Mi Página. Septiembre 2010

Ya me gustaría que el servicio público de taxi español, especialmente en los aeropuertos, fuera como el de los deliciosos y estandarizados vehículos que se utilizan en Londres y con la simpatía con la que normalmente se empeñan sus conductores, si bien seguramente a nuestros profesionales, popularmente conocidos como “pesetas” también les complacería, si las tarifas fueran las mismas. No puedo decir algo similar sobre los vuelos europeos de British con respecto a los Iberia.

Hacía bastante que no usaba la compañía británica e, injustamente, hasta ahora pensaba que sería bueno para los clientes que el servicio se estandarizara con los cánones de la primera de estas dos empresas, dado que su accionariado se está fusionando. Es de sabios (e incluso de piltrafas como yo) rectificar: más bien debería ser al contrario. De entrada, yo creía que el nuevo “fast track” de seguridad de la T4 de Barajas era para todos los pasajeros de clases nobles de las compañías que utilizan esa terminal, pero, al parecer, no es así, por lo menos según la empleada que controla el acceso, que dijo que estaba destinado sólo a los clientes mejores de Iberia. A la pobre le deberían impartir un cursillo de conocimiento sobre los usuarios, ya que al decirle que no lo entendía, pues British opera con amplios acuerdos de códigos conjuntos con su hermana española, además de estarse fusionando, me replicó diciéndome que sólo tienen un contrato de “jandlis” y que no servía para esto, pero que si era titular “Plus Oro” de Iberia que podría acceder por allí. Le contesté que no, que sólo era “Platino” y, antes de que siguiera metiendo la “gamba”, un compañero suyo le sugirió que me dejara entrar. El rodaje del Airbus de British hacia la pista de despegue en Madrid fue amenizado por una alarma del “galley” (la cocina de a bordo, me figuro que de temperatura del horno) a modo de pertinaz despertador, que impedía reposar el cuerpo y el alma, pese a lo cual uno de los tripulantes de cabina de pasajeros sólo se levantó para inhibirla después de una de esas miradas de frías de asesino que me caracterizan. Parece que a “motu proprio” no se le ocurría a la madurita, quizás porque le recordaba con morriña las campanadas del Big Ben. En las Aerovías Británicas no obsequian periódicos en estas rutas y casi ni la hora. La comida a la ida estaba a tono con los usos gastronómicos de su Reino, hasta el punto que dan ganas al llegar de ir a un restaurante paquistaní, indio o italiano. La opción consistía entre un pescado (me figuro que pirateado y aderezado con menta, aunque preferí no intentarlo) o un presunto surtido de fiambres españoles, que venía a ser un plato frío con jamón serrano de las llanuras del Sur de Castilla, láminas transparentes de chorizo de no sé dónde y algo más, mientras le preguntan a uno si la Coca-cola caliente la quiere con hielo, dando ganas de contestar que no, que es para limpiarme la punta… de la nariz de los mocos. Todo ello estaba gratificado con una hora de retraso. Lo que si se nota la diferencia es en un tripulante de cabina, que iba de uniforme como pasajero y que parece que tenía el tiempo muy ajustado para una conexión o para hacer un vuelo trabajando, que cuando iniciamos la aproximación le pasaron de turista al asiento 1D de “busines” (que, por cierto, no son las tablas de ‘surf’ de alta densidad que caracterizan a alguna de sus fraternales asociadas), para que pudiera desembarcar aceleradamente. Franca estupidez, ya que nos estacionaron en remoto y todos acabamos en un par de autobuses. En Iberia esa escena hubiera sido implanteable: directamente el joven (jua, jua, jua) hubiera hecho todo el vuelo en la clase ejecutiva, gracias al comandante. Las líneas con España utilizan la ya un tanto manida Terminal 3 de Heathrow, en lugar de la nueva T5, aunque con la ventaja que está más cerca del centro de la capital británica. El retorno tuvo sus bondades e inconvenientes, que terminaré de narrar dentro de cuatro semanas. Hice la auto facturación en una de las máquinas instaladas para tales menesteres por British, en la cual cambié el número de viajero frecuente de la Iberia Plus, que tenía inscrito, al de Lan Pass, también miembro de la alianza OneWorld y así constó en mi tarjeta de embarque. No sé para qué, pues luego acumulé puntos en el programa de la compañía española, en lugar de la chilena, que es lo que pretendía. El “fast track” de seguridad es muchísimo más incómodo y menos exclusivo que el de Barajas, pero, por lo menos, como “Platino” se puede utilizar la sala VIP de Primera Clase de la aerolínea inglesa, relajante, bien equipada y dotada y enorme. Al cabo de un rato me trasladé a la contigua de Business, pues había tres personas con las que coincidía en el vuelo de regreso que estaban allí. Ésta última no es como las de Iberia en Madrid, pero no está mal, especialmente en lo que a productos de comida se refiere. Era un día que los controladores franceses decidieron hacer abiertamente huelga, no como los de aquí, que fastidian mucho más el tráfico aéreo sin manifestarse abiertamente como asonadas. JAVIER TAIBO

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