plaza de Cataluña, con dos paradas intermedias. En ese caso sólo llegaba hasta la Plaza de España, porque el destino final estaba bloqueado por los taxistas. El metro y Ferrocarriles de la Generalidad resolvieron el resto con relativa satisfacción.

La alegría me la pegó Air Europa con otro cambio de avión entre Madrid y Gran Canaria: De un Boeing 737-800, como estaba programado, a un Boeing 787-8 en Business. Un tremendo matiz de diferencia entre volar en uno y en otro. Es por lo mismo que cuando viajo a Londres/Heathrow, si puedo, utilizo el único vuelo diario que hay con Airbus A340-600. En esta ocasión, cuando iba a acceder al control de pasaportes automatizado, que desgraciadamente, si se aplica el Brexit, dejaremos de poder utilizar, un agente de aduanas me preguntó con toda amabilidad si llevaba algo de alcohol (tres botellas de vino) y mi procedencia. No me había ocurrido nunca y tampoco tuvo ninguna consecuencia, más que la anécdota.

En Londres estrené los nuevos mostradores de facturación de Iberia, que se emplean en lugar de los de British Airways, para evitar así las molestias derivadas del hecho que los sistemas informáticos de ambas aerolíneas se comuniquen mal y que, por tanto, saliendo del aeropuerto londinense era como si siempre fuera en un vuelo de la británica, aunque operado por la española, con inconvenientes como que los tripulantes de Iberia no tenían instrumentos para identificar a sus mejores clientes. En cualquier caso, se puede seguir utilizando el control de seguridad del First Wing de British y su la sala VIP de pasajeros de primera clase, que si bien está bastante saturada, es esplendorosa.

No entiendo muy bien a qué juega AENA con su política de pasillos móviles en los aeropuertos, ni cuál es el negocio, ni para quién. Tan pronto desaparece uno de ellos, sin dejar rastro, como al cabo de varios meses instalan otro totalmente nuevo, bastante ridículo y nuevo. En este caso me refiero al que quitaron y al que han instalado recientemente de nuevo de casi comunicación entre la terminal y el estacionamiento de pisos de vehículos. Y digo casi, porque es tan absurda la pequeña parte de la distancia que cubre, el pegote que parece visualmente y su escasa utilidad (en los pocos m. que abarca ni siquiera pueden introducirse los carritos de equipajes), que me huele muy mal.

JAVIER TAIBO

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