Hacía mucho que no volaba en British Airways

Hacía mucho que no volaba en British Airways y muchísimo más en alguno de sus aviones de largo alcance y me tocó un Boeing 777 entre Madrid y Londres/Heathrow en clase ejecutiva. Inútilmente intenté que me asignaran las primeras filas, que correspondían a First, pero prefieren dejar esa cabina libre, no aceptando siquiera a sus pasajeros de élite y de la alianza Oneworld. Siempre he escuchado críticas a su configuración de Business, con asientos contiguos lado enfrentados (la mitad miran hacia atrás y la otra hacia adelante, pero en principio no me desagradó la butaca, ni sus elementos, hasta que me percaté que absolutamente todos, menos dos, al salir del habitáculo respectivo molestan al pasajero de al lado o uno mismo.

Realmente la configuración es absurda e incluso la Primera me pareció solo una buena ejecutiva, sin demasiadas estridencias adicionales. El ‘catering’ tampoco fue ninguna maravilla, pero, sin duda, la experiencia es mejor que en la clase equivalente de un avión de la familia A320. Si bien los tripulantes de cabina de pasajeros no eran malos, no les calificaría de pulcros en sus actuaciones. Lo que sigue siendo muy buena es la zona de facturación, control de seguridad y acceso a la buena y bien dotada sala VIP de First y de pasajeros del máximo nivel de la alianza Oneworld, en donde, incluso, se puede comer a la carta.

Combinado con que en la salida hacia España no se pasa control de pasaporte, el conjunto es impecable. Las dos veces que he regresado de la capital del Reino Unido en Iberia han sido con tripulaciones sensacionales. En el primer caso operó un A340-600 y la sobrecargo me identificó de cuando volaba en aviones pequeños, por lo que me figuro que le impacté, aunque dudo que fuera positivamente. En el segundo, una tripulante de cabina de pasajeros me incentivó a que resolviera ‘sudokus’ difíciles, que me llevó a odiarla y decírselo. Lejos de ofenderse se pasó el vuelo riendo.

Lo mismo me ocurrió con una estupenda tripulación de la compañía española entre Madrid y Buenos Aires. Lo único negativo es que les tuve que mencionar por enésima vez desde hace años que la aduana argentina no requiere el impreso al efecto que reparten a todos los pasajeros (algo que también ocurre en Lima, cuando tampoco se necesita ya). Tanto en mis salidas a Argentina como a Londres me encontré un espectáculo de enormes colas para pasar el control de pasaportes en Barajas, lo cual no entiendo, pues no corresponde al incremento de tráfico, ni a que se haya reducido el número de policías en los mostradores, ni a que nos sometan a un control más exhaustivo.

Seguramente hice uno de los últimos vuelos al extranjero desde el Aeroparque “Jorge Newbery” de Buenos Aires, pues se va a restringir a las operaciones domésticas, excepto los enlaces a Montevideo. La verdad es que lo único que lamentaré es que está dentro de la ciudad, a diferencia del lejano Ezeiza, pues por todo lo demás es incómodo: saturado, sin sala VIP, con la mayor parte de los aviones estacionados remotamente, necesitando para abordar viejas y repletas jardineras y embarques a través de poco ergonómicas escaleras acarreando todo el equipaje de mano. Afortunadamente, para mi confort yendo a Santiago de Chile fui el único pasajero de la cabina de clase ejecutiva.

De Lima a Montevideo también iba vacía la fila uno, por lo cual, retrayendo la mesita central, pude apoltronarme para dormir, pues era un vuelo de madrugada. Lo que no se puede decir que sea de muy buen gusto es que LATAM no tiene acuerdo con las salas VIP del aeropuerto peruano y en sustitución entrega a sus mejores pasajeros un bono de 20 dólares para canjear en dos de los puestos de ‘fast food’ de la terminal. Afortunadamente tengo acceso a las salas VIP de casi todos los aeropuertos del mundo, con lo que palié la pena. Tras despegar y aterrizar con puntualidad exquisita, recibí dos horas más tarde un correo electrónico un mensaje de la aerolínea de matriz chilena sobre que mi vuelo tenía retraso en Lima. No pude aclarar el guirigay.

La sala VIP del aeropuerto uruguayo se ha remodelado… a peor. Ahora está más masificada y no es tan encantadora como antes, pero más que las enormes colas de ‘Sky Priority’ de Air France para volar a Buenos Aires. Parece que tiene más pasajeros que se merecen un trato prioritario que los que no. Todos los pasajeros en tránsito internacional en Ezeiza tienen que pasar un control de seguridad y algunos, no sé con qué criterio, de pasaporte, como yo, y no está claro si es de entrada o salida del país, de los dos, o de ninguno, pues no se inmigra ni emigra. Se trataba de uno de los últimos vuelos de la compañía francesa a Uruguay, a donde operaba a través de Argentina.

El retorno a España con Iberia fue, nuevamente muy bueno, aunque deberían mimar los interiores de los aviones, que no afecta a la seguridad y al funcionamiento, pero si a la estética. Cambiando de continente otra vez, no entiendo porqué unas veces llegando a París se pasa control de pasaportes y otras no. Para regresar elegí lamentablemente un vuelo de Iberia Express, que opera en el barracón que califican como terminal 3 de “Charles de Gaulle”, a la que sólo se puede acceder en taxi, carece de sala VIP y se embarca en autobús, en mi caso apeándonos para subir al avión en grupos separados de una decena de pasajeros porque estaba cargando combustible, algo ridículo teniendo en cuenta que el segundo piloto estuvo hablando mucho rato con su teléfono móvil al lado del vehículo que conecta la red de hidrantes con el depósito del A320. Detesto Iberia Express.

JAVIER TAIBO

 

 

 

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