Definitivamente, no tengo suerte con Avianca…

Definitivamente, no tengo suerte con Avianca. Hice un vuelo con ellos después de mucho tiempo, tras hacerme perder en el pasado conexiones y obligándome a dormir en lugares que no deseaba. No obstante, opté por ir a Bogotá y seguir a Santiago de Chile, estrenando sus nuevos Boeing 787 en ambas rutas. En Madrid utilizan la sala VIP de Iberia, que es bastante mejor que la que gestiona AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea). La cabina de clase ejecutiva, es moderna y con asientos muy aceptables (cuatro por fila en espiga), pero por el mismo precio yo hubiera puesto un mamparo de separación al lado del reposabrazos, que lo convertiría sin mayor problema, ni coste, en una cabina privada.
En mi caso hubiera sido vital para no haber deseado ser Herodes, pues, pasillo por medio, se aposentó una joven y rellena mamá con un humano corto o pequeño, que se dedicó a berrear potentemente en plan capricho cada vez que le venía en gana, provocando la sonrisa en su progenitora y de una de las no guapas azafatas y las ganas de emplear anestesia en mí. Unos auriculares bastante buenos y que el proyecto de humanoide tenía sueño amortiguaron el sufrimiento. El sistema de entretenimiento y la pantalla estaban bastante bien.
El servicio a bordo fue mediocre, no abundante, ni de calidad magnífica, pero cubría el expediente y lo más destacado era una rosa fresca en cada salto, un bonito detalle, aunque un poco insípido sin vinagreta. La butaca, que se reclinaba hasta convertirse en una cama completamente horizontal, aunque con mi metro y noventa centímetros ligeramente corta, estaba bien, aunque prefiero la de Iberia. Cuenta con un buen receptáculo para depositar objetos. El edredón palió la baja temperatura en la que se mantuvo la segunda cabina de clase ejecutiva, pese a mis protestas.
Algo que empieza a sorprender en los tiempos modernos es que carece de comunicaciones por satélite para los pasajeros, ni de voz, ni de datos. Los baños están muy bien, pero mal equipados, pues existe un receptáculo para frasquitos de colonia, crema hidratante y jabón líquido, que dejan vacío. Mejor hubiera sido que no lo habilitaran. En la llegada a la capital colombiana aparcaron el avión, como siempre que vuelo, casi en el punto más alejado a la salida, algo a lo que no solo estoy acostumbrado, sino que cada vez me gusta más para caminar rápido.
Para ir a Santiago, la sala VIP es como un “snack bar” bien montado y carente de lujos y con escasa dotación de alimentos, estando a la hora que lo utilicé demasiado atiborrado de gente. El embarque para Chile se producía en la puerta más alejada de la sala VIP –no podía ser de otra forma– y estaba organizado por la aerolínea colombiana, algo usual en ella empresa, como el ejército de Pancho Villa. De hecho decidí abordar por la fila que parecía de clase turista, pues no había ninguna indicada como preferencial y las agentes de Avianca me dijeron que era la más abarrotada. En este caso había optado por un asiento de ventanilla de la primera fila (que con esa configuración es también de pasillo), que tiene como defecto que no hay armario superior para equipaje destinado a las plazas centrales, con lo cual sus clientes emplean los laterales. En todo caso hay espacio suficiente.
Nos obsequiaron con un nuevo “kit” de aseo, que no es como para regalárselo a una amante por su cumpleaños, y de la cena hago los mismos comentarios que en el salto intercontinental. Quise concluirla con una café expreso cortado, del que al cabo de un rato una no grácil tripulante de cabina de pasajeros vino para aclarar que no había entendido lo que deseaba y que se lo explicara mejor. Nadie tiene la obligación de expresarse como yo y le pedí un café expreso con un poco de leche. Me trajo un café solo, ya que según ella el expreso no lleva nada de leche. Tengo que mirar en Internet como hay que solicitarlo.
La llegada a Santiago estuvo muy bien, pues desembarqué rápido, pasé el control de pasaportes sin esperas y cuando llegué a la cinta de equipajes sorprendentemente estaban saliendo ya las maletas, incluyendo la primera de las tres mías. Parecía increíble. Pero para la segunda tuve que esperar hasta el final y la tercera no llegó. Acudí al mostrador de reclamaciones de Avianca, en donde una amable señorita rellenó el impreso correspondiente y, para mi alegría, comprobó en su sistema que la faltante estaba localizada en Bogotá y que no había conectado como las otras dos, anunciándome que estaba previsto que aterrizara en Chile diez horas más tarde, en un vuelo ya determinado y que me la llevarían al hotel, lo cual fue satisfactorio, incluso más cómodo que salir por la aduana como si me trasladara a vivir allí.
A última hora de la tarde llamé al teléfono local –aunque respondían en Colombia– que me facilitaron, pues no la habían entregado en mi alojamiento, y ahí empecé a preocuparme, pues la señorita me dijo que no tenían información, que parecía que estaba en Bogotá, pero sin datos. Al día siguiente por la mañana me contestaron casi lo mismo, pero aclaré, gracias a las pesquisas de un amigo, que estaba mal codificada, encareciendo que lo corrigieran. Pocas horas más tarde recibí un correo electrónico informándome que la maleta había llegado a Santiago. Un día y medio después de aterrizar yo, la entregaron en el hotel.

Diciembre 2016
JAVIER TAIBO

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