Octubre 2013

Air Europa repitió el verano pasado la hazaña de, si llenaba el avión, saltarse a la torera la política de dejar el asiento central libre que ofrece a los pasajeros de Business y eso sin advertirlo a los clientes, que se encontraban con la desagradable sorpresa a bordo. Seguro que por ello habrá perdido unos cuantos de los que más pagan. Eso sí, los pilotos siguen campando sus respetos en esa supuestamente noble cabina y, normalmente, reciben el trato preferencial. También, a partir de una determinada hora, han decidido que no les dan periódicos a sus mejores pasajeros, pero sin descontarlo del precio. Genial manera de tratarnos y fidelizarnos. En el embarque de un vuelo a Palma un agente tuvo la peregrina idea de exigirme mi certificado de residente en Baleares, del que carezco, y mi tarifa no reflejaba el descuento correspondiente. Mi simpatía natural hizo que se esfumara su pretensión.
La caída de usuarios de clases nobles parece que no sólo afecta a Iberia, pues hice un Madrid-París con Air France en el que sólo había dos asientos en su clase ejecutiva pura y sólo un pasajero, yo. En el vuelo intercontinental de la aerolínea gala al que conecté, el embarque fue deficiente, el sistema de entretenimiento a bordo no funcionaba, la tripulación era mala y un viajero italiano maleducado que iba en el asiento de atrás se pasó parte del tiempo dando golpes perceptibles en la carcasa del mío. Debo estar viejo, pues no protesté hasta que llegamos al destino, cuando me dediqué a hacerle la vida imposible, increpándome él en un raro español que di la imagen de no entender, mientras me reía por dentro.
En un comodísimo (en Business) Embraer 190 de Austral, que me llevó de Buenos Aires a Montevideo, dieron una voz (que luego he oído también en Avianca) sobre que no hay máscaras de oxígeno en los aseos por temas de seguridad y que en caso de despresurización el pasajero debe abandonarlo rápidamente y utilizar una habilitada en el pasillo. Me figuro la escena: personas con los pantalones y ropa interior bajados, con papel higiénico en una mano y la máscara en la otra. Pregunté y lo justificaron por un aviso de riesgo de inyectar gases tóxicos en el sistema de oxígeno en los aseos como acción terroristas, algo de lo que nunca he oído hablar y menos en Europa.
La primera vez que intenté volar en Boeing 787 fue de Santiago -a donde llegaba procedente de Montevideo- a Lima. Primero me pusieron histérico con un retraso en la capital uruguaya, que supuestamente hacía que perdiera la conexión, aunque luego no fue tan grave y aterricé 30 minutos antes de la salida del otro. Imaginé que me estarían esperando para facilitar el tránsito, pero eso quedó en sueños, y tuve que buscar la vida para llegar a tiempo al embarque, donde me enteré del cambio de asiento de la fila 1 pasillo a otro de la 2. Pregunté por qué y dijeron que por sustitución de avión (un A340-300), que, como el otro, tiene ocho asientos de primera fila, también seis de ellos en pasillo, por lo que volví a preguntar porqué me lo habían quitado. Como si hablara con una pared.
Siempre he dicho que en Lan cuando todo funciona es de las mejores aerolíneas del mundo, pero, cuando algo falla, pasa a ser de las peores. Consecuentemente seguí de mal humor, algo raro en mí a mediados de agosto de los años impares, y me enfadé con los del control de seguridad propio de los vuelos que luego siguen a Estados Unidos, en donde un maldito “segurata” de la compañía chilena pretendió que me identificara sin tener ninguna autoridad. Abordé el avión echando humo. Finalmente, un mes después conseguí volar dos veces en 787 y la experiencia fue muy positiva. Puertas originales en los aseos, donde casi todo es automático; no tiene persianas, sino que polariza la luz para oscurecer; asientos anchos y cómodos, hicieron que fuera muy agradable, además de un “software” del sistema de entretenimiento modernizado.
Como era de esperar en un país como España, con la política de AENA de que los carritos de equipajes sean de pago, se ha creado ya una mafia y hay gente que recoge los que dejan los pasajeros para ofrecerlos por el mismo precio, pero a pie de coche, a otros usuarios, que parece que controlan inmigrantes, sin que Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea haga nada. Tampoco entiendo mucho la política de AENA de hacer obras sin prever el futuro a corto plazo y, al poco tiempo, volver a hacer más trabajos. Ahora pongo un pasillo móvil, ahora lo quito, ahora lo vuelvo a poner, etc.
Me sorprendió volar en Lufthansa por primera vez desde hacía mucho tiempo. Si bien tiene asientos de alta densidad, la distancia entre ellos permite que una persona de mi altura no esté acorralada con el de delante. A la ida dieron gratuito un desayuno y en el retorno una cena, ambos calientes. Perteneciente al mismo grupo, también disfruté de dos trayectos en Fokker 100 de la austriaca Tyrolean a Salzburgo, también con servicio gratuito de bebidas y “snacks”.

JAVIER TAIBO

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