Definitivamente, lo único que tiene bueno Aeroméxico son los asientos de clase ejecutiva…

Definitivamente, lo único que tiene bueno Aeroméxico son los asientos de clase ejecutiva de sus Boeing 787-9. De Santiago a la capital de su país vinieron a tratar de desalojarme de mi butaca de la segunda cabina de “Business”, donde estaban otras dos personas, excusándolo por un tema de peso y centrado del avión. A mi pregunta de a qué venía tamaña estupidez en ese modelo de aeronave y, pensando que por qué me lo decían a mí y no a ninguno de los otros dos presuntos clientes, me percaté que esos eran empleados de esa empresa y lo que pretendían era dedicar esa parte del avión a los colegas.

Para ir de Ciudad de México a Madrid, cuando llegué a la terminal me dirigí al control de seguridad que marcaba la puerta de embarque en los paneles informativos, donde me dijeron que tenía que ir al que estaba en la otra punta, motivado porque esa inspección de los vuelos a Madrid se realizaba por allí. Después de la caminata, padecí por el hecho que tenía que someterme a la inspección en la línea de los pasajeros en tránsito, que estaba repleta, mientras los otros escáneres se mantenían casi vacíos. Tras esta juerga tuve que recorrer por la zona aire el camino de vuelta hasta la altura donde estaba asignada la puerta, que se situaba donde el primer control.

Estuve nuevamente en la espantosa y abarrotada sala VIP de la compañía mexicana hasta el embarque. Ya a bordo, hicieron en cabina un “upgrade” a un pasajero, que obviamente era colega de la tripulación, pues vinieron a conversar con él prácticamente todos y a saludarle con un respeto que no brindaban hacia los clientes. Era tan exagerado que tuve que protestar, dado que uno de los tripulantes de cabina de pasajeros hablaba con él de temas laborales como si silbara en mi oído, apoyado y moviendo la carcasa de la butaca que ocupaba yo. La reacción es que a mí no me dieron el “kit” de aseo, ni el menú, ni auriculares y tenía que reclamarlo todo… hasta que se dieron cuenta que mis relaciones iban más allá de lo que les convenía y me asignaron a la azafata más guapa para atenderme. Es decir, además de malos, mongólicos.

Hacía mucho tiempo que no llegaba a la zona de la T1 de Barajas en la que hay que pasar control de pasaportes y descubrí que sus transformaciones la han hecho francamente incómoda, obligando a subir y bajar escaleras repetidamente con todo el equipaje de mano a cuestas. Volviendo al 787, quedé alucinado cuando una tripulante de cabina de pasajeros de Air Europa, que sentaron al lado como pasajera en una salida de emergencia yendo a Tenerife-Norte y que no paraba de hablar, me dijo contundentemente que en los cursos su compañía les informaron que el “Dreamliner” (que es como Boeing apoda a ese birreactor) era exclusivo a nivel mundial de Air Europa, como si de una versión específica se tratara. Lo peor, es que no parecía inventarlo.

En Lima tuve un cambio de planes por temas personales, pues me desplazaba en la jornada a Guayaquil y en la siguiente desde la ciudad ecuatoriana a Madrid. Decidí cortar el viaje y regresar a España desde la capital peruana, realizando el cambio de billete, pero, gracias a la gente de Iberia, que cada vez funciona mejor, descubrí que había un vuelo que llevaba dos días tirado en Lima por una avería y retornaba vacío en su clase ejecutiva unas ocho horas antes que en el que me habían reprogramado, autorizando a que embarcara en él.

Para compensar a la tripulación, les dije desde el principio lo que quería durante el vuelo y que no montaran los productos en “trolleys” e incluso que no quedara nadie de guardia por la noche en el “galley”), algo que rechazaron para  atender a “cockpit”, y me trataron divinamente, como creo que yo también hice con ellos. La verdad es que fue uno de los vuelos que hice más originales en Iberia de mi vida.

En la cinta de recogida de equipajes había un cretino con aspecto de inmigrante ilegal caradura, aunque relativamente bien vestido, con una carpeta y repartiendo tarjetas entre los pocos pasajeros de turista que no habían conseguido recolocar en otras líneas y no estaban en tránsito, ofreciéndoles servicios de reclamaciones contra Iberia por el retraso, que se debía a una avería en la presurización. Tuvo la mala pata de preguntarme si venía de Lima, ofreciéndome con la mano una tarjeta de visita, que le dejé en su pezuña y le contesté que no tenía ningún derecho a reclamar. Como el muy imbécil consideró que yo era idiota, empezó a tratar de explicarme que sí, cortándole yo con la pregunta de si él era pasajero de ese vuelo, diciéndome que no.

Le inquirí si poseía tarjeta de seguridad aeroportuaria para acceder allí y el muy tonto, en lugar de replicar qué me importaba, aseguró que no. Le interrogué que cómo estaba entonces allí y el estúpido confesó que había entrado con una tarjeta de embarque por la zona de salidas. O sea, que un señor ilegal vendía servicios sobre los supuestos derechos de los pasajeros. Le dije que iba a avisar a la Guardia Civil, como así fue, y desapareció. Los viajeros peruanos a los que les había seducido me preguntaron si yo era el mecánico que había reparado el avión. Es decir, que retrasados mentales hay por todos los lados.
Marzo 2017
JAVIER TAIBO

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