Marzo 2015

Por motivos personales, pasé casi dos meses volando muy poco, dos escasas idas a París, otros tantas a Palma y una Canarias. Para compensar, en tres semanas fui a la capital Balear, Las Palmas, Tenerife, Toulouse, Buenos Aires, Lima, Santiago de Chile y Montevideo. No apetece comprobar que todo, incluyendo mi fobia a muchas cosas, se conserva. Empezaré con la Air Europa de mis pesares.

En un Gran Canaria-Madrid, en el embarque comprobé un ligero cambio en el avión programado, de un gran A330 (en el que iba en el asiento 7B, es decir, un pasillo de la primera salida de emergencia) a un repelente Boeing 737. Comprobé nuevamente que un Platino de su programa de viajeros frecuentes tiene los mismos beneficios para volar que un socio de un bingo en Despeñaperros, porque me asignaron el mismo número de butaca, que en este caso correspondía en una central normal. Primer “pollo” que monté y se resolvió derivándome a una salida de emergencia en pasillo.

Al lugar de ventanilla se cambió, tras embarcar todos, uno de esos simpáticos individuos que toman posesión sin preguntar de la plaza que ha quedado libre entre los dos, depositando todo tipo de artículos. En esas situaciones me dedico a poner con toda la mala leche condensada de la casera detritos míos y a comprimir al máximo su chaqueta en el maletero. Cosas de la edad y de mis deficiencias neurológicas, pero me quedo tan a gusto…

Hair Heuropa creo que sigue sin creerse que es una regular y mantiene hábitos de zarrapastrosa, muy lejanos a la calidad que se le exige como miembro de la alianza “Skyteam”. En un Madrid-Palma operado con A330 intentaba, como siempre, ir en salida de emergencia, pero en el mapa de asientos la primera fila de turista aparecía la 15 y no me cuadraba que hubieran configurado tantas de clase ejecutiva. Opté por resolverlo en el mostrador de facturación y surgió la misma historia. A la agente le dije que hasta ahora la fila 7 era la primera de turista y de salida de emergencia en los A330, a lo que me respondió con contundente seriedad que no era ese modelo, si no un Airbus. Al final tuve que ir en la segunda, que correspondía a la 40. En el embarque me precedieron un directivo y un asesor de la compañía a los cuales, con tarjeta de embarque de clase económica, les comunicaron delante de mí que les habían pasado a ejecutiva. Seguí siendo socio del bingo.

Tras aterrizar en el Aeroparque “Jorge Newbery” de la inconmensurable capital de Crtistina Fernández, viuda de Kirchner, con Lan, nos estacionaron en un lugar remoto, para llevarnos a la terminal en un destartalado y repleto autobús. Un argentino me increpó preguntando si era la primera vez que iba en “micro” (autobús para el porteño), para que me fundiera más con las barras del vehículo y los otros pasajeros, a lo que, con el pitorreo de los vecinos, le dije que sí y que dónde y quién de mis allegados nos había presentado para que me tuteara (allí vos). Por el contrario, en Montevideo, también en Lan, el embarque era a un avión igualmente estacionado en remoto. Cuando bajé a la plataforma, un agente me preguntó si iba en clase ejecutiva y, al responder que si, me indicó que subiera a un microbús exclusivo, en el que montaron otros cinco pasajeros, a los que tampoco pidieron que enseñaran la tarjeta de embarque. Sólo dos a bordo íbamos en “business”.

Con la misma compañía chilena fui a Lima. El embarque fue patético e hilarante, ya que se hizo por sectores (los niños, clase ejecutiva y miembros de las categorías nobles del programa de viajeros frecuentes; luego de una determinada fila al final; y, finalmente, del principio de turista a la mitad), para luego mezclarnos todos en el autobús y subir al avión como el ejército de Pancho Villa. En Perú, tras recoger mi equipaje de la cinta, otro de sus agentes me conminó a que le enseñara el justificante de que era mío. Le repliqué que no estaba acostumbrado a robar maletas y que ese documento era mío y un instrumento para cualquier reclamación. Tuve que hablar con un supervisor, que me dio la razón y se disculpó. Estoy harto de los John Wayne del sector.

El vuelo estaba dotado de un moderno sistema de entretenimiento en el que el pasajero enlaza su ordenador portátil o teléfono móvil con él mediante “wi-fi”. Así lo anunciaron solemnemente. No funcionó en todo el vuelo. Tengo claro que los premios a las mejores salas VIP de los aeropuertos deben de ser de pago, porque proclaman como que ha salido galardonada como tal una del aeropuerto ‘Jorge Chávez’ de la capital peruana, que para mí es de las más abarrotadas, peor amuebladas y atendidas, incómodas, con menos prensa y pésimo “catering” entre de las que conozco.

Terminaré con una guarrada. Tras el despegue en un vuelo intercontinental de Iberia, el primer usuario del aseo delantero de Business Plus tras apagar la señal de cinturones fue un vicechofer (creo que hay gente que les llama copilotos). Sus evacuaciones eran visibles porque no pulsó para higienizar con líquidos el retrete y el lavabo estaba virgen, con lo cual no se limpió las manos. Tardé en olvidar la arcada.

JAVIER TAIBO

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