Abril 2014

En marzo volé como nunca antes lo había hecho. Estuve y, en casi todos los casos un par de veces, en Santiago de Chile, Lima, São Paulo, Helsinki, Tallin, Amsterdam, Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca. No estoy seguro que batir mis propios records en este campo sea bueno para mi cuerpo, pero es lo que hay. Hice entre São Paulo y Santiago de Chile un vuelo fabuloso, pese a 45 minutos de retraso embarcado porque el pasaje llegaba a cuenta gotas. No sé si yo tenía mi día del lustro simpático, que es posible, o que a la responsable de servicio a bordo (sobrecargo o jefa de cabina) le caí bien, pero al poco de irnos al aire ya empezó a tratarme de tú y “mi querido Javiercito” y a ser agradablemente cariñosa, acusándome de que la desconcentraba y que en el embarque le decía a los pasajeros “good bye” por mi culpa. Para que luego digan que soy un ogro.

Hacía mucho que no volaba en KLM en clase turista en líneas intraeuropeas y en cuatro días lo materialicé cuatro veces. Realmente su personal es amabilísimo y ofrecen a menudo bebidas, “sandwichs” (eso sí, siempre iguales) y galletas. Además, en las dos ocasiones que pasé por Amsterdam para conectar a Helsinki y a Madrid, el avión estacionó en la puerta de enfrente a la de salida. Me hace gracia que en la sala VIP de la compañía holandesa se mantenga una zona para fumadores. Fue una muy buena experiencia con una puntualidad exquisita.

Fruto de la globalización, me desplacé de la capital finlandesa a Tallin en un ATR 72-500 de la británica Flybe operando para Finnair en “wet lease”. Comprendo que mayoritariamente BinterCanarias y Air Nostrum obtengan el premio a la mejor aerolínea regional europea. El aeropuerto de la capital de Estonia es una preciosidad, con detalles de moderna decoración que llaman la atención y por todos los sitios se encuentra “wifi” gratuito y sin necesidad de introducir malditas claves, incluyendo en la ciudad.

Estrené en un vuelo intercontinental –el más largo de su red– la nueva configuración de la Business Plus de Iberia, que generaba ciertas dudas, pese a haber tenido la oportunidad en su día de participar como cliente en el proceso de selección de las nuevas butacas y haberla utilizado en un Madrid-París. Tenía claro que me gustan sus asientos de ventanilla, que dan una privacidad sensacional a un autista como yo, pero quería comprobar la ergonomía en un enlace a gran distancia y, sobre todo, reclinado a la posición completamente horizontal, con los pies de un pasajero de 1,9 m. de altura, ya que se estrechaba significativamente.

Pues pasó la prueba con sobresaliente y me ha encantado. Es cómodo y permite no ver al resto de los pasajeros. Incluso la mesa puesta en posición vertical sirve como una portezuela que le aleja al viajero más todavía del resto de la clientela. El sistema de entretenimiento es mucho mejor que el que había, aunque con la demora en su implementación quizás se ha quedado ya un poco atrasado, si bien no dudo en calificarlo de bueno, y en este A340-600 en cuestión no estaba habilitada todavía la comunicación por satélite, que permitirá estar conectado a Internet y hablar por teléfono a través de los propios aparatos celulares.

Existen múltiples habitáculos y lugares para depositar enseres propios, acrecentando la comodidad, y las mantas son mucho mejores, aderezado todo por un magnífico “catering” saliendo de Madrid. Por primera vez llevé un perrito (1,15 kg.) en un vuelo intercontinental, obviamente en cabina de pasajeros, algo que fue una experiencia única por lo bien que se portó. Ni lloró, ni ladró, ni hizo sus necesidades hasta que llegamos al destino y comió y bebió perfectamente. El aislamiento que permiten las nuevas butacas contribuyó mucho a ello. Y su proceso de internación en Chile fue mucho mejor y simpático que el de productos alimenticios, que en algunos casos es imposible. Fue uno de los mejores y más alucinantes vuelos de mi vida.

El retorno no fue igual, pues se trataba de un avión con la antigua configuración, aunque, para compensar, iba como a la mitad de plazas ocupadas en Business Plus. La nota disonante, como la mayor parte de las veces, la tuvo la tripulación técnica, permitiendo el acceso en vuelo a la cabina de pilotaje -algo que está terminantemente prohibido por seguridad y más con el síndrome del 777 malayo- a una pasajera joven, de las que mucha gente calificaría antaño de “tía buena”, que viajaba en el asiento 30H de clase turista. Moraleja, muchos pilotos de SEPLA esgrimen la seguridad para intentar con difamaciones atacar a sus empresas en momentos de conflictos laborales y, como siempre, hacen lo que les viene en gana, cuando les da la gana. Habrán firmado un acuerdo con Iberia, pero sus desmanes no terminarán nunca.

Lo he intentado muchas veces, pero tiro la toalla. Creo que no lo conseguiré nunca. Es imposible que en el aeropuerto de Roma/Fiumicino no estacionen mi avión en una zona remota, por supuesto sin pasarela de desembarque directa a la terminal. En la segunda vez que aterricé allí en el mismo mes, además, la puerta del conductor de la jardinera no cerraba y nos condujo hasta el edificio agarrándola con la mano izquierda. Imagínese si esto hubiera ocurrido en un aeropuerto español la revolución que se habría armado y la multa que le habría caído al operador de “handling”.

Javier Taibo

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