Mi Página – Octubre 09

En Air Berlin, tan alemana y tan buena, los tripulantes de cabina de pasajeros disponen de un listado de códigos para acceder a la cabina de pilotaje, que la compañía cambia con frecuencia, y para entrar las azafatas cierran la cortina de separación con los pasajeros. Igual que en España, donde en todos los aviones de una compañía tienen siempre el mismo y se teclean a la vista de la humanidad, suponiendo que eso sea necesario, ya que con demasiada frecuencia la puerta de separación está abierta.

En el control de seguridad T4 de Barajas deben saber algo que desconocen en otras terminales españolas (incluyendo la T1, T2 y T3), ya que es el único en donde obligan a abrir la tapa del ordenador portátil a los pasajeros, quizás porque simplemente están aburridos. No obstante, si usted quiere pasar uno con explosivo sin que le exijan eso, llévelo dentro de la caja original y, a ser posible, envuelto en papel de regalo. Lo había visto ya en un par de ocasiones y ahora lo viví en carne propia. Una ridiculez más de los protocolos de seguridad. Es lo que hay.

En el aeropuerto de Stuttgart, para esperar mi vuelo a Palma, me dirigí a una de las salas VIP a las que, afortunadamente (no siempre), tengo acceso. En la puerta había un cartelito que decía que para entrar tenía que ir primero a una tienda de gafas de sol situada en la zona de embarque, en la planta inferior, donde me facilitarían un código para teclearlo y desbloquear la puerta. Parecía una escena con cámara oculta: efectivamente, esperé a que la señora que despachaba en ese comercio terminara de atender a un cliente y dubitativamente le pregunté si allí me entregarían esa clave, temiendo que respondiera malhumorada que ya estaba harta de la bromita esta. Pues no, efectivamente, de forma solícita y tras acreditarme, me la escribió en un papel, que no rezaba nada sobre que se autodestruiría en cinco segundos.

Regresé, penetré y, nuevamente, sentí la amarga soledad de los pocos pasajeros que todavía somos sibaritas practicantes, pese a los intentos denodados de impedirlo por parte del que arregla zapatos. Dentro había únicamente otro cliente, que me miró esperanzado y saludó afectuoso en la lengua de Göethe, con ganas de cruzar ideas, aunque se encontró con el infranqueable muro de mi indiferencia. Al cabo de un rato se fue a embarcar y yo me quedé más solo que un urogallo, ya que no había siquiera personal que atendiera en la sala, pues todo era autoservicio.

En agosto estrené la nueva terminal T1 del aeropuerto de Barcelona. Es magnífica y, siguiendo la estela de la vieja, muy bien dotada de espacios comerciales, con tiendas estupendas. Lanzo la duda sobre si el planteamiento de los mostradores de facturación es el adecuado y no se van a formar grandes y desorganizadas colas, mientras que el lugar dedicado a los controles de seguridad me parece pequeño para el tráfico previsible en esta infraestructura.

En un vuelo doméstico en España observé estupefacto cómo una azafata le montaba un pollo -con sus patitas y pechuguitas- a un pasajero por seguir hablando a través de su teléfono móvil, menos de un minuto después de haber dado la voz por megafonía conminando a su apagado. La señorita tenía razón (aunque la justificación es más que dudosa, pero son las normas de quien le paga la nómina), aunque sus formas la descalificaban al completo, y más todavía cuando no está soportada por ninguna legislación o norma estatal, sino sólo por las de régimen interno de cada aerolínea, que difieren considerablemente entre sí, resaltando más todavía la duda al respecto.

Apoyé al ejecutivo en su defensa, pese a que me pareció también bastante estúpido, y le pregunté a la “tecepé” que si no eran más inseguras las tres personas que llevaban de polizones en la cabina de pilotaje. Reaccionó muy coherentemente (con sus principios, formación y educación, claro): me dijo que ese no era un asunto mío. Así va la aviación comercial española y luego los pilotos dicen que las compañías han bajado la guardia en los temas de mantenimiento por la crisis. Sin comentarios.

Después la sobrecargo –a la que claramente la uniformada le comunicó mi comentario– actuó muy discretamente para intentar que tuviera un vuelo placentero y me olvidara del incidente, viniendo a contarme cosas que me eran absolutamente hidráulicas, como, por ejemplo, que se había mareado una pasajera en turista y vomitó. Ni siquiera me molesté en preguntarle si se debía a las turbulencias o al “catering” de pago o si pretendía con su comentario que yo hiciera lo mismo. Hay que reconocer que la señora era muy buena como profesional y que su excelente trabajo lo tiraron por la borda sus colegas de vuelo. En otro vuelo en la misma compañía, un “upgrade” a bordo (cambio a la clase superior) no justificado del comandante a un colega o amiguete me amenizó en el aire con unos ronquidos francamente molestos. Entiendo que no le llevó en “cockpit” (también de forma no autorizada) para que no interfiriera en las comunicaciones.
JAVIER TAIBO

Relacionados

Leave a Comment