La España de la posible recuperación

No son ya los brotes verdes del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, sino síntomas claros de recuperación de la gravísima crisis económica que ha padecido, padece y, sin duda, todavía padecerá España. Pero lo triste que esos síntomas claros proceden de los grandes sufridores de la situación, las empresas, y, consecuentemente, los trabajadores que forman parte de ellas, que sin ayudas, ni flujo crediticio, han sabido salir adelante, reestructurándose y volcándose con los mercados exteriores.

El problema es que no se podrá salir bien sin una reforma profunda del Estado, que no ha tenido lugar y que, sin lugar a dudas, el Gobierno de Mariano Rajoy debía haber acometido con las garantías de una mayoría absoluta, que posiblemente no volverá en mucho tiempo. Baja la prima de riesgo y se promulgan maquillajes que afectan al sector público, pero el castillo de un Estado desmesurado, ineficiente y costoso sigue inexpugnable, con una deuda que es impagable sin una catarsis en la sociedad y con unos sindicatos que se oponen a todo, especialmente a abdicar de sus prebendas y corruptelas. Las asociaciones de empresarios tampoco están muy lejos de ellos. Y eso lo tenemos que pagar todos, los sufridos trabajadores y las sufridas empresas.

No podemos continuar con aeropuertos que algunos iluminados creen que aportan votos puntuales a egoísmos políticos, sin apenas actividad y con actuaciones generadas por intereses municipales, autonómicos o nacionales, que más que permitir el desarrollo de la aviación lo deprimen, pues sus costes los tienen que pagar, a fin de cuentas, los pasajeros y las compañías aéreas, además de los adjudicatarios de servicios, que ven encarecida la operación en otros lugares para compensar lo que se pierde en Burgos, Huesca, León, etc., etc., que en realidad no aportan nada, menos a turbios intereses, especialmente electorales.

Y no hablemos de Castellón, Ciudad Real y Murcia, monumentos al despilfarro, símbolos de un país que se creyó rico, y lo debe ser, pues es el único de Europa que tiene aeropuertos terminados y cerrados por falta de tráfico y que año tras año cuestan dinero. Pero aquí pocos van a la cárcel y seguramente no son siquiera los que tienen más motivo para ir. Por eso necesitamos una profunda transformación del Estado, para que no se vuelvan a hacer las cosas que se han hecho y, si se han hecho, que lo paguen los que lo han hecho.

Tenemos en el sector mucho a lo que aferrarnos y mirar el futuro con optimismo: un turismo que ha alcanzado los 60 millones de visitantes en 2013 y que es un auténtico motor de la economía y un impulso para el transporte aéreo y todo que lo rodea; y una industria con una tecnología de punta y exportadora que es un orgullo, como la parte española de Airbus, ITP, Indra, empresas de electrónica, ‘software’, aeroestructuras, equipos aeroportuarios, sensores, etc., etc. La pregunta es si el Estado, ese complicado Estado que tenemos, les va a acompañar y, sobre todo, ayudar, en lugar de verlos como factores para recaudar y pagar sus ineficiencias y despilfarros.

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