Septiembre 2014

Me gustaba e incluso sentía una liviana ilusión, pues pocas veces tengo oportunidades, tener nuevas experiencias en el transporte aéreo, ya que por los variados lugares en los que me muevo lo tengo casi todo trillado. Se desvaneció ese anhelo tras probar la boliviana Amaszonas. Si alguna vez le pasa por la cabeza, quítesela, pues es lo peor que he sufrido en mucho tiempo. Salir de La Paz no es fácil. Pocos vuelos directos tiene con el resto de América y con horarios inadecuados. La única solución que encontré para ir a Asunción fue utilizar ese engendro, con escala en Santa Cruz de la Sierra, el aeropuerto boliviano con más tráfico, al estar el de la capital penalizado por sus 4.000 m. de altitud.

Fue imposible comprar el billete a través de Internet y lo formalicé a través de una agencia de viajes española, canalizado mediante un agente general de ventas que representa a raras compañías. Facturé a través de la red en un asiento de pasillo de la primera fila, como no, pero, al viajar con un colega, en el aeropuerto solicité que nos cambiaran a una salida de emergencia del veterano Bombardier CRJ de medio centenar de plazas. Ahí ratifiqué que esa compañía es extraña y que los empleados no tienen ni idea de lo que manejan: La fila 8 a la izquierda era de salida de emergencia, pera a la derecha correspondía a la 7.

En el control de seguridad nos impidieron el paso, porque el vuelo no estaba cargado aún en el sistema para comprobar el pago de impuestos (que hasta hace poco se abonaban en una ventanilla separada y no los recaudaba la aerolínea). Sólo pudimos acceder unos 30 minutos antes, para esperar en una desangelada sala de preembarque. Como el avión no iba, ni mucho menos, lleno, por lo menos pudimos cambiarnos a cuatro butacas libres al final del avión, sin consultar a la única y atontada azafata, que estaba allí como de adorno. La demostración de medidas de seguridad fue hilarante (en los dos saltos), leyendo una frase, dejando el micrófono y repitiendo con mímica lo que había expresado verbalmente, por cierto sólo en español.

Previamente, en vez de la típica voz que rezan en todas las aerolíneas del mundo de “siguiendo normas internacionales de aviación civil”, en el país de Evo Morales es: “siguiendo normas bolivianas de aviación civil”, lo cual da risa o ganas de salir corriendo, por supuesto sólo los pasajeros que entienden el español. En el avión no hay cabezales para prevenir que uno se contagie de piojos del cliente sentado allí en el salto anterior. En el aire, un refresco y ni una sonrisa. La tripulante de cabina al final del vuelo estuvo unos 10 minutos apoltronada en la última fila, en lugar de en su puesto en la parte delantera del avión. El comandante era español, seguramente otra víctima de la crisis.

Ese tramo a Santa Cruz fue suave. Lo peor estaba por venir. A bordo nadie dijo qué teníamos que hacer los pasajeros que, con el mismo número de vuelo, seguíamos a Paraguay, que resultó que éramos sólo nosotros dos. Entrando en la terminal le pregunté a una joven con el uniforme de tierra de Amaszonas, que parece de camarero de McDonnald’s de una playa de tercer nivel en Malta, y nos dijo que esperáramos en una esquina, mientras recuperaba a los otros. No recuperó a nadie, porque no había más, pero allí nos tuvo 15 minutos, para luego pedirnos que le acompañáramos a hacer el tránsito.

Este consistió en salir de la zona de entrega de equipajes, ir a la de embarque, pasar el control de seguridad y el de inmigración, es decir, que nos podía haber dicho que actuáramos como todos los pasajeros que partían de Santa Cruz, en lugar de hacernos esperar. Tras visar el pasaporte, fuimos a otro control de tráfico de drogas, pensado más de cara a la galería que por su efectividad, pero… estaba cerrado y una policía dijo que teníamos que esperar 25 minutos hasta que llegara el personal correspondiente, en un pasillo sin asientos y sin la posibilidad de volver atrás, pues ya habíamos salido del país formalmente.

Se hizo una cola de 23 personas, que eran todas, menos dos, las que íbamos a Asunción, mientras la pareja remanente se saltó la cola y el control saludando a la policía que nos hizo esperar, sin que nadie mirara sus bolsas, en un país en el que en los edificios públicos se ve el lema de que todos son iguales. Tampoco respetaron la cola los tres tripulantes del vuelo. Cuando nos liberaron fuimos a la sala de preembarque, amenizada con pantallas de video con “clips” de famosos y modernos cantantes españoles, como José Feliciano, Dyango y otros, que seguramente los jóvenes de hoy no conocen.

Embarcamos en otro CRJ, con anticuada decoración diferente y en el que los asientos de la izquierda y la derecha coincidían en numeración, con lo que asumimos toda la fila de salidas de emergencia del ala. Frente a la hora de vuelo del primer tramo, este fue de unos 100 minutos y hubo más refrescos y un “sandwich” de presunto salchichón y queso, con un sobrecito de mayonesa. Aunque esta salsa la considero para otras cosas, era tan incomible y seco que opté por ponérsela, ya que no estaría en el hotel de Paraguay hasta la medianoche.

JAVIER TAIBO

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