Desaparece un peligro para el transporte aéreo

Osama bin Laden ya no existe. Seguramente ha sido el mayor peligro para el transporte aéreo y sus órdenes han supuesto el mayor número de muertos que aviones comerciales hayan provocado entre sus ocupantes y en tierra. El 11 de septiembre de hace nueve años y medio representó un antes y un después en la seguridad en este sector. Las aeronaves civiles siempre significaron un atractivo de propaganda para grupos terroristas, primero con sonados secuestros, pero nunca hasta entonces habían sido el vehículo para miles de muertos, la destrucción de emblemáticos edificios y la consagración de suicidios por motivos religiosos en Occidente.

Lo curioso es que, técnicamente, no era difícil hacerlo. Simplemente era impensable para la cómoda mentalidad occidental, demostrando la inutilidad y descoordinación de las fuerzas de seguridad y de inteligencia, especialmente de Estados Unidos. Todo esto derivó en que el transporte aéreo, por vía del terrorismo, cambió el mundo. Hubo miedo, se incrementaron los costes y se redujo el confort de los pasajeros, en aras de evitar que tales sucesos se volvieran a producir. Detrás de todo esto, en la cúpula del mal, estaba el líder de Al Qaeda, ahora abatido por las fuerzas especiales de la nación que padeció en sus carnes el 11-S. En realidad el 11-S lo sufrió abruptamente y con ojos alucinados todo el mundo.
Es cierto que el transporte aéreo aprende de sus catástrofes y hoy, con severos controles y, muchas veces, inútiles medidas, se ha evitado que la aviación comercial haya sido nuevamente el vehículo del terror provocado por perversas mentes humanas, prostituyendo lo que en realidad ha sido desde sus inicios: un maravilloso e indispensable motor de desarrollo económico y de vínculos entre los seres humanos de todo el mundo. Pero no se puede bajar la guardia, porque la espectacularidad y notoriedad de los aviones hace que sean siempre una herramienta de propaganda, para lo bueno y lo malo.
Se ha ejecutado al instigador de la destrucción de cuatro aviones comerciales, que provocaron que el derrumbe de las torres gemelas de Nueva York, parte del Pentágono y que otro se precipitara al suelo sin que los terroristas alcanzaran su desconocido objetivo. Casi diez años después, el mundo seguramente puede dormir tranquilo, pero en vela, porque el riesgo de la utilización macabra de aeronaves para tales fines no ha desaparecido.
Hoy queremos rendir un homenaje a aquellas tripulaciones y a los pasajeros de los cuatro Boeing 757 y 767 y de todas las víctimas que provocaron en tierra y que fueron los auténticos mártires de la sinrazón humana de unos terroristas que utilizaron a seres inocentes y un medio pacífico para conseguir unos deleznables objetivos. Hoy el 11 de septiembre de 2011 parece prehistoria, pero es una fecha muy cercana que cambió el mundo. La aviación comercial cambió, una vez más, el mundo.

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