Octubre 2012

 

Una buena cantidad de tripulantes de Iberia son cínicos y caraduras y hay comandantes de Iberia Express carentes de dignidad. Después de la brutal huelga de los primeros, con vomitivas campañas de desprestigio para evitar con todos los medios a su alcance que la segunda operara,  ahora acuden a los vuelos entre Madrid y Palma de la nueva para que les lleven de gorra, como desgraciadamente ha ocurrido siempre, en perjuicio de los pasajeros. Y los pilotos de Iberia Express les aceptan sumisamente. Sin comentarios: más de lo mismo y si no se cortan de cuajo esas prácticas, dentro de no mucho estos serán los mayores defensores de SEPLA Iberia.

Vueling parece la aerolínea nacional de los comanches. Inicialmente trataban a todo el mundo de tu, algo que me provoca arcadas viniendo de desconocidos. Por lo que puedo observar, han evolucionado dando una cierta libertad a las tripulaciones. El caso es que en unos vuelos -los menos- mantienen el tuteo, en otros es de usted y, en el resto utilizan una fórmula neutra, que se traduce en una coz a la lengua española, al estilo “en caso de despresurización colocar la máscara de oxígeno” o “si tener dudas consultar a la tripulación”, mezclando frases de tu y otras de usted, pues lo que debe rezar el manual no les cuadra, si son relativamente cultos.

Es alucinante lo mal que están de mantenimiento los interiores de los aviones de esa compañía, con reparaciones o parches con cinta adhesiva. Volé en un asiento de salida de emergencia de uno de sus A320, cuyo reposabrazos había desaparecido… y tres semanas después me subí a la misma aeronave, que seguía sin tenerlo y estaba camuflado con esa cinta… siendo, además, una de las plazas por los que hay que pagar más por ocuparla. Uno de los problemas endémicos de las compañías españolas es que no suben inspectores para verificar estas cosas y corregir los fallos.

Vuelo de Ryanair de las 06:30 de Palma a Madrid, en el que había comprado el asiento 1A. Observando indiscretamente a un pasajero británico, sentado al lado esperando el embarque preferencial, vi que tenía la misma butaca. Se lo hice notar y acudimos en comandita al mostrador para pedir una solución a la empleada de Lesma, empresa que presta los malos servicios en tierra a la irlandesa. Su primera reacción fue de incredulidad y la segunda de llamar a la oficina para obtener datos completos, que revelaron que yo lo había comprado dos días antes y la irregularidad consistía en que yo tenía ese lugar y el otro el 01A.

Lo indignante es que un fallo con esos energúmenos, como escribir errado el número de documento de identidad o cualquier cosa, supondría la pérdida del billete, pero en este caso, con un inexplicable error suyo, la solución consistió en que uno se cambiara de asiento, pese a haber abonado un suplemento específico por ese. Como con estos mafiosines de actuaciones está la batalla perdida, salvo una demanda larga y costosa, y las dos primeras filas estaban ocupadas sólo por cuatro pasajeros, opté por irme yo a otro de incomodidad similar. Ni siquiera pidieron disculpas, pero la diferencia de tarifas con sus competidores sigue siendo grande.

El aeropuerto de Bogotá es el mismo bodrio antiguo y anquilosado de siempre, mientras la nueva terminal demora su finalización. La pelea para conseguir uno de los escasos carritos de equipajes es campal y la gente no se ruboriza por arrebatar por pocos centímetros uno a otro pasajero. Para salir del país, además del consabido caos de acceso de vehículos, los mostradores de facturación están apelotonados. Pero lo peor es como alguien decida que la maleta puede llevar droga, según me informaron cuando estaba accediendo a la sala de preembarque (recinto de ganado que ya existe en pocos lugares).

A partir de ese momento se acabó mi preferencia de embarque, la clase noble y el delicado trato, no sé si porque los empleados de Lan pensaban que realmente llevaba narcóticos: inaceptable. En mi situación había otras dos personas, que permanecimos preocupantemente bloqueados cuando todo el pasaje estaba ya embarcado. El soldadito con uniforme militar de la Policía Nacional Colombiana apareció con desprecio cuando le salió de sus mocosas narices, intentando tratar al trío de clientes -hasta que llegó a mí- con desprecio y despóticamente. Del primero, un preocupado señor mayor, expulsó contra la pared y a sus manos cierta espuma de aseo personal, que luego limpió estrujándolas contra la propia maleta.

Olía las páginas de los libros como si fuera un sabueso, mientras el personal de Lan le miraba temerosamente, como si tuviera un poder desmesurado. Eso es lo que deberían tener, perros especializados y escáneres, en lugar de tratar a honestos pasajeros como delincuentes. Todo se escenificaba con el equipaje en el suelo, no en una mesa. Yo me negué a que pasara sus sucias manos por mis enseres, conminándole a que indicara lo que quería que le abriera y sé que me hizo romper un papel de regalo y volcar el contenido sólo por fastidiar y así se lo hice notar con mis suaves maneras. Como mi tono le debió de parecer insólito y preocupante, al poco dio lo mío como correcto, momento que aproveché para exigirle que enseñara su número de placa. No hace falta que aclare el humor con el que embarqué.

JAVIER TAIBO

 

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