Mi página octubre 2010

Era un día que los controladores franceses decidieron hacer abiertamente huelga, no como los de aquí, que fastidian mucho más el tráfico aéreo sin manifestarse abiertamente como asonadas. En la VIP de Business me encontré a otros dos colegas que pretendían volver en un vuelo que partía una hora antes y que al final despegaron con tres de retraso. El nuestro embarcó según lo programado, eso sí, con el avión en un estacionamiento remoto (como en la llegada), algo que en la T4 y T4S de Barajas es improbable, con unas jardineras incómodas, y con dos narices esquivó el espacio aéreo galo, metiéndose de lleno en el Océano Atlántico para girar luego hacia el Sur y entrar en la Península Ibérica por Asturias (no es que yo me oriente muy bien, sino que en la cabina hay pantallas mostrando permanentemente el mapa de ruta y las características, de velocidad, temperatura exterior, etc.), si bien tardamos dos horas y cuarenta minutos por tal motivo. Los dos tripulantes de cabina de pasajeros que atendían en la clase ejecutiva sumaban más de 120 años. Cuando servían el bar me levanté desde la primera fila al aseo y lo encontré sembrado de sus productos personales. No crean que rápidamente abandonaron su actividad para despejarlo: tuve que esperar a que terminaran de ofrecer el bar para que procedieran y, después de ello, ni siquiera pidieron disculpas. Eso sí, cuando el vicechofer salió para evacuar sus necesidades, cerraron la cortina para que no se viera, me figuro que tanto por seguridad como por imagen, algo que se debería aprender aquí. En la comida opté por “curry” con algo, alejado de las exquisiteces gastronómicas del pueblo que colonizó el mundo salvando a su graciosa majestad. El resto del vuelo lo pasé amenizado por las dos hijas de una británica, una de las cuales dedicada en parte a gatear por el pasillo y el resto a berrear. Los niños pequeños no deberían admitirse en Business, ya que con frecuencia amargan a personas que han pagado mucho dinero por viajar algo más cómodamente. En Madrid pasé el control de documentación (en uno de los mostradores dedicados a los que no son ciudadanos de la Unión Europea, Suiza y no sé que más, ya que los nuestros tenían como cien veces más de clientes) y, tras desplazarme a la terminal principal en el trencito automático, abracé mi coche. Reconozco que el Puente Aéreo es un gran invento, pero prefiero la seguridad de una plaza reservada en el vuelo que deseo entre Madrid y Barcelona. Opté por ir a la Ciudad Condal en Air Europa y al día siguiente con la misma compañía a Palma de Mallorca. En el primer salto despegaba como a las siete de la tarde para llegar a una cena, a la que me incorporé a los postres sin darme tiempo siquiera a pasar por el hotel (el “Reina Sofía”, al que recordaba de lujo la última vez que estuve, hace 19 años, y que a partir de ahora quedará para siempre en mi corazón como para no repetir). Después de una demora considerable en el embarque, nos aburríamos a bordo sin ninguna información, hasta que, harto, le dije a una “tecepé” que o daban una estimada de salida, o me bajaba, ya que llegaba tarde. La reacción, ideal: su único interés era saber si llevaba equipaje facturado, porque querían cerrar las puertas. Le dije que lo miraran en el PIL (Passenger Information List) y que me era indiferente que cerraran puertas como para decidir bajarme. A los tres minutos estábamos rodando. El Barcelona-Palma era en un magnífico Embraer 195, pero, que, al tener cuatro asientos por fila, no permite dejar el central libre, más que nada porque no existe. Teniendo en cuenta que la distancia entre butacas es la misma en toda la cabina y que ese tan relativamente corto trayecto da para que sirvan como mucho un refresco, no justifica pagar una tarifa de clase ejecutiva, que sugeriría que en esas condiciones la suprimieran. Tuvimos otra hora de retraso. Y en un vuelo sucedió lo que es increíble en el Siglo XXI: tres invitados del comandante sin asiento, ni máscara de oxígeno ni cinturón de seguridad porque el avión estaba lleno. Le deberían de quitar la licencia al piloto al mando y a la sobrecargo que permitió que en el despegue fuera uno en el baño delantero. Me he jurado que la próxima vez desembarco y lo denuncio a la Agencia Estatal de Navegación Aérea. Como en un incidente similar hace años, y que sí denuncié, empezará a haber comentarios de sus colegas diciendo que hay que bajarme de los aviones con la excusa de que yo pongo en peligro la seguridad y que lo que pasa es que soy un acomplejado porque quería ser piloto. A estos, les deberían dar baja en el examen psíquico del CIMA y al interfecto que sus compañeros contribuyan a que le quiten la licencia y le repudien, en vez de asumir un corporativismo trasnochado, que pone en peligro la vida de decenas de pasajeros y tripulantes. Hace año que esas prácticas se tendrían que haber cortado de raíz, en lugar de asumir una suerte de acciones adquiridas derivadas del “aquí el que mando soy yo”, algo gravísimo en esa profesión.

JAVIER TAIBO

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