Había programado embarcar en un vuelo intercontinental…

Había programado embarcar en un vuelo intercontinental desde Barcelona a las nueve de la mañana con mi aerolínea favorita, Singapore, y, pensando en estar cerca, opté por alojarme el día anterior en el hotel Tryp cercano al aeropuerto. Craso error: el mostrador del nivel “Platino” –del que soy miembro- del programa de viajeros frecuentes de la cadena Meliá, a la que pertenece, no lo atendía nadie y sólo había una persona, absolutamente ineficiente, además, para hacer el “check-in” de la docena de pasajeros que llegamos a granel en la furgoneta gratuita para clientes que orece desde la terminal.
Ni en una pensión creo que el servicio fuera tan malo y he tomado nota que compensa más dormir en el centro de la ciudad, a donde, por otro lado, tenía que ir para una cena. Por supuesto, tampoco había nadie para ayudar con las maletas o, simplemente, acompañar al viajero a su habitación y, en la jornada siguiente el largo recorrido para ir al aeropuerto en la misma furgoneta era acudiendo primero a la vieja terminal, para luego dirigirnos a la nueva, perdiendo más de quince minutos, pues las distancias son largas. No me van volver a ver mucho en ese establecimiento. El Madrid-Bacelona fue el primer salto de un periplo que me llevaría después a una reunión en el aeropuerto de São Paulo, para continuar a Santiago de Chile, en esta ocasión con Lan.
Dos días y medio antes de iniciarlo había regresado ya de América, donde decidí dejar mi maleta con mis productos personales, pues consideré que no era muy práctico que mi ropa y elementos de aseo recorrieran más de veinte mil kilómetros inútilmente, sólo por pasearla. Pero, a cambio, tenía que acarrear cuarenta kilogramos de papeles e informática hasta la capital andina. Desconfié de los tiempos y las conexiones en relación a que mi equipaje hiciera el tránsito correctamente y hubiera sido un problema irremediable el que algo se extraviara y no llegara oportunamente a mi destino final.
Necesitaba todo al llegar al país andino y, en estas condiciones, opté por llevar como equipaje de mano las cuatro decenas de kilos, sin que nadie se enterara, ni me llamara la atención, aunque incluso para las clases primera y ejecutivas era demasiado. Estoy convencido que soy una persona que conoce muy bien el transporte aéreo y sé cómo hacer estas cosas desapercibidamente. Doce mil horas de vuelo como pasajero avalan muchas cosas. Así lo hice y las ruedas de mi gran cartera de mano, apta para acomodarse en los maleteros superiores de cualquier aeronave, demostraron su resistencia en aras de mi mejor confort. En todo caso, no me dan muchas ganas de repetirlo, especialmente por los momentos en los que tenía que elevar mi pesada carga.
Un par de días después de llegar a la capital chilena me llamó una señora del departamento que se ocupa de atención al cliente de Lan, haciéndose eco de los graves incidentes que había tenido en dos vuelos anteriores con esa compañía -y que relaté en páginas anteriores- y pedir unas sinceras disculpas. Su humildad, insistencia en compensar y forma de expresarse lograron que le otorgue un voto de confianza a esa aerolínea. Esa persona se lo merece y deberían darle un diploma por su profesionalidad, pues he decidido poner el contador a cero y eliminar el veto que había impuesto y eso, conociéndome, es un hito.
De retorno, facturé en São Paulo la maleta hasta mi destino final de la capital de España, pues enlazaba el vuelo de Singapore con uno de Iberia. Mi sorpresa es que la maleta no pasó aduana, pues la retiré directamente en Madrid en la cinta correspondiente al vuelo doméstico. Me figuro que, por lo menos, en Barcelona la pasarían por un escáner, que no sé qué información de productos de contrabando puede dar a la Guardia Civil. Cambiando de tema, ya que al parecer estoy en mi mes de la bondad, tengo que reconocer el buen hacer en Palma de los empleados de “handling” de la hermana de Air Europa, Ground Force. No es la primera vez que me resuelven inquietudes que no tienen porqué, solícitamente y con una sonrisa. La verdad es que da gusto, en general, facturar y embarcar con ellos en el aeropuerto de Son Sant Joan.
Volé entre Madrid y Palma por primera vez en uno de los A330 de Air Europa que los responsables de esta empresa definieron descaradamente que tenían una configuración en toda la cabina de clase ejecutiva, y que esta revista contestó contundentemente que esa información era falsa, y que la realidad consistía que estaba dotado todo el avión de una económica con unos asientos un poco mejores. Bueno, pues ya puedo reconfirmar en primera persona que es así y, para colmo cómico, comercializado completamente en turista, sin Business.
Voy a seguir siendo positivo: Tengo que felicitar a Iberia por haber “recuperado” sus salas VIP de Madrid/Barajas, que desde hacía años estaban manejadas por la cadena hotelera Meliá, para dar este servicio en propio. Ahora todo el personal es de Iberia, muy bien instruido y pendiente de todo, mejorando notablemente la calidad de cara a los mejores clientes de la aerolínea española. Sin duda ha sido un gran acierto este cambio de timón y como tal lo valoro. Hace no mucho Iberia merecía muchas más críticas que halagos y hoy es justo al contrario. Ojalá sigan así.

Mayo 2016
JAVIER TAIBO

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