Diciembre 2014

El 22 de noviembre, en la sección “Top Secret, el confidencial de Canarias”, de “Canarias Ahora”, el primer periódico digital del archipiélago, leí mi página, mejor que si yo lo hubiera hecho. Lo reproduzco literalmente, pues era yo uno de los protagonistas, con motivo de un vuelo que hice en Air Europa: «Menos mal que en medio de tanto disparate político ocurren cosas sandungueras que nos permitan terminar esta sección de hoy con un poco de vacilón. Aunque a uno de los protagonistas de esta historia no haya hecho puñetera gracia lo ocurrido en el vuelo de la tarde de este viernes de Air Europa Madrid-Gran Canaria. Es el vuelo preferido de José Manuel Soria y de muchos grancanarios que tienen que regresar al finalizar la semana a su tierra, lo que lo convierte en algo muy apetitoso. El gesto de las autoridades (no de todas, eh) de renunciar a viajar en Business por temor a las críticas, ha obligado a José Manuel Soria a volar en Misery Class, pero como hasta en esa categoría hay clases, nuestro ministro favorito opta siempre a butacas en salida de emergencia, que tienen un mayor espacio entre asientos y por las que habitualmente se cobra un precio adicional al del billete de turista. Salvo que se disponga de una tarjeta de fidelización Platino, que viene siendo la que tiene el otro protagonista de este cuento, que al facturar eligió butaca en la primera salida de emergencia de la cabina de turista. Cuando fue a embarcar y presentó su tarjeta de embarque, la auxiliar de tierra le indicó que se había cambiado la configuración del avión (un Airbus 330) y que le trasladaban a otra salida de emergencia, situada más atrás. El hombre tragó con la explicación, pero cuando entró en el avión observó dos cosas: que no había cambiado la configuración del aparato ni nada que se le pareciera y que en la butaca que inicialmente había reservado se encontraba tan ricamente sentado el ministro Soria. Se resignó y siguió hasta la siguiente salida de emergencia donde, oh, sorpresa, había otro pasajero que mostraba a los aeromozos su tarjeta de embarque, que efectivamente se correspondía con el lugar que ocupaba. Así las cosas, el pasajero desplazado de su butaca por el capricho del ministro Soria protestó a la tripulación, lo que obligó a intervenir al sobrecargo del vuelo, incapaz de ofrecer sin embargo al afectado ninguna alternativa que no fuera volar en una butaca estándar y casi en la cola de la aeronave. Todo ello tras desembarcar al pasajero y tratar de encontrar otro acomodo en el mostrador de embarque. Eso sí, el sobrecargo, que no tuvo el detalle de recolocar al cabreado cliente Platino en una clase superior para compensar el desaguisado, fue el único que le dio la razón por ese lamentable incidente. El destino ha querido, desgraciadamente para Soria y para Air Europa, que el perjudicado por tamaña cacicada sea el director de una revista especializada en aviación comercial y aeropuertos, donde seguramente relatará mucho mejor que nosotros este enojoso suceso».

Cada vez me arrepiento más de mis apetencias de probar aerolíneas en las que no he volado nunca. Me estrené con TAME, que pese a su denominación alargada de Transportes Aéreos Militares Ecuatorianos, es una compañía comercial normal, con una flota moderna, aunque mal cuidada, y unos estándares de servicio que pretenden fallidamente ser buenos. Imprimí en el hotel de Lima la tarjeta de embarque para volar a Quito, pero cuando llegué al aeropuerto resultó que no servía de nada. Viajaba con un colega, que masoquistamente quería ir sentado al lado mío: primero me dijeron que el de al lado estaba ocupado; me cambiaron a otro a mí y después indicaron que estaba lleno y que tendríamos que ir separados… Al final, de las doce plazas de Business del Embraer 190, sólo había cuatro ocupadas, incluyéndonos a nosotros.

En la sala VIP anunciaron el embarque más o menos a la hora y cuando alcanzamos la puerta nos quedamos atónitos: El avión estaba estacionando en ese momento. Protesté a la inútil que había en el mostrador de embarque, que era la misma que nos hizo la facturación, y fue como si hablara como un florero destartalado. El descontrol no acabó ahí. Si bien tenía auténticos butacones a la vieja usanza de clase ejecutiva, el mantenimiento de interiores era malo, generando una imagen bochornosa en un avión que es casi nuevo. En el aire, la guapa sobrecargo le sirvió la cena a un pasajero de la fila uno y acto seguido se fue hacia atrás durante unos cinco minutos. Descartando que mi tarifa no incluyera “catering”, pensé que había algún problema de salud con un pasajero en turista, me levanté y vi que los tres tripulantes auxiliares en la cola, me figuré que reanimando al cliente.

Esperé unos minutos más hasta que me acerqué para descubrir que la jefa y una azafata observaban a un compañero cómo intentaba abrir una botella de vino. Le pregunté que si no pensaban continuar sirviendo la cena (que era de restaurante de menos dos tenedores) y me dijo que es que tenían un problema con el sacacorchos. Están locos. Inmigración en el nuevo aeropuerto de la capital ecuatoriana fue tedioso, ya que tenían un problema informático, y de ahí cuarenta minutos de carretera de madrugada hasta el hotel.

JAVIER TAIBO

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