Tuve una nueva experiencia, que es la de acompañar en un par de vuelos a un pasajero de movilidad reducida (PMR)

Tuve una nueva experiencia, que es la de acompañar en un par de vuelos a un pasajero de movilidad reducida (PMR), motivada por una caída, y comprobar los afamados servicios gratuitos de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) a esos usuarios, materializados por una buena cantidad de gente con vestimenta amarilla que deambulan por todos los aeropuertos nacionales. Tengo que anticipar que me quedé gratamente sorprendido por la eficiencia y calidad en su desempeño y son propios de un país de primer nivel. Es más, dudo que en otras naciones occidentales tengan tanta y tan buena prestancia.

En primer lugar, es impresionante la facilidad para solicitar el servicio, ya que se puede pedir en una simple llamada a la compañía aérea, que sólo requiere un par de respuestas, como si el pasajero necesita asistencia hasta el mismo avión. Uno ya se puede olvidar hasta la llegada al aeropuerto, en donde, si se necesita, se pulsa un interfono para que acudan con una silla de ruedas al exterior de la terminal o se va directamente al muy bien instalado habitáculo preparado para los PMR. De ahí acompañan, en este caso en sillas de ruedas que facilitan ellos, al control de seguridad especial habilitado para ello, con personal que puedo calificar de profesional y agradable.

Una vez en el interior de la llamada “zona aire” y tras pasar por otro mostrador de registro, llevan a donde el usuario requiere, en mi caso a la sala VIP, en donde dejan al maltrecho ubicado en el lugar que desea, para pasar luego a recogerle cuando se aproxima el embarque (que en el caso de los pasajeros de movilidad reducida son los primeros). Para comprobar de pleno este servicio, se dio la circunstancia que el avión estaba en un estacionamiento remoto, con lo que hubo que descender a nivel de la planta baja, en la sala de llegadas de la terminal T2 de Barajas, para ir en un vehículo especializado a la aeronave.

Fue de esta forma que me subí por primera vez a un “Ambulift”, el camión habilitado para estos fines, que en una plataforma eleva las sillas de ruedas hasta la cabina del vehículo, que a su vez se alza autónomamente cuando está en el costado del avión hasta la altura de la primera puerta de la derecha (la contraria por la que abordan los pasajeros normales). La coordinación fue perfecta, pues cuando estábamos ya en el pasillo del Boeing 737-800 de Air Europa se aproximaba la primera jardinera con los otros clientes. Sólo temía de encontrarme a alguien conocido –algo habitual en mis vuelos a Mallorca- que me utilizara de pitorreo al verme en esta guisa.

La verdad es que acompañar a un PMR abre la dulzura y las ganas de ayudar de casi todo el mundo y la pregunta habitual es qué ha pasado. Sugerí a la afectada que insinuara que fue como consecuencia de una caída de caballo, en lugar de la verdad de una ridícula resbalón en un edificio de oficinas, pero no me hizo caso. En la llegada a Palma, aunque el aparcamiento de la aeronave tenía pasarela telescópica (finger), decidieron también que lo hiciéramos por “Ambulift” y, ya en la terminal, tras pasar por otro mostrador de registro de PMR, el asistente nos llevó en silla de ruedas hasta que nos subimos a un taxi.

El retorno fue similar, salvo porque en este caso fue en silla de ruedas hasta el acceso al avión en la pasarela telescópica. Como las reservas de ambos eran diferentes y a ella no le asignaban el asiento más idóneo por seguridad hasta la llegada al mostrador de facturación, el que tenía contiguo ya estaba ocupado y para ir juntos debíamos desplazarnos a la parte trasera del avión, lo cual era una complicación debido a su mala movilidad. No me preocupó, pues yo tenía butaca de salida de emergencia en pasillo, como es habitual, y eso era fácilmente intercambiable por el pasajero de la central al lado suyo.

Y más todavía cuando en el embarque me ofrecieron un ‘upgrade’ a Business en el asiento 1A, que acepté encantado, pues era todavía más intercambiable. De hecho, al abordar el primero me aposenté en la butaca central que quería canjear. Cuando se aproximó el interfecto, preguntó con cara de molestia –que parecía inherente al individuo- si esa era mi plaza. Raudamente le ofrecí un cambio de lugar, que no rechazó por la sorpresa, aunque de no buenos modos. Cuando le pude explicar que era a Business (previamente lo había hablado con la sobrecargo) le mutó la cara a simpática y amablemente me dijo que encantado. Sin comentarios.

La llegada a Madrid fue una vez más en remoto y nuevamente empleamos un “Ambulift”, en esta ocasión no solos, sino con otros tres PMR y sus acompañantes (uno de ellos todavía no entiendo cuál era su movilidad reducida, pues parecía más caradura). Y nuevamente fue todo facilidades, pues nos ofrecieron acompañarnos hasta el aparcamiento de vehículos con la silla de ruedas, pero convine  que era mejor que yo recogiera el coche y me esperaran en la terminal, lo que así ocurrió. Y encima, no aceptan propinas. Más no se puede pedir: Maravillas de AENA.

Javier Taibo

 

 

 

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